Terminar una novela

Héctor Abad Faciolince describe en este texto la experiencia de concluir su última novela: La Oculta, de la cual presentamos un capítulo.

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noviembre 23, 2014
Terminar una novela
Foto: Chris Mosquera - Semana.com
El escritor antioqueña escribió en su blog este texto, el día en que el pasado septiembre terminó de escribir su última novela, La Oculta. Cuenta las vicisitudes por las que atravesó y las dificultades para poder cumplir con el compromiso adquirido con la editora Pilar Reyes de la Editorial Alfaguara, que fue adquirida por Random House. Este es su relato:

Se supone que hoy, viernes 12 de septiembre, cuando escribo esto, debo entregar a Alfaguara una nueva novela. No es que ellos me estén presionando para que la entregue, sino que yo mismo me impuse este día. En realidad la fecha pactada para la entrega de la novela, si me atengo al contrato que firmé con mi querida editora, Pilar Reyes, en el año 2008, era a finales de 2010, hace cuatro años. Tengo, pues, cuatro años de retraso, nada menos. Para que trabajara en paz, Alfaguara me dio, en su momento, un anticipo, es decir una plata suficiente para vivir modestamente durante esos dos años de trabajo. No puedo quejarme, entonces, ni de la editorial, ni de agobio económico, ni de nada. Solo puedo quejarme de mí mismo. Cada mes, cada año que pasaba sin entregar la novela, yo pedía plazo y perdón, y la única respuesta fue siempre la misma: comprensión y más plazo. Jamás recibí un ultimátum; el ultimátum me lo puse yo.

En realidad, para mediados del año 2011, yo sí terminé una novela, pero tuve que abortarla. Se titulaba Antepasados futuros y, salvo dos personas, nadie la ha leído. La novela tenía varios problemas. Para empezar, se inspiraba en la vida de un escultor conocido que era pariente de mis hijos. Y los parientes de mis hijos no querían que se ventilara la vida privada de ese escultor en un libro. Pero eso es lo de menos; había un problema muchísimo más grave: la novela era mala, mediocre. Así que fue a dar al baúl de mis borradores y proyectos malogrados. Requiescat in pace, R.I.P.

Después de algunos meses de depresión por la novela abortada, empecé otra, La Oculta. Trabajé en ella durante un año, a ratos entusiasmado y a veces sin convicción. Parecía, frente a ella, un ciclotímico, con semanas de manía delirante y eufórica que se alternaban con meses de decaimiento. Mi querida editora, Pilar, al verme tan agobiado, me aconsejó que dejara de pensar en la novela por un tiempo. Y me dio más plazo. Mientras tanto vivía mi propia vida y trabajaba en otras cosas, quizá más importantes que una novela: conocí a mi mujer, volví a España, terminé un libro de poemas, escribí ensayos, di conferencias, empecé una novela por tuits, también la aborté, vi cómo mis hijos se graduaban. Nadé, caminé, di clases, escribí columnas, tuve polémicas, abrí un taller literario, perdí mi paz interior polemizando un año por radio, viajé a lugares lejanos. Un escritor no solamente escribe: vive, como todo el mundo; sobre todo, vive.

Hacienda La oculta: ésta es la protagonista de la historia. Foto por: Héctor Abad

Hacienda La oculta: ésta es la protagonista de la historia. Foto por: Héctor Abad

Mientras vivía, retomé un viejo proyecto: Tres novelitas mafiosas, sobre tres hijas inocentes de tres padres muy malos, traquetos. Me dio miedo escribirla; no tengo buenas relaciones -ni siquiera mentales- con la delincuencia. Busqué otro camino y empecé otra novela: Memorias de un amante impotente. Se me perdió un cuaderno donde tenía apuntes importantes para ese libro. Sufrí con esta pérdida, pero no hay mal que por bien no venga, pues no volví a extraviarme en ese nuevo proyecto sino que, por obligación, tuve que volver a trabajar en La Oculta. Recordé algo que me había aconsejado Vargas Llosa una vez que le confesé que no me gustaba lo que estaba escribiendo. Eso, para él, no era un problema, y se arreglaba muy fácil: “uno trabaja, quita lo que no le gusta, y lo corrige todo hasta que le guste.” Me puse a hacerle caso, es decir, a trabajar en la novela para mejorarla. Abandoné el narrador omnisciente (un dios que todo lo sabe) y partí el relato en tres partes: tres hermanos, ya envejecidos, narran los hechos de una finca, La Oculta, en monólogos que se van alternando. Me sentí más cómodo con esas voces (aunque ninguna fuera la mía) y la novela avanzó. Estuve en un refugio para escritores en la Toscana, y pude adelantar mucho. Estuve casi cuatro meses en silencio, en Berlín, y la novela dio un salto. Cuando un niño me devolvió el cuaderno perdido con los apuntes para las Memorias, ya ese proyecto estaba descartado y mi obsesión era La Oculta. Cuando uno llega a una concentración obsesiva, las novelas dan punto. Hace un mes, más o menos, repartí un borrador a lectores de prueba, expertos y aficionados, buenos amigos. Recibí consejos, críticas, sugerencias. Robándole horas de oficina a la Biblioteca donde trabajo y madrugando mucho, he seguido esos consejos, al menos casi todos, o los que era posible seguir.

Y hoy, entonces, entrego el manuscrito final (y al mismo tiempo provisional) de La Oculta. Los editores, todavía, podrán decir que la novela no les gusta. Pero a mí ya me gusta y ese es un visto bueno ineludible, el primero. Ellos me harán observaciones, seguramente, y llegaremos a un acuerdo, si hay desacuerdos. Tengo un mes para que editores y lectores más avezados me hagan sugerencias y yo las revise. Viene también la prueba de la lectura de la familia, que es siempre compleja, y muy íntima. Pero ya todo está en marcha. Ya estoy pensando incluso en la foto de la portada. No hay nada qué hacer, en pocas semanas voy a abandonar esta novela, La Oculta, y dejará de ser mía. Será una niña huérfana, en manos de los lectores que la quieran leer. Y yo ya no voy a poder mejorarla ni defenderla. Será ella, si puede, la que se defienda sola.

 

A continuación publicamos uno de sus capítulos con autorización de la editorial Penguin Random House

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