Opinión

Transmilenio, es lo más rápido…

En el articulado palpamos de inmediato la realidad del país, con historias que se repiten como catarsis de la penuria de venezolanos y colombianos, así nos hagamos los desentendidos

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Noviembre 01, 2018
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Transmilenio, es lo más rápido…
A Marcos lo vi en un viaje hacia la estación el Virrey vendiendo caramelos; y al día siguiente con el cartel de la fotografía. Era el mismo, con su acento venezolano. Foto: Rafael Colón Torres

A menudo uso el transmilenio para movilizarme cuando voy a Bogotá con dos propósitos:

  1. Tomar del pelo al caos de conducir en la capital; prefiero huir de lo que significa manejar un carro en medio de la tiranía; cientos de motos te pasan por delante y por detrás, por todos lados, como libélulas y meteoros  incontrolables; si pones la direccional para cambiar de carril, das la orden para que el carro de atrás te atropelle; en las vías, no se hace caso a las reglas, no hay respeto; no hay autoridad que ponga orden; pero si hay ciudadanía que impone el desorden.

2.- Lo uso para vivir conectado con la realidad nacional y para mantenerme con los pies sobre la tierra; subirme a un transmilenio para ver y escuchar tragedias, me recuerda que todos los días debo estar siempre agradecido con Dios,  por la vida y por lo que me ha permitido construir.

Decenas, cientos de venezolanos y colombianos suben a los articulados para contar sus historias; como actores de la vida, relatan sus episodios como Garrick, ese cómico famoso que dejaba ver en su rostro la tempestad del alma.

Venezolanos y colombianos, jóvenes adolescentes, adultos y mayores cuentan sus viacrucis y enseñan sus pesadas cruces que claman ayuda y misericordia.

Mujeres embarazadas, o con bebés en sus brazos, adolescentes con cara de niños, adultos fatigados por el hambre, viejos desesperanzados con dolor en sus cuerpos, desahuciados de hospitales, artistas, músicos, y muchos expulsados de sus tierras por la violencia; vienen del cañón del Combeima, del Chocó, del pacífico, del bajo Cauca antioqueño, o de Argelia; si No, de Maracay, Valencia, Barquisimeto, Mérida o Barinas, de cualquier lado.

Todas son vidas que se escapan sin usar sus talentos y que relatando sus historias ensayadas, buscan que alguien les ayude; expresan que vinieron hasta aquí por las violencias territoriales en nuestro país, y producto de la tiranía y el poder que enceguece al gobierno vecino.

La respuesta general de los bogotanos es generosa y formidable; al escuchar atentamente cada historia, les regalan monedas, les responden  con buenos modales a sus saludos, les compran sus productos, participan de sus cuentos, se conmueven, pero se notan impotentes…

Cada uno de esos venezolanos o colombianos, sin oficio formal, disputan una moneda, la compra de un caramelo, de un llavero, de un esfero; piden una limosna; me he encontrado con Marcos en un viaje desde el Portal del Norte hacia la estación el Virrey, vendiendo caramelos; y al siguiente día por cosas de Dios, lo volví a encontrar cuando decidí ir a Bogotá conduciendo mi carro entre motos y atropellos; esta vez, lucía el cartel que muestro en la fotografía y solo pude comprobar que era el mismo del Transmilenio, por su desgarradora historia y acento venezolano.

Quienes nos movilizamos apretujados o quienes tenemos la fortuna de ir sentados en un Transmilenio, sabemos que es lo más rápido para mirar realidad del país; historias que se repiten como catarsis de la penuria; así nos hagamos los desentendidos de estos relatos, de pie o sentados y también con desconfianza, escuchamos sin intercambiar miradas y palpitamos por dentro, porque cada historia nos conmueve; cada relato es una realidad, cada cuento es una verdad.

Las historias son desafíos para nuestro gobierno, para nuestras instituciones, son retos que debe asumir la institucionalidad nacional. ¿Cómo organizarnos para ayudar integralmente a esta población que crece todos los días y que sobrevive en muchos rincones del país?

¿Cómo orientar las ayudas y canalizarlas a través de entidades y agencias serias que brinden abrigo, comida, ropa, medicinas, trabajo?

Hasta mediados de este año, según migración Colombia, cerca de 1 300 000 venezolanos han llegado a nuestro país; de los cuales, entre el 60 y el 70 por ciento, se encuentran en situación migratoria irregular.

La Iglesia católica atiende desde la Fundación de Atención al Migrante cerca de 300 casos diarios que se conocen a partir del terminal de transportes de la ciudad capital y en casas de albergue, ofrece ayuda humanitaria a estos expatriados, que tienen firmes intenciones de permanecer por siempre en Colombia.

Falta que nos organicemos y demos una respuesta rápida, antes que las redes criminales exploten bajo sus intereses a toda esta gente que sobrevive en un nivel extremo de vulnerabilidad.

Debemos responder a esta emergencia, porque el crimen es más veloz que la autoridad; si caen bajo el poder de sus tentáculos, el problema se multiplicará por cientos.

Hagamos algo; no podemos seguir cruzados de brazos; hay que dar una respuesta a esta cruda realidad…

https://twitter.com/rafacolontorres

 

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