Opinión

Sin plata no hay paraíso

Petro tendrá que diseñar y gestionar el estado bienestar mientras lidia con las élites, poderosas, excluyentes y que están incómodas, asustadas

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julio 17, 2022
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El nuevo gobierno está dispuesto a revivir el estado bienestar. Aplicando una mezcla de fórmulas modernas con las antiguas que fueron erradicadas por el neoliberalismo, espera ofrecer los servicios que exige la ciudadanía para equilibrar las vastas diferencias que impiden progresar. La paz total que anuncia Petro es más que archivar armas y municiones de las bandas y disidencias. Es mas bien lograr que el estado sea de todos, para todos y que llegue a todos los rincones del territorio con servicios.

La hiperconcentración de la riqueza se dio en buena medida gracias al debilitamiento del poder de los trabajadores y sus organizaciones. La caída de sus ingresos reales permitió transferir mayores utilidades a los accionistas, administradores y ejecutivos. El estado desapareció como regulador y árbitro. Los beneficios sociales que se conquistaron a punta de soportar gases, bolillo y masacres, se redujeron al mínimo. Los estados se encogieron, el poder financiero se impuso y la versión salvaje del libre mercado sembró el descontento. En América Latina la mayoría de la sociedad se estancó, se empobreció se desencantó. Por eso ahora llegan al poder las fuerzas del cambio para restablecer el equilibrio.

El libre mercado resultó ideal para consolidar desigualdades. Magistral para hacer que los estados se olvidaran que es su responsabilidad atender el bienestar colectivo y buscar que toda la sociedad crezca y no solo los más poderosos. Se necesitaron tres décadas para que surgieran los movimientos sociales que revocaran el consenso de Washington. Fue lento y difícil porque los partidos políticos también los arrasó el neoliberalismo, los convirtió en estructuras obsoletas, desarticuladas, arcaicas. Al punto que empresarios millonarios se convirtieron en gobernantes, desplazando a los profesionales de la política. Los ricos ponen sus infinitos millones al servicio de su causa electoral para asumir directamente el poder, generando otra desigualdad que desdibuja la desgastada democracia.

A los congresos, elegidos con el voto popular de la misma manera que el poder ejecutivo, también los estigmatizaron, desprestigiaron y anularon. Los congresistas se convirtieron en lo más bajo de la sociedad, en una especie acusada de clientelista, corrupta y succionadora del presupuesto nacional. El parlamento dejó de ser el espacio donde está representada la sociedad para discutir y acordar políticas públicas y se convirtió en un centro de reparto de migajas y favores debajo de la mesa.

En ese entramado los medios de comunicación jugaron su rol. Fueron agentes de transformación cultural para presentar el modelo neoliberal como el de la salvación social. Desecharon los valores que favorecían el pensamiento que partía de la importancia y la necesidad de construir una sociedad con identidades propias. Los pobres lo eran por perezosos, porque no querían trabajar ni estudiar. La responsabilidad de lograr calidad de vida recayó en el individuo y si fracasaba era por su culpa. Enriquecer, acumular, y atesorar bienes y dinero se convirtió en el único valor de éxito en la vida. Sin plata no hay paraíso.

Los medios fueron clave para sembrar esos conceptos y hacer creer que el individuo, en su soledad, era capaz de todo. Si no resuelve sus necesidades vivenciales, a vivir a los tugurios, a la delincuencia, a la pobreza o a la informalidad. La corrupción del sector privado rara vez aparecía en los medios mientras que la corruptela pública era la noticia que vendían en el día a día. Los medios estimularon el resentimiento contra los partidos, los políticos, los congresistas, los servicios del estado. A los sindicatos les aplicaron la misma fórmula, los sacaron del debate público, los redibujaron como una burocracia parasitaria que impedía el libre desarrollo de las fuerzas productivas. Les quitaron su rol social.

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Ahora hay que ver cómo los medios y las élites empresariales y sociales tratarán al gobernante del cambio. La respuesta implica saber cómo va a refundar Petro el estado bienestar

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Ahora hay que ver cómo los medios y las élites empresariales y sociales tratarán al gobernante del cambio. La respuesta implica saber cómo va a refundar Petro el estado bienestar. Allí empezarán las inconformidades, los sustos, los arrepentimientos, los saboteos. El reto del gobierno es enorme. Le corresponde diseñar y gestionar el nuevo modelo, al tiempo que aprende a gobernar y a lidiar con las élites, que son poderosas, excluyentes y que están tan incómodas como asustadas porque a su vez tampoco habían tenido la oportunidad de tratar con un gobierno de cambio, de los antiguos nadies. Les bastaba llamar a sus compañeros de clase para hacerse oír en el poder.

Como el camino para que el estado preste más y mejores servicios parte de aumentar ingresos, es decir impuestos, la tarea va a ser dura. Significa mantener el aparato productivo a plena marcha para que genere excedentes y aporte más a la bolsa pública. De manera que a Petro le corresponde equilibrar el aumento de impuestos sin desestimular al sector productivo. Ser equilibrista es una tarea compleja para un gobernante que tiene los días de su luna de miel limitados, sobre todo cuando el camino a seguir aún está en discusión dentro del mismo Pacto y con la variedad de fuerzas que se le sumaron.

Por ejemplo, subsidiar directamente al ciudadano entregándole dinero sin contraprestación implica que el estado tenga y mantenga un bolsillo grande, que no se agote. En los países petroleros lo usan mucho. Es un modelo que acumula fracasos en el mundo. De poco sirve darle a cada ciudadano 500.000 pesos al mes si no hay la infraestructura para prestar el servicio que demanda. En Bolivia, que no contaban con un sistema de salud como el colombiano pero otorgaba subsidios, la pandemia del covid les dejó un amarga lección. El país no tenía infraestructura para atender a la población contaminada y el resultado fue desastroso. La plata del subsidio estaba en el bolsillo, pero no había posibilidad material de acceder al servicio.

Los empresarios se asustan no tanto porque les aumenten sus impuestos, sino por no tener la confianza en que serán gastados de manera eficiente, sostenible y que servirán para el desarrollo y el crecimiento. Si todos ganamos pagando más impuestos, no hay problema. Si creemos que vamos a pagar más impuestos para construir un estado ineficiente, paquidérmico y corporativista, entraremos a las tinieblas.  Al gobierno le corresponde asumir una tarea enorme de transformación cultural, de divulgación pública, de comunicaciones para que los medios que asentaron defendieron y estimularon el liberalismo, no se dediquen a frenar, a sabotear a bloquear la refundación del estado bienestar tan necesario.

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