Terror, el nombre de la identidad colombiana

Hacerse los de la vista gorda es más fácil que reconocer que nos hemos adaptado al miedo y que el resultado de eso es una indiferencia que oculta nuestra cobardía

Por: Sebastián Castro T.
diciembre 05, 2019
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Terror, el nombre de la identidad colombiana
Foto: Nelson Cárdenas

Son las 12:05 a.m. del 5 de diciembre de 2019. Por fin han salido todos mis conocidos de la Estación de Policía de la Candelaria. Al menos los que sé que estaban en Ciudad del Río, manifestándose después de la marcha del 4D y que fueron detenidos por la Policía en la noche de ayer. Hoy, entre la indignación que no deja de crecer y una tristeza lúcida, llegué a la conclusión de que aquellos que afirman que Colombia nunca consiguió consolidar una identidad nacional… se equivocan. Nos hemos equivocado. En este país el terror une las regiones y las generaciones, es nuestro símbolo y gran parte de nuestra conciencia.

Llegué a esa conclusión, luego de que tuviera que asegurarme de que ninguno de mis conocidos había sido herido, golpeado o asesinado. Ninguno, por fortuna, hasta donde he podido saber. Luego de que mis familiares entraran en pánico porque creían que me habían desaparecido; ya me habían reportado a una organización de derechos humanos y a la Fiscalía para cuando me comuniqué. Luego de escuchar a una amiga contarme cómo había llorado durante una humillante requisa en medio de una vía y cómo había tenido que recoger sus pertenencias de la calle mientras la acosaban para que se subiera a un camión junto a otros 40 jóvenes que nunca fueron informados sobre su destino hasta que llegaron a él. Ojalá cuando salga el sol no nos falte ninguno.

Muchos dirán que ayer “no pasó nada”. Que no tiene nada de malo que el Esmad haya atacado a las personas que estaban en un concierto, las haya perseguido, las haya acorralado y las haya metido en camiones, como a vacas para el matadero; pues unos “vándalos” bloquearon La Regional y Las Vegas. Y que está bien mantener el orden y todos esos valores asolapados de quienes piensan que es más grave llegar tarde a la casa a ver la novela, que el abuso de la fuerza y la violación de los derechos ciudadanos por parte de los entes estatales. Que no pasó nada, dirán, en comparación con el 21 o con el 23 de noviembre en Bogotá, cuando le dispararon a Dilan, y así…

Pero sí pasó, pasó lo mismo que esos días anteriores en todo el país, pasó lo mismo que pasa todos los días en distintas partes del campo colombiano, de los barrios, de los lugares que no cubren los medios que manipulan y privatizan, al mejor postor, la opinión pública. De nuevo, cientos de personas sintieron ese congénito terror que los identifica como colombianos: ¿por qué llamar a un ser querido desesperadamente ante una detención policial?, ¿por qué temer por la vida de nuestros conocidos si “no pasa nada” y todo está en orden? Porque no lo está, nunca lo ha estado, a menos que sea bajo el orden del miedo.

¿Qué significa el terror? Significa que no era necesario que hoy hubieran desaparecidos, que hubieran caído más estudiantes, para que todos temiéramos por los manifestantes. Mi familia entró en pánico cuando empezaron a correr los rumores por internet de que estaban levantando gente y llevándosela en camiones. Hay un estado constante de zozobra ante la intervención de las fuerzas estatales. ¿Por qué? Porque lo tenemos en la sangre, está en los genes. Siempre ha sido política estatal —y aquí hay un rasgo identitario de nuestra “democracia”— el uso de las fuerzas públicas para la persecución, el hostigamiento e incluso el exterminio de sectores que resultan incómodos para las clases que gobiernan el país y se lucran de su caos.

Esto lo sabía mi abuela, que salió de su pueblo por ser liberal y vino a dar a un barrio popular de Medellín. Lo sabía mi papá que, a pesar de haber votado por el adalid del fusil y la mano dura —aterrorizado por las milicias urbanas, sin adivinar lo que sería la Operación Orión— siempre me dijo que si veía una tanqueta, corriera, porque era mejor que dijeran “aquí corrió, que aquí quedó”. Eso y que no hablara mucho, para que no me hiciera matar.

Lo peor es que no es tan simple y no han sido solo las clases que han copado el Estado las encargadas de formarnos en el temor. Luego de que estas echaron la sangre a correr (como puede leerse en los mejores ensayos del informe para esclarecer las causas del conflicto entregado en 2016), las autodefensas campesinas se volvieron guerrillas y con el pasar de las décadas sembraron su propio terror y le dieron más excusas al Estado. Y ahí están las víctimas de los secuestros y las tomas, de una guerra sangrienta y desbocada que bien ha retratado Jesús Abad Colorado. Y claro, después hizo su entrada el poder del narcotráfico, los paramilitares y los respectivos carteles en las ciudades... y las bombas, y que mis hermanos no supieran si mi papá había caído en tal o cual explosión. Y luego, y luego, y así… nos han criado con la certeza de que se puede caer en cualquier momento y, si no uno, el amigo, el hermano, la madre, la prima, el amigo de infancia. Y entonces tememos no solo por nosotros mismos, sino por todos los seres queridos. Y tratamos de actuar de la manera que es conveniente, pero en el fondo seguimos aterrorizados de que nos maten o desaparezcan; ese crimen que es peor que el del asesinato, más si lo acompaña, como bien ha expresado la admirada Fabiola Lalinde, la sirirí que nunca dejó en paz al gavilán.

De generación a generación se transmite la experiencia del superviviente. Nos hemos adaptado al miedo y, en especial en las ciudades, bebemos de la embriagante copa del privilegio de una tranquilidad falsa y cómplice, en la que se olvidan el pasado cercano y las regiones donde no cesa la matanza. Falsa y cómplice porque convivimos con los poderes ilegales que realmente gobiernan la ciudad —¿el país?— y se sabe que se puede caer en medio de una balacera, en cualquier esquina. O a manos de alguien acorralado por la pobreza, la falta de oportunidades y el hambre, por el abandono social. Por la desigualdad de la damos un vergonzoso ejemplo en el mundo. Falsa, la tranquilidad y la “seguridad”, porque conservar la vida resulta ser una cuestión de ser políticamente conveniente y económicamente viable. ¿Cuántos muertos esta semana en Cauca?, ¿cuántos ayer en El Caguán?, ¿cuántos desplazados?, ¿cuántos “líderes sociales” exterminados?, ¿cuántos heridos a manos de la Policía que debe protegernos? Hacerse los de la vista gorda es más fácil, claro, que reconocer que nos hemos adaptado al miedo y que el resultado de esa adaptación es una indiferencia que oculta nuestra cobardía.

***

Son las 3:03 a.m. Veo una foto en redes de una joven golpeada en el rostro por el Esmad, anoche. Está hospitalizada, solo queda esperar que se recupere. Es desconsolador saber que las cosas personales que conté, no son “personales”, que cualquier colombiano que no haga parte del ínfimo porcentaje de individuos que se benefician de nuestra historia miserable, podrá identificarse con ellas.

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