¡Todo árbol grande tiene su caída, lo que hay es que buscársela!

Crónicas de nuestro pueblo

Por: RICARDO MEZAMELL
octubre 27, 2020
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¡Todo árbol grande tiene su caída, lo que hay es que buscársela!
Foto: Pixabay

Desde las seis horas de todas las mañanas, como palomas en el alar de una vieja iglesia, comenzaban a ubicarse desperdigados por el pretil de la casa de esquina de la niña Ana, mujeres mayores, muchachas y muchachos en la adolescencia, y uno que otro niño, con recipientes de diferentes materiales y tamaños, a esperar la llegada del Jeep Willys que traía la leche para el café del desayuno; y cuando el carro llegaba, todos a la vez, se paraban y agolpaban alrededor del inmenso caldero pidiendo al unísono que le despachara primero.

No obstante la comprensión y la complacencia que ella tenía con su clientela, por el fastidio y contrariedad que esa situación le generaba, aunado al peligro latente de que lleno de leche le tumbaran el caldero, cualquier día dispuso que a partir del siguiente les despacharía el preciado líquido en estricto orden de llegada, para lo cual debían hacer una fila sentados, a partir de la esquina, en el pretil del lado occidental de la casa.

Por la imposibilidad que su mujer lo hiciera, debido a que había pasado toda la noche en comunicación permanente con el baño por el daño estomacal producto de la revoltura de fríjoles recalentados con el guineo que había comido en la cena, le tocó esa vez ir a comprar la leche a Miguel Arango, de unos 40 años de edad, estatura mediana y contextura flacuchenta, muy común en quienes, como él, se dedicaban de lunes a viernes en la tarde al trabajo ocasional de oficios varios, y de viernes en la noche a domingo en la mañana, a tomar ñeque, tornillo o ron blanco.

Al llegar, ya encontró a cinco personas de primeros en la fila, ocupó su lugar y allí observaba cómo crecía la cola cuando un fuerte retorcijón de estómago le advirtió la inminencia de una descarga igual a las que había tenido su mujer Esther en la noche anterior; se levantó y, no sin antes pedir que le guardaran el puesto, corrió a su casa a atender la premura.

Estando ausente aquél, llegó Wilfrido, de unos 20 años de edad, 1.88 metros de estatura, contextura corpulenta y la sobradez que caracteriza a los jóvenes ostentadores de esa estampa, a quien le correspondió el puesto quince en la fila.

Al volver el ido, ocupó su puesto, y al verlo Wilfrido se levantó y fue a reclamarle por haberse colado en la fila; nada valieron las explicaciones de aquél ni los testimonios en su favor de quienes estaban antes y después de él en la fila, para evitar que se liaran a puñetazos.

En esa estaban cuando un fuerte derechazo al mentón proferido por el grandulón derribó al piso la enclenque figura de Miguel, quien de un salto se incorporó medio mareado, se sacudió la tierra, y a partir de ese momento comenzó en posición semigacha, como si se le enroscara el estómago, a hacer giros semicirculares alrededor de su contendor, al tiempo que entonaba repetidamente el estribillo: ¡todo árbol grande tiene su caída, lo que hay es que búscarsela! Entre más alto y grueso sea, más duro es el suelazo que se pega cuando cae.

Por momentos Arango amagaba con propinarle ganchos al estómago a Wilfrido, a los cuales este por reflejo respondía encorvando su cuerpo frente a la proximidad del golpe; tal estrategia ofensiva minó la confianza que se tenía el grandulón, al punto de acobardarse tanto que comenzó a mirar hacia los lados en súplica a un alma caritativa que entrara a separarlos y, de esa manera, terminar con dignidad la contienda.

En esa llevaban como diez minutos, cuando se abrió la puerta lateral de la casa y apareció don Vespasiano, vestido impecablemente y con inmensa sonrisa de satisfacción por la fragancia cítrica de la nueva colonia que le había comprado el día anterior en el Café El Imperial a Bernardo Romero, el famoso Mediavida.

A pesar de la prisa por ir a garantizar la entrega a don Isaac Cure en la Arrocera del Sur, de los quinientos bultos de arroz con cáscara, de los prodigiosos cultivos de Majagual, que la noche anterior le había traído la lancha “Santa Leonor”, don Vespasiano se detuvo un instante, miró a los peleadores, y nunca se supo si fue por proteger la frágil humanidad de Arango frente a un posible mal golpe del grandulón que pudiera matarlo, o por salvar la dignidad de éste ante los ojos de los espectadores que le hacían barra a aquél, bajó del pretil y acabó la pelea.

De inmediato, y sin refunfuñar como suele ocurrir en estos casos, los contrincantes volvieron a su puesto, donde con cabeza gacha pensaban, me imagino, cada uno por su cuenta, que aunque se creyera triunfador, la verdad era que ninguno había ganado la reyerta.

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