Opinión

Treinta Años

Una hecatombe de Estado

Por:
diciembre 24, 2015
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Días después de la toma y retoma del Palacio de Justicia, del triste año de 1985, un extranjero que pasaba por Colombia, con horror, después de saber lo sucedido, preguntó por los ecos de ese execrable hecho y, no supimos los externadistas allí reunidos, qué contestar: orfandad, rabia, impotencia.

Y eso mismo se siente año tras año, cuando vamos a la Catedral Primada de Colombia a acompañar a las víctimas del holocausto; acompañar, como si no fuéramos víctimas todos los colombianos.

Circularmente, salen y salen más y más pruebas, declaraciones, pistas, reflexiones. En cambio, los ecos, las consecuencias políticas y, por supuesto, jurídicas… no acaban de darse: el Consejo de Estado condena a la Nación, ordena unas reparaciones; los juzgados ordinarios, hasta la Suprema Corte, producen algunas decisiones valerosas, pero no totalizantes. Y, el estamento político… como una bruma en el paisaje impide la visibilidad de lo que allí ocurrió, lo que aconteció.

Hubo sí un Tribunal Especial ad-hoc que dio forma, a lo que sería algo parecido a una investigación y, que a todas luces, por la misma época que se estaba viviendo, solo produjo, si así se puede decir, una aproximación al hecho.

Y, libros y más libros, todos de interés, han rodado. Escenas dantescas se han mostrado, momentos inenarrables se han conocido: un momento de fuerza, en un Estado débil, reflexión que se vuelve idea fija; se afirma que el M-19 deseaba postrar las instituciones; no lo sé; pero Señoras y Señores, nosotros, los testigos de época, de lugar y, de interés, sí de interés, vimos cómo no solo fueron asesinados entrañables profesores, sino el concepto mismo de justicia, aquel que después nos correspondió  proteger de los avatares de otro momento, lo que nos da la razón: la justicia solo es justicia cuando actúa, ese es su riesgo, su destino, una saga; sí: un testigo de interés.

Víctimas somos aún hoy, de la atroz violencia que padecemos, vivimos y, a la que nos hemos acostumbrado; fantasmas que irrumpen día a día, sin que su descanso aún se produzca; familias en busca de respuestas; respuestas quebradas por un pacto de silencio; silencio ensordecedor; como silente está y ha estado, cada corredor, cada paso de escalera, cada rincón del Palacio; gritos ahogados, lágrimas que el espejismo de cronos  secó y, un Cristo espectador, que todo lo vio, todo lo sintió; sí lo sintió: su dorso quemado “sobrevive” en la Sala Plena que preside.

Que cese la fuerza, que cese la violencia del silencio; que se acabe el pánico de conocer la verdad.

Una máquina de escribir, en donde se elaboró tal vez una ponencia, de aquellas que vivifican el derecho o, que sobrehiló un salvamento de voto, una disidencia por el mismo derecho, ya es una masa: la cinta en polvo, tipos fundidos —unos en otros, todos a nada—; a los tornillos, los engranajes, el liberador de margen, el rodillo, conjunto informe; un elemento de vital trabajo en sociedad que, otra máquina, la de la guerra, desapareció. Como desapareció el trabajo… el trabajador, que digna y solícitamente realizaba la jornada.

Los papeles, expedientes que fueron combustible, cimiento para el fuego; ese fuego abrazador que todo tocó, deshizo y acompañó en la letanía de vida a los habitantes del Palacio; cuartos desolados, humillados por la fuerza; fuerza convertida en humo, en desolación.

Por allí transitó la justicia, como valor, como garantía de democracia.

A los hijos, contarles qué pasó en este infierno del trasegar humano; la muchachada debe saber que aún después de treinta años, con sus días y noches, no se sabe qué ocurrió. Una vergüenza.

La balanza de la justicia en polvo convertida, las noticias silenciadas; solo unas cuantas explicaciones deshilvanadas comienzan a caer, como caen de golpe los golpes de la intolerancia; allí no se escribió una página de la historia, se exhibió un tratado de anarquía. La Justicia ciega quedó, como lo muestra la silueta de su efigie, pero no en la condición de imparcialidad, sino en pesar, en dolor.

Cuerpos que no están en sus nombres; nombres que no encuentran cuerpo; almas en espera de reposo de materia propia; hambre de justicia, sed de verdad.

Que hoy se sepa: la encrucijada; la hecatombe de Estado y, lejos, el derecho a la no repetición. Treinta años, sordos a la apocalíptica solicitud: ¡Alto al Fuego!, ¡¡Ahhh, la Justicia!!

Publicada originalmente: 5 nov. 2015

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