Trump pasó, ¿ahora qué?

"Estamos ante un escenario clave para la evolución o involución democrática global". Una perspectiva sobre las elecciones que recién ocurrieron en Estados Unidos

Por: hugo machin fajardo
noviembre 13, 2020
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Trump pasó, ¿ahora qué?

Thomas Jefferson dijo hace más de dos siglos que toda persona “tiene dos patrias: la suya propia y Francia”. Hoy, guste o no guste y con otra percepción del concepto patria, se puede decir que en Occidente —y en Latinoamérica en particular—, las personas no podemos desconocer la influencia de Estados Unidos en nuestras vidas. Por eso, el resultado electoral del martes 3 de noviembre ofrece diversas lecturas que deben ser analizadas.

¿Ganó Biden o perdió Trump? ¿Ganó China o perdió Putin? ¿Ganó la democracia en el mundo occidental o perdió el autoritarismo? Pensemos. No hay estudio que ofrezca una radiografía de los 71 millones de votantes que optaron por la continuidad de Trump en la Casa Blanca. Siete millones más que en 2016, un caudal de voto latino nada despreciable para el Partido Republicano: de menos de un 30%, a casi un 33% y la segunda mayor cantidad de votos obtenida por un elegible en la historia de ese país.

¿Realmente esos millones de estadounidenses están de acuerdo con el desprecio por la ciencia que multiplicó las cifras de muertes y contagios por COVID-19, con su negacionismo que le llevó a sugerir que podría inyectarse desinfectante a los seres humanos, y pidió suspender los “falsos test” de COVID-19? ¿A esos ciudadanos no les importan los 10 millones de contagios, ni los 237 mil fallecidos que ya suma EE. UU.? ¿Apoyan el racismo por el que públicamente Trump calificó a la vicepresidenta electa de “monstruosa mujer negra”?

Racismo también denunciado por sus más cercanos colaboradores, como el expresidente del Trump Plaza Hotel en Atlantic City, John O’Donnell, en su libro Trumped, la historia interna del verdadero Donald Trump; o su abogado personal durante 11 años, Michael Cohen, quien testificó ante el Congreso norteamericano sobre Trump describiéndole como “racista”, “estafador” y [que era] “un fraude”. ¿Coinciden con el machismo que le hace llamar a las mujeres “cerdas, perras, vagas, estúpidas y animales asquerosos”? ¿También aprueban el abuso del poder con el que presionó al gobierno ucraniano a denunciar supuestas irregularidades de su oponente Joe Biden, lo que le valió el segundo intento de destitución, del que se salvó solo por la mayoría republicana en el Senado?

Realmente será que desprecian a las minorías, y comparten que los mexicanos son “violadores” que llevan “el crimen y el narcotráfico” a EE. UU.; o que los naciones centroamericanas y algunas africanas son “hoyos de mierda”; y son contestes en invisibilizar a los transexuales estadounidenses — 1,4 millones –y limitar la condición sexual de las personas a la de los genitales que tengan en el nacimiento; serán empáticos con un defraudador que debió pagar 25 millones de dólares a quienes perjudico con una universidad trucha, y festejarán su negativa a declarar su patrimonio; ¿qué pensarán de un multimillonario que supuestamente no ha pagado ningún tipo de impuestos en los últimos 15 años por declarar perdidas, y que en 2016 pagó solo 750 dólares en impuestos federales?

¿Sería cortar demasiado grueso atribuirle a millones de estadounidenses la felonía de un individuo que saltó de ser un animador televisivo y empresario de dudosísima reputación, a derrotar a 16 candidatos en la interna republicana y llegar a presidente? Si bien una porción de la ciudadanía latina, así como el voto afroestadounidense, asiático y juvenil mayoritariamente optó por Biden, hubo significativa cifra de latinos que votó a Trump.

