Un atentado a la democracia

"Es apenas lógico que un país se vuelva inviable cuando los formadores de opinión resultan elogiando a los bloqueadores y condenando a las fuerzas del orden"

Por: Juan Nicolás Gaviria B.
junio 21, 2021
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Un atentado a la democracia
Foto: Leonel Cordero / Las2Orillas

¿Podría alguien imaginar que la palabra democracia tuviera una connotación negativa? Pues resulta que sí, desde el siglo III a. C. al siglo XIX la palabra “democracia” no era de buen recibo, incluso Aristóteles la calificó como una de las malas formas de gobierno. Hasta hace pocos siglos el modelo óptimo era la república.

Democracia traduce del griego “poder del pueblo” por otro lado, la república se entiende como “cosa de todos”, podría decir uno que es lo mismo, sin embargo, no lo es y tiene bastantes matices dignos de ser analizados, pero ese no será el motivo de esta columna.

Lo que si vale la pena advertir a modo de contexto es que, el federalismo norte americano y la Revolución Francesa, hablaban de “república representativa” y el ideal republicano respectivamente, es decir, que incluso nuestra principal influencia independentista tiene su arraigo en modelos republicanos.

Surge entonces la pregunta ¿En qué momento cambio la connotación negativa del concepto democracia? Y ¿Cómo terminamos nosotros en ese modelo? Pues bien, hoy solo abordaremos la primera inquietud.

Explica Giovanni Sartori en su documento Democracia que: “(…) la democracia de los modernos, no es la democracia de los antiguos (…)”.

Sugiere entonces que, hoy la palabra democracia se puede entender como una abreviación que sirve para reemplazar el concepto de “liberal-democracia”.

Para hacerles la historia corta, la democracia moderna se fundamenta en tres pilares; la legitimidad, la resolución de problemas y la búsqueda de un ideal. Pero veamos esto un poco más en detalle, pues así logramos entender como es que se atenta contra ella.

Decíamos entonces que, el primer pilar es la legitimidad. Ello supone que la legitimidad democrática derivaba del pueblo, se basa en el consentimiento de este respecto de las personas a quienes eligen y  este consentimiento debe ser verificado, nunca presunto. La democracia no puede aceptar auto investiduras y menos que el poder derive de la fuerza, pues lo deslegitima.

Sin embargo, la democracia requiere de otro elemento crítico para su sano funcionamiento, el ejercicio del poder y este se complica en la medida que nuestra sociedad crece, y es así como surge el concepto de democracia participativa; de allí la importancia de estimular la participación ciudadana en los espacios democráticos.

Ahora bien, la democracia “en grande”, siempre deberá ser una democracia participativa. Es decir, aquella donde se pueden introducir elementos de participación directa, como el referéndum o las iniciativas populares, pero en últimas lo que tenemos son democracias representativas, basadas en instituciones, todas enfocadas a cumplir un rol específico y solventar la resolución de problemas puntuales.

En todo caso con reglas y formas, la democracia como la entendemos hoy resulta ser un ideal, un ideal de “democracia igualitaria”; en ausencia de este ideal, la democracia no podrá existir. Nuestra ilusión entonces y la bandera que hoy enarbola la sociedad insatisfecha, se resume en “dignidad”.

Queremos un país más igualitario, garantista en derechos, queremos una vida digna. Por eso me resulta tan mezquino el comportamiento de algunos líderes de la extrema izquierda colombiana al tratar de deslegitimar no solo al presidente en ejercicio, electo por una mayoría verificada, también, su afrenta contra las instituciones públicas y privadas sobre las cuales se erige nuestra democracia.

Resultan ser una afrenta a nuestra democracia, gestos narcisistas como “alocuciones a la nación”, narrativas imprecisas y desmedidas, discursos incoherentes donde hablan de una “industrialización inducida” como la salida a todos los problemas de nuestro país, pero al mismo tiempo atacan al empresariado nacional, levantando dudas sobre su legalidad, señalándolos de opresores y corruptos.

Estos posanarquistas construyen ideales desmedidos sin sustrato teórico, lo cual siempre termina mal. Así lo dice la historia, sus actitudes se traducen en catástrofes, y para no ir más lejos, podemos observar las nuevas cifras de muerte por pandemia, cierre de empresas, destrucción de empleos y demás consecuencias generadas por unos cínicos promotores del paro que ya no representan, señores que no persiguen cosa diferente a sus beneficios personales, como también el fortalecimiento de sus futuras campañas políticas.

Atentan contra los tres pilares fundamentales de la democracia, con contundencia y sin vergüenza, poniendo en riesgo la identidad misma de nuestra forma de Estado y Gobierno. ¿O será que eso es lo que buscan? Proponer un modelo de Estado y gobierno alternativo, yo me temo que si, ellos solo coquetean con la democracia para hacerse al poder, una vez en él, la pisotean como actualmente está sucediendo.

No les gusta la democracia, como sucede con todo autócrata; quizá entienden la democracia desde la óptica marxista-leninista, la cual declaraba la democracia como capitalista y burguesa. Vale la pena recordar entonces, que Lenin en Estado y Revolución concluía que el comunismo, eliminando la política, también elimina la democracia ¿Será que es allí a donde nos quieren conducir estos exóticos colombianos?

Lo anterior me lleva a levantar una alerta y advertir que, en ausencia de la democracia, la sociedad corre el riesgo de ser destruida o amordazada en cualquier momento. Por eso me inquieta tanto que estas personas traten de confundir legitimidad democrática, con likes en redes sociales.

Estamos ante un escenario novedoso en el cual se pretende traducir likes en votos. Tenemos un contexto social ingenuo donde priman los titulares sesgados frente a la objetividad de los hechos y los datos. Ahora estamos frente a la presencia de exóticos líderes sociales colombianos, quienes a partir del populismo se  autoproclaman como nuevos líderes democráticos, logrando de esta forma capitalizar su aparente caudal electoral en redes sociales.

Pero ojo, no todo es por cuenta de estos posanarquistas visionarios y populista, además de sus desesperanzados seguidores; atrapados en sus redes de discursos plagados de promesas imposibles. También le cabe responsabilidad a quienes con legitimidad ostentan el poder, porque permitieron este atentado contra las instituciones; es innegable e inexcusable su culpa por su apatía y desidia en la atención oportuna a los problemas sociales estructurales.

La insensibilidad de estos representantes designados por el pueblo, frente a la falta de soluciones oportunas reclamadas por la población y capitalizadas por una extrema izquierda esquizofrénica, desemboca en su pérdida de legitimidad. Desde luego, siguen siendo legales pero no legítimos.

El pueblo perdió la confianza en su congreso, tampoco confía en el poder ejecutivo, quien los ha dejado desprotegidos, no creen en una rama judicial permeada por la corrupción. Y esta incredulidad, desafortunadamente debemos sumarle la actual situación de unas fuerzas armadas diezmadas y desmoralizadas.

Finalmente, a esta desesperanza que hoy experimenta la población colombiana y su falta de credibilidad en las instituciones se suma el caos y la anarquía promovida por los medios de comunicación, quienes sirven de caja de resonancia al modelo de inversión de valores hoy propuesto por la extrema izquierda.

Es apenas lógico que un país se vuelva inviable cuando los formadores de opinión resultan elogiando a los bloqueadores y condenando a las fuerzas del orden. No es posible que 50.000 o más seguidores de estos falsos profetas pongan en jaque la paz, el sosiego y prosperidad de 50 millones de colombianos.

Delicada situación en la que nos encontramos, la democracia se encuentra en peligro; se deslegitima, no se ejerce y su ideal se advierte difuso.

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