¿Solamente es Chile?

En Latinoamérica el apoyo a la democracia viene descendiendo. Si en 2004 era del 67,6 %, en el presente bajó al 57,7 %

Por: Hugo Machín Fajardo
octubre 22, 2019
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¿Solamente es Chile?
Foto: Twitter @Ejercito_Chile

En 1974, la entonces denominada Junta Coordinadora Revolucionaria (JCR) dio a conocer en Buenos Aires un documento con la firma del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros), de Uruguay; el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), de Chile; el Ejército de Liberación Nacional (ELN), de Bolivia y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), de Argentina.

En dicha proclama, A los pueblos de América Latina, se falseaba gruesamente la realidad. “La cercanía de la experiencia chilena con más de 20.000 hombres y mujeres trabajadores asesinados nos exime de mayores comentarios”, se afirmaba. Todo para condenar “la vía pacífica al socialismo” chilena, que se la reputaba como falsa y se convocaba a la sociedad latinoamericana a “(como lo vislumbrara el Comandante Guevara) desarrollar una cruenta y prolongada guerra revolucionaria que hará del continente latinoamericano el segundo o tercer Vietnam del mundo”.

En el mismo llamamiento se sostenía que: “Nos une la comprensión de que no hay otra estrategia viable en América Latina que la estrategia de guerra revolucionaria (…) La respuesta debe ser clara, y no otra que la lucha armada como el principal factor de polarización, agitación y, en fin, de la derrota del enemigo, la única posibilidad de triunfo” (1).

El investigador estadounidense John Dinges, autor de varios documentados trabajos sobre dictaduras latinoamericanas y su vinculación con los gobiernos estadounidenses de la época, sostiene que esa JCR se financió con USD$ 20 millones provenientes de secuestros (…) “La JCR era una contraofensiva fracasada en contra de los gobiernos militares, pero proporcionó un pretexto para la propia alianza internacional militar, conocida como Plan Cóndor” (2).

“Huracán bolivariano”. Cuando asistimos a la violencia represiva provocada por el vandalismo y destrucción impulsados por grupos juveniles en Ecuador o Chile, no se puede menos que evocar aquel comunicado de esa dirigencia demente que, en un contexto de dictaduras fascistas (como había en Brasil, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay) y una situación argentina de auténtico aquelarre donde nadie sabía de dónde vendría la abomba, igualmente propiciaban una lucha armada, a todas luces suicida.

Sería irresponsabilidad generacional criminal no traerlo al presente, cuando el principal dirigente socialista de Venezuela, Diosdado Cabello, dice alegrarse por estos hechos que han conmovido a la región, que arrojan cerca de 15 muertos o más en los dos países andinos, decenas de heridos e incontables pérdidas económicas para la sociedad. Y augura un “huracán bolivariano” que barrería el continente.

Cabello expresa sin pudor la estrategia general de una dirección de la izquierda latinoamericana que sucumbió ante cañonazos de un millón de dólares, y trata de tapar el sol con un dedo ante las masas empobrecidas de Latinoamérica, con el agravante de utilizar a los jóvenes —una vez más— como carne de cañón. Su confesión es grave.

Muchos y diferentes factores conforman el escenario actual latinoamericano. El narcotráfico, más el crimen organizado, sus conexiones político partidarias y su correlato de corrupción política a niveles estratosféricos. Los intereses geopolíticos chinos, ruso y obviamente cubanos —auténtica garrapata en el lomo venezolano— más extremismos de diversa índole inescrupulosa y anónimamente financiados.

Terreno fértil. Súmesele riquezas naturales que escasean en el resto del mundo, entre ellas el agua, que hacen volver hacia aquí los ojos codiciosos del Hemisferio norte. Recuérdese que es la región más inequitativa del mundo; donde viven 25 millones de jóvenes que ni estudian ni trabajan. Que países como Colombia, donde la macroeconomía es de las mejores de la región, no obstante, cuenta con un 45,9 % de la PEA en la informalidad; y que esa cifra se supera en Perú (46,5%); que en México alcanza el 57%; en Brasil es del 46%; y en Bolivia, trepa al 80%. Según la OIT, 130 millones de latinoamericanos son trabajadores informales, lo que supone el 53,1 % de la PEA regional.

