Un cura italiano, la mano amiga de los venezolanos que llegan a Cúcuta

El padre Francesco albergó a los más pobres en la frontera, desplazados de la guerra entre el ELN y las AUC. Ahora son los venezolanos los que reciben su ayuda

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Febrero 12, 2018
Un cura italiano, la mano amiga de los venezolanos que llegan a Cúcuta

Llegó a la frontera hace 18 años. Desafió al ELN y a las AUC para darles educación a más de 4000 niños de los barrios más pobres de Cúcuta. Ahora su labor se centra en atender a los cientos de inmigrantes que lo necesitan para no desfallecer

Los paramilitares del Bloque Catatumbo mandaban en Cúcuta cuando en el 2000 el padre Francesco Bortignon desempacó su equipaje. Nunca lo amedrantaron las amenazas de los violentos quienes lo veían como uno más de los teólogos de la liberación y siguió trabajando en la ciudadela de Juan Atalaya, un territorio en disputa entre las AUC y el ELN. Llegó de Venezuela cuando frontera estaba caliente: 6.000 asesinatos ese año en Cúcuta; 2.000 desaparecidos. Crímenes tan terribles como el del joven cuentero Gersón Gallardo quien termino  abaleado y torturado, en la vía La Gabarra- Tibú, falsamente señalado por las AUC como guerrillero

Recién llegado el padre Francesco le toco abrigar a 5000 personas que  llegaron desplazados del Catatumbo a Cúcuta, una catástrofe humanitaria que lo llevó a abrir el Centro de Migraciones en una casa amplia del  barrio Pescadero apoyada luego por Acnur, la Cruz Roja Internacional, el Consejo Noruego y la Alcaldía de Cúcuta., les da los recursos para subsistir.

El padre Francesco, es largo y la barba le rosa el pecho. Buena parte de su tiempo se la pasa entre la casa en Pescadero, y la urbanización que él mismo creó en el barrio Camilo Daza en donde viven más de 300 familias, la mayoría de ellos desplazados. El agobio ahora es con quienes cruzan afanosamente la frontera con una mano adelante y otra atrás. Están de regreso al país deportados por el régimen de Maduro.

Hoy el Centro de Migraciones está atestado. Adentro, la casa que está construida para recibir a más de 30 personas, ya superó el doble de personas. Afuera, los inmigrantes duermen en la acera esperando recibir un cupo. Allí, en plena calle, hay cerca de cien venezolanos. El Padre Francesco no se inmuta. Manda a pedir a panaderías, a sus amigos, a políticos, a todo el mundo, con tal de reunir lo suficiente para darles de comer a todos.

La primera vez que escuchó hablar de Cúcuta fue en una visita que hizo a Venezuela,  a principios de los años noventa,  cuando trabajaba en Estados Unidos. Seis años después los misioneros de San Carlos, congregación a la que pertenece y que son conocidos internacionalmente con el nombre de scalabrinianos que luchan contra la pobreza  en todo el mundo, le encargaron viajar a Bogotá. Ahí ya tenía un objetivo claro: quedarse a trabajar en la capital nortesantandereana

Allí ya trabajaba desde los años ochenta su compatriota, el sacerdote Roberto Maestrelli, quien ayudó a construirle casas a cientos de familias. Maestrelli fue el puente que necesitaba Francesco para continuar la labor de su compatriota. Seis meses necesitó Bortignon para ponerles los servicios básicos a 127 familias del barrio Juan Atalaya cuando, a comienzos de este siglo, los únicos que mandaban allí eran los paramilitares y los milicianos del ELN. La presencia del cura Francesco ha ayudado, además a que más de 4 mil niños hayan podido acceder a la educación básica primaria. Por eso en los barrios Camilo Daza, Juan Bautista Scalabrini, Colombia 1, Guadalupe, La Conquista, Buenos Aires, La Ermita y Simón Bolívar, el padre Francesco es adorado como un santo.

Ahora, con la emergencia humanitaria en la que se ha transformado la situación con los migrantes de Venezuela, Bortingnon está centrado en ubicar a los casi 40 mil venezolanos que, se estiman, cruza la frontera cada mes. Él mismo sirve desayunos, almuerzos y refrigerios que reciben sus huéspedes. No hay donde ubicarlos a todos pero él está empeñado en crear otros refugios para que nadie duerma en la calle, para que nadie pase hambre. A sus 67 años las energías no parecen agotársele al italiano.

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