Tres sucesos para la radiografía de un país

Los afectos deportivos y el acontecer que cada día deja en los paisajes de la memoria una estela de sangre dominan el trasfondo de la actual coyuntura colombiana

Por: Samir Abdul Rodríguez Gahona
febrero 10, 2020
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Tres sucesos para la radiografía de un país

¡Al pueblo pan y circo! La pasión futbolera siempre ha sido aprovechada para que se ponga, una y otra vez, un telón circense que permita ocultar a la mirada de un pueblo aletargado los sucesos de marcada importancia en la vida nacional.

Como colombiano, erróneamente apasionado, me resulta tarea ardua abstraerme de ambas cosas: los afectos deportivos, provistos de un irracional sentimiento de patria, y el acontecer de un país que cada día deja en los paisajes de la memoria una estela de sangre, aunque esta memoria viene siendo víctima de un Alzheimer agudizado por el bombardeo de los medios de comunicación y las mentiras oficiales.

Pierde la selección sub-23 frente a la Argentina y con su actitud deportiva ofrece un panorama de aspectos indeseables harto arraigados a la cultura, hábitos que se hace preciso erradicar de nuestra idiosincrasia. El colombiano promedio tiende a ser descaradamente despreocupado y desprevenido hasta que logra entender, por la razón o por la fuerte evidencia, que las condiciones de la realidad están en su contra; aun así y no contentos con ello, algunos tienen como agravante el hecho de que, reconociéndose en un estado desfavorable, optan por la evitación de cualquier esfuerzo que logre cambiar la situación que padecen, prefiriendo –por tanto– una lastimera resignación. Todo esto es producto de un germen que caló profundo en las tradiciones de esta sociedad, como un oscuro legado de las prácticas que conducen al enriquecimiento a través de las vías ilegales y que se puede identificar como un pasmoso y engañoso facilismo. El resultado de esto siempre será el mismo: ninguna evitable situación cambia y ¡lo peor! ¡Nos acostumbramos a vivir con ella y sin esforzarnos demasiado! ¡O queriendo cambiar las cosas cuando las malas consecuencias son ya inexorables!

A propósito de los esfuerzos de último minuto, que ayer fueron inútiles por parte de nuestra sub-23, ante la muerte del tristemente célebre sicario de la mafia Popeye, quien desdibujó el infantil recuerdo del valiente personaje de los dibujos animados con el que solo tenía en común el gusto por ciertas plantas, una gran parte de los colombianos esperábamos con ansias enormes que, frente a la inminencia de su fallecimiento, Jhon Jairo Velásquez Vásquez diera luces sobre tantos crímenes que cometió, sobre aquellos de los que fue cómplice y sobre los nexos bien conocidos pero increíblemente no comprobados de algunos aclamados políticos con el nefasto mundo del narcotráfico. Así es, por la historia de este país han desfilado y siguen desfilando individuos con la capacidad enorme y la esperanza de miles de desenredar un  poco el panorama nacional y romper definitivamente con el disfraz de oveja de algunos lobos políticos, pero prefieren morir en silencio dejando sobre el país un enorme manto de dudas y frustración, como aquellas que generan el repudiable asesinato de líderes sociales, mientras –para rematar– el general del ejército nacional, Eduardo Zapateiro, se muestra inerme y silente frente a este fenómeno sistemático y desgarrador, pero sí tiene el corazón para lamentar públicamente la muerte de uno de los tantos esbirros de Pablo Escobar.

Finalmente, tenemos en este sombrío panorama el surgimiento de una gran artista, Aída Merlano, quien ya se había hecho famosa por su habilidad para suspenderse en las alturas, por hacer comedia burlando los esquemas de seguridad penitenciarios y por sus dotes de maga en elecciones, pues ahora es la estrella revelación del canto: se dedicó a cantar en Venezuela. Obviamente, esta afanosa explosión de sinceridad genera dudas, ya que esta talentosa cantante se encuentra en medio de intereses de dos mandatarios que, aunque opuestos ideológicamente, comparten varias características en común: ineptos, mentirosos, disimulados y, entre otras cosas, compiten internacionalmente por hacerse con el puesto del mayor bufón en el poder. Así las cosas –y como cabe esperar– continúa un juego de intercambio de acusaciones e intentos por desmentirlas, velando aún más la podredumbre que a punta de pan y circo nos pretender ocultar y que ayer, en medio de la cara derrota del seleccionado patrio, logramos olvidar, aunque algunos sólo por un momento.

Colombia duele bastante… ¡Hasta con el circo con que nos desentendemos de la realidad nacional!

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