Piénsese en las legítimas aspiraciones de millones y millones de latinoamericanos que subsisten con lo mínimo y menos de; agréguese la creciente criminalidad que hace de Latinoamérica la región más peligrosa del mundo: mientras a nivel global la tasa de homicidios es de 6,1 por 100.000 habitantes, en Centroamérica llega a 25,9 y en Sudamérica a 24,2, según la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito (Unodc).

“Desde el 2000 fueron asesinados violentamente más de 2,5 millones de latinoamericanos, según el instituto Igarapé, un centro de análisis con sede en Brasil. La cifra es comparable a la población de ciudades como Medellín, Guayaquil o Belo Horizonte”, informó en julio la BBC.

Frustración. Por otra parte, las alternancias políticas en algunos países no han resuelto los graves problemas. La incompetencia de Macri; la voracidad de la corrupción presidencial peruana, que tiene a cuatro ex jefes de Estado procesados y uno suicidado. Pero también en Chile, donde se han sucedido diferentes administraciones gubernamentales, sin solución de continuidad para la obscena desigualdad social que tradicionalmente ostenta el país trasandino.

“Tanto peor, tanto mejor”. Estamos en es el mejor terreno para introyectar la anarquía, el saqueo, el vandalismo, la provocación a la represión; y si hay un mártir mejor. Recuérdese la falacia del artesano Santiago Maldonado en Argentina, quien se ahogó, pero sus compañeros desde 2017 no cesan de presentarlo como una “víctima del terrorismo de Estado”.

“Tanto peor, tanto mejor”, se proponía como táctica revolucionaria en las guerrillas urbanas de los sesenta.

No hay que ser muy sagaz para detectar una misma estrategia aplicada en Ecuador, y ahora en Chile, que repite la utilizada en los sesenta y setenta cuyas consecuencias fueron nefastas.

Aunque no falten los cientistas sociales que ya adelantan algunas tesis (hastío social, etcétera), lo cierto es que hay un plan de acción bien definido,que hoy se difunde por las redes sociales. Como toda herramienta estas pueden servir y mucho para salvar vidas, como par arrojarlas al vacío. Vuelvo al principio, a como se propalaron las falsedades de los setenta que ensombrecían aún más el panorama, exagerando cifras de muertos. Hoy, en las redes sociales, circulan desesperados llamados a denunciar la represión en Chile. Que existe, no tengo dudas. Que presumiblemente el accionar militar haya incurrido en violaciones a los derechos humanos, menos. Ahora, exagerar la situación con el agregado de omitir el vandalismo sin razón, solamente propicia mayor violencia. Ya en las manifestaciones ecuatorianas los indígenas separaron la paja del trigo y se desmarcaron del “correismo” que quiso montarse en la protesta por el incremento en la gasolina.

En Santiago fue de manual: primero se coparon de manera creciente las estaciones del metro hasta lograr la suspensión total del servicio. El viernes 18, ya la consigna fue incendiarlas. Con ello se logró el caos en el transporte público capitalino. Pero al mismo tiempo, los manifestantes levantaban barricadas en las principales calles con el consiguiente incendio de buses del trasporte colectivo.

¿Qué cabe hacer por un gobierno en esas circunstancias? En su gestión como intendente de Montevideo (1989-1994) el socialista uruguayo Tabaré Vázquez reprimió a los vendedores ambulantes que se manifestaban por la céntrica avenida 18 de Julio montevideana. ¿Alguien duda de que no se hubiera intensificado la represión si los manifestantes hubieran incurrido en desmanes?

