Opinión

Trump y Duque: ‘la cereza del pastel’

El neoliberalismo se entronizó en Estados Unidos y aquí, todos los mandatarios, absolutamente todos (sean Bush u Obama, sea Santos o Uribe) han sido sus defensores y propulsores

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diciembre 12, 2018
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Trump y Duque: ‘la cereza del pastel’
Donald Trump e Iván Duque: el fundamentalismo del mercado, del ultraliberalismo y la devoción por la libre competencia, remplazaron el espíritu y el verdadero talante de un Estado liberal. Foto: Presidencia

Pareciera que absolutamente todos los que cuestionan nuestras instituciones por uno u otro defecto lo hacen argumentando que lo que critican es contrario a una verdadera democracia.

Tenemos una obsesión por esa palabra que hoy es el ejemplo más perfecto de una entelequia, entendida esta palabra como la referencia a algo que tiene tantas interpretaciones que acaba representando únicamente el sinónimo de lo que la persona que la usa quiere calificar como bueno.

Democracia para unos es un sistema político que defiende la regla de oro de que las mayorías tienen la razón; para otros es por el contrario la garantía para que la minoría no sea atropellada por las mayorías; algunos lo identifican con la división en tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), mientras hoy hay quienes consideran que más importante es que haya prensa libre. En general como concepto se asocia con la idea de una distribución dispersa a veces del dinero pero más del poder. Se identifica con varias libertades -de opinión, de reunión, de movilización, de asociación, de religión, etc- sobre todo para verlo como un atentado contra ella cuando alguna se limita.

Todas estas características coinciden con lo que ´Occidente´ ha asumido como un modelo  aceptable de organización nacida de la evolución de las sociedades y los procesos políticos de los países europeos y convertida en un fetichismo por el éxito que tuvo en los Estados Unidos.

Pero hoy todas las encuestas muestran que la ‘democracia’ como modelo parece que cumplió su ciclo y comienza a no llenar lo que se esperaba de él.

Golpes o descalificaciones ha sufrido desde la misma fuente que supone legitimarla: los votantes han marcado su rechazo a veces escogiendo gobiernos populistas, o, más recientemente, gobernantes que van desde criptofascitas hasta francamente ‘antidemocraticos’; buena parte, si no la mayoría, de los países organizados supuestamente bajo las reglas de ese modelo (exceptuando los de Europa Occidental que no lo tienen como fetiche) encuentran el problema de que sus poblaciones aspiran al modelo teórico pero se encuentran con que no se concreta en realidades; hoy en todas las encuestas aumentan el número de decepcionados -y a veces de francos opositores- de esa propuesta. Los partidos políticos dejan de ser el vehículo para canalizar propósitos colectivos, y la corrupción -complementada con la impunidad- caracterizan la nueva realidad social y política.

¿La razón? Probablemente porque el fundamentalismo del mercado, del ultraliberalismo y la devoción por la libre competencia, remplazaron el espíritu y el verdadero talante de un Estado liberal, sus principios y sus objetivos; su rechazo a los fundamentalismos y su reivindicación por la tolerancia; su fe en las instituciones en contraste con la adhesión a las virtudes personales de los dirigentes; su llamado a la solidaridad repudiando la idea que el egoísmo individual lleva al bienestar colectivo.

La tesis de que para ser funcionario público lo esencial es tener capacidades -lo que justifica escogerlos por su éxito en el sector privado- ha hecho perder de vista que el criterio que debe primar es el de que tengan antes que todo la vocación de servicio al interés público. Es difícil entregarse al servicio del interés general cuando también hay dedicación a buscar resultados que beneficien personalmente.

El neoliberalismo o ultracapitalismo parece estar concretando la decadencia y el fin del ciclo de la democracia.

Colombia no es una excepción. Por el contrario, tiende a ser el epítome de este proceso. El neoliberalismo se entronizó, adhiriendo no solo a los principios del Consenso de Washington sino al liderazgo de quienes lo proclamaron y lo han seguido imponiendo, muy principalmente los diferentes gobiernos de los Estados Unidos. Tanto allá como aquí, todos los mandatarios, absolutamente todos (sean un Bush o un Obama, y sea un Santos o un Uribe) han sido defensores y propulsores de este modelo económico y político.

Y tanto allá Trump como aquí Duque parecen ser la ‘cereza del pastel’.

 

 

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