Esa tercera parte de latinos trumpistas es analizada por la columnista Jennifer Medina en un artículo del New York Times. Entre otros motivos, por cierto, insolidario, votaron a Trump latinos que lleva años viviendo en EE. UU. y comparten la idea de construir un muro que frene la llegada de más latinoamericanos. Insensibles al endurecimiento de la política iniciada en 2014 por Obama respecto de los migrantes— de quienes Trump dijo que no son personas sino “animales”— que luego de las medidas del presidente magnate, significó, entre otros desatinos, que 500 de los niños enjaulados —algunos fallecidos bajo custodia federal— no sepan hoy de sus padres de quienes fueron separados en la frontera.

Quizás la explicación de la primera elección, y casi relección de Trump, radique en que en 2015 supo conectar con el desencanto de importante sectores para con la clase política estadounidense, aunque la economía de hace un lustro estaba más sólida que en 2009 —cuando el mundo venia de enfrentar una fuerte recesión— importantes sectores de la ciudadanía no veían con buenos ojos la entrega de la ecónoma a Goldman Sachs, así como la desregulación del sistema bancario, o los acuerdos de libre comercio que desindustrializaron cinturones industriales con décadas en la geografía fabril.

Además, sumada a la deslocalización de industrias productivas clásicas, la reestructuración empresarial, y el crecimiento y competencia chinos, explican la adhesión de la clase trabajadora a Trump. Y no solo a él: en 2016, el neurocirujano negro Ben Carson punteó en las encuestas republicanas durante un tiempo. Era el precandidato que le atribuía Obama ser “una especia de Adolfo Hitler moderno”; el que sostenía que “las personas no nacen homosexuales, y la prueba es que cuando van a parar a una cárcel entran heterosexuales pero salen gais”; o que a los musulmanes “se les debería prohibir aspirar a cargos públicos, pues son violentos por naturaleza y enemigos del país”. Trump y Carson disputaban en quien ofrecía más dislates, pero sintonizaban con ciudadanos varones, blancos, y machistas.

La administración Obama había contribuido a presentar un multiculturalismo acorde con la esencia estadounidense, un avance de las demandas feministas, un programa de salud, Obamacare, más accesible a sectores de medianos recursos, y otro conjunto de elementos constitutivos de la plataforma electoral de Hillary Clinton. En noviembre de 2016 las encuestas otorgaban a Obama el mayor porcentaje de popularidad y, sin embargo, la infame retórica antimigratoria y xenófoba de Trump le dio el triunfo al outsider.

En junio de 2019, cuando Trump inició su campaña releccionista, prometió deportar a “millones” de indocumentados, y concomitantemente recordó a sus electores que la economía estadounidense completaba 121 meses de crecimiento constante y podía enorgullecerse de haber logrado una tasa de desempleo inédita en medio siglo: 3,6 por ciento.

La pregunta es qué hubiera pasado en las elecciones estadounidenses si no se hubiera declarado la pandemia. No solo en los EE. UU. se jugaba la vigencia de la democracia global. El resultado afecta a personajes como Maduro, Erdogán, Putin, Orbán, Duterte, Díaz-Canel, Ortega, Aliyev, Lukashenko, todos en mayor o menor grado desconocedores de la institucionalidad democrática. Incluso a Bolsonaro y su desaprensión respecto al cambio climático como hacia la pandemia, no le es indiferente la derrota de su ídolo.

No es casual que sean los autócratas del presente —más el ubicuo estado del Vaticano— quienes no han reconocido aún la victoria de Biden. Estamos ante un escenario clave para la evolución o involución democrática global. Cabe recordar la definición de la exsecretaria de Estado de la administración Clinton, Madeleine Albright: “Un fascista es aquella persona que dice hablar en nombre de una nación o de un grupo específico, que no se preocupa en absoluto de los derechos de los demás y que está dispuesto a servirse de la violencia y de los medios que sean precisos para conseguir las metas que se haya propuesto”.

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