Era obvio que Sebastián Piñera decretaría el estado de emergencia. Eso es lo que buscaban los organizadores de esta movida. Por eso, en el fin de semana, aunque el sábado 19 Piñera dijo hacerse eco de “la voz de la gente” y suspendió el incremento tarifario del metro, crecen los incendios de estaciones del metro y se pasó a una nueva etapa: saqueos de supermercados, farmacias y locales comerciales. Con el consiguiente accionar de delincuentes comunes —no porque los vándalos de los días anteriores no lo sean también— que aprovecharon la volada. Está dentro de lo previsto. Funciona así desde “el bogotazo de 1948”, en la que también anduvo entreverado Fidel Castro.

Se juega con fuego. No solamente desde los provocadores. En Latinoamérica el apoyo a la democracia viene descendiendo. Si en 2004, era del 67,6%, en el presente, bajó al 57,7 %. Sectores ciudadanos reactivos a este estado de cosas, comienzan a preferir alternativas a los sistemas republicanos. Llámense caudillos, salvadores, populistas, Bolsonaros en Brasil, Manini Ríos en Uruguay, lo que sea.

Esto, a quienes están apostando a la desestabilización regional no les importa. El legítimo reclamo social ante una dirigencia política desgastada cuando no corrupta —recuérdense los watergates latinos de Salinas de Gortari, Arnoldo Alemán, Calderón y Miguel A. Rodríguez, Lucio Gutiérrez, Carlos Andrés Pérez, Fujimori y Menem— tras la crisis de fin de siglo, trajo a los, Chávez, Lula, los Kirchner. A aquellos intereses les es indiferente si son militares mexicanos, o abanderados de la justicia social, o lo que sea...todos demostraron ser comprables y, en definitiva, fueron dóciles a sus mandatos: Odebrecht es la punta del iceberg... los procesamientos contra Lula, el exilio de Rafael Correa, los ya innumerables procesos contra Cristina Fernández, la renuncia a la vicepresidenta uruguaya de Raúl Sendic (h), son la prueba.

Oportunistas. No faltan quienes demagógicamente quieren sacar provecho del sufrimiento latinoamericano, en este caso del chileno. Un país donde el 1% más adinerado de la sociedad obtuvo el 26,5% de la riqueza en 2017, mientras que el 50% de los hogares de menores ingresos accedió solo al 2,1% de la riqueza neta del país, según la Cepal. Chile es el noveno país más caro de 56 analizados por la Universidad Diego Portales. Piñera heredó una larga y frustrante expectativa ciudadana no satisfecha con las medidas adoptadas por sus predecesores y tampoco encarada con convicción en el primer año de su segundo mandato.

Un jerarca del gobierno uruguayo, país donde se realizan elecciones nacionales el domingo 27, se apresuró a compartir los análisis que señalan que la situación en Chile “no tiene tanto que ver con el tema de la suba del boleto del metro sino que tiene que ver con que Chile ha generado desde la dictadura y a la salida de la dictadura (de Augusto Pinochet) una sociedad cargada de inequidades”. No se puede ser tan ignorante: entre 1990 y 2018 que comienza el periodo de Piñera ¿quiénes gobernaron en Chile? Cinco periodos en manos de la izquierda y centro izquierda, en medio de los cuales tuvo lugar la primera administración de Piñera.

No quiero ser crepuscular, pero sí creo que América Latina es el continente que estuvo olvidado y ahora es codiciado por quienes mandan en el mundo y sus adulones (de la ONU). Si no, ¿cómo se explica que Maduro ocupe un sillón en el Consejo de Naciones Unidas para la defensa de los Derechos Humanos?

***

(1)   http://movimientojuventudrebelde.blogspot.com/

(2) Dinges, John. Operación Cóndor: Una Década de Terrorismo  Internacional en el Cono Sur. Capítulo 4, Revolución en la                        Contrarrevolución, Ediciones B, 2004.

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