Tener perro, la puerta a un mundo distinto

Solamente quienes disfrutan de la compañía de los caninos pueden entender en toda su profundidad lo que su presencia implica en la vida

Por: Herman Alonso Carmona Llano
febrero 09, 2021
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Tener perro, la puerta a un mundo distinto
Foto: Pixabay

El tiempo excepcional que estamos viviendo ha dado lugar a todo tipo de reflexiones filosóficas, análisis económicos, intrigas políticas y consideraciones sobre el sistema de salud. Pero que yo sepa, desde aquel 17 de marzo de 2020, cuando el gobierno declaró el “Estado de Emergencia Económica, Social y Ecológica en todo el territorio nacional”, nadie en los medios de comunicación le ha prestado la atención que se merece a lo que hace un perro en la vida de las personas.

Recientemente, un amigo de muchos años y persona prestante de la sociedad caldense —quien me pidió la reserva de su identidad por el miedo a ser estigmatizado de blandengue— me contó en una llamada telefónica que un día cualquiera, cansado de la rutina y del encierro que le impuso la nueva normalidad, decidió sublevarse frente su ascetismo, se montó en su carro y emprendió un viaje de cientos de kilómetros hasta arribar a un parque temático en el que a sus cincuenta y tantos años pasó el Rubicón de su racionalidad.

Relata la fuente que, una vez instalado en el parque, escuchó una algarabía que le llamó la atención. Presuroso se acercó a un grupo de personas que le hacían barra a varios canes participantes de una carrera internacional con su respectiva bandera atada al dorso. Vio perros chilenos, mexicanos, franceses y hasta uno japonés, todos apoyados desde las graderías por turistas connacionales.

De repente, unos espectadores de acento paisa empezaron a gritar porque el perro con la bandera colombiana tomó la delantera. En este momento del relato, mi amigo al otro lado del teléfono, con voz quebrada, refiere que experimentó un fenómeno que hasta ese día le era desconocido en su mapa sentimental. No fue capaz de contener las lágrimas al ver que el perro ganador era un Boston Terrier idéntico a su Paco, recriminándose de paso por el sufrimiento que seguramente estaría padeciendo la mascota en la soledad de su apartamento.

Vista a la ligera, la experiencia de nuestro abatido personaje podría verse como una nadería, contenido sin continente y manifestación sensiblera tan usual en los tiempos que corren. Pero no, lo que le sucedió al “amo” de Paco es la confirmación de que para millones de personas, tener un perro en casa es la puerta de entrada a un entramado de emociones y sentimientos, que solamente quienes disfrutan de la compañía de los caninos pueden entender en toda su profundidad.

Los etólogos (particularmente los caninos), especialistas en el estudio del comportamiento de los animales no humanos, sostienen que un peludito es un tratado de bondad en cuatro patas, no tiene memoria para el rencor, despliega ternura de manera infinita, detecta a leguas el estado anímico y la enfermedad de su “amo”, y actúa en consecuencia para sacar del repertorio gestual que posee la carantoña adecuada al momento.

Tener un perro mejora la salud cardiovascular; un acto tan simple como acariciar su pelaje reduce la frecuencia cardíaca y la presión arterial. Un perro es solaz para el espíritu en esta vorágine del trabajar y más trabajar que impone con toda su fuerza el maridaje consumo-capital. En muchos casos, un perro funge de guía del que no puede ver, es hermano del hijo único y contertulio del anciano que rumia su abandono en esta sociedad del descarte, es un guachimán ad honorem, pedagogo al servicio de la educación sentimental de muchos que habitan esta Colombia, un país de emociones tristes con profundos desarreglos cognitivos, como lo sugiere Mauricio García Villegas en su último libro.

El trato con un perro —atendiendo al mesotes aristotélico como paradigma de la virtud moral— y sin perder de vista la gradación y perfección ontológica de los seres planteada por el aquinate en su cuarta vía deberá (¿aunque quién soy yo para pontificar?) desenvolverse sin excesos ni defectos. Un perro no debe ponerse al nivel de algunos seres humanos como lo sugirió Peter Singer en su libro Liberación animal. El manifiesto definitivo del movimiento animalista, pero tampoco asimilarse a las cosas muebles, como lo planteaba hasta hace poco una ley, por fortuna superada, en este país de leyes y leguleyos.

Un perro es un ser sintiente, y la interacción que el humano establece con él debe guiarse por el respeto, la compasión, la ética y la prevención del sufrimiento, de cualquier forma de abuso, de la violencia y del trato cruel. Nada más, pero tampoco menos.

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