Sobre la paz

Esta es una herramienta para socavar la corrupción que a leguas nos aqueja y la única reparación justificable para las víctimas del conflicto

Por: Sebastián Gutiérrez Vanegas
marzo 04, 2021
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Sobre la paz
Foto: Pixabay

En los últimos días me he preguntado cómo entiende nuestra generación la paz, y es que, aunque solo he vivido dos décadas de la conocida guerra, he sido afortunado de estar distante de ella; quisiera además que este favor divino, designio superior o escogencia natural, fuese la realidad de millones de colombianos que encarnan la violencia y las consecuencias de la carrera bélica que aún no acaba. Las diferentes esferas de la sociedad son la evidente muestra de favor, dado que no todos hemos evidenciado cómo se manifiesta el horror en los territorios que están al margen de la población civil.

Para nadie es un secreto todo el calvario que por sesenta años se ha perpetuado en Colombia; las guerras y las guerrillas parecen ser parte del gen egoísta, de la intrínseca naturaleza del homo sapiens moderno de nuestra tierra y de aquella cultura que ha sido delineada por el narcotráfico. Es sabido además que estos tiempos adversos han constituido la manifestación de los grupos al margen de la ley –las guerrillas y los del gobierno– y, sin duda alguna, estas cuestiones son las que deberían hacernos pensar en la necesidad de un posible cambio, de una reconstrucción cultural sin estigma, pero sin olvido, de renovación y sobre todas las cosas, de perdón.

Hablar desde las afueras del experiencialismo de nuestros campesinos podría ser una manifestación de egoísmo; ya lo hemos vivido en diferentes ocasiones, y un ejemplo de ello se dio cuando el expresidente Santos puso en consideración del privilegiado y el desfavorecido, la consolidación de los acuerdos de paz con las Farc-Ep que luego de la campaña masiva de polarización y manipulación hizo que el ingenuo colombiano mantuviera su fe en el "innombrable", votando en contra de lo que podría ser el avance más grande en los últimos veinte años. La pregunta entonces sería, ¿por qué el joven hoy está inconforme ante estas situaciones, si se supone que este no ha encarnado la inseguridad y violencia?

Ante la pregunta, hay quienes aún argumentan que la guerra no ha sido nuestra, que las situaciones no cobijaron a los del nuevo siglo y que encontramos una Colombia bajo la paz construida por el mandatario de aquel entonces; sin embargo, ¿es necesario vivir las masacres, el terror, las violaciones y el sinfín de dolor para desconocer la necesidad de la paz? La falta de empatía en estos individuos personifica ese gran leviatán que prometió la seguridad, a fin de sacrificar la libertad sin que los medios, para tal fin, importasen si acaso un poco, dejando parámetros morales, éticos y jurídicos —sin entrar en discusiones teóricas— por fuera de toda valoración humana.

Hace poco, Colombia conoció la nueva cifra de los mal llamados “falsos positivos” y es lamentable que, ante las nuevas víctimas, la fe del colombiano de "bien" aún se mantenga intacta; que el horror de los líderes sociales no sea considerado una problemática estructural que nos haga replantear la forma cómo elegimos a nuestros dirigentes, pues se ha olvidado que esa cosa pública a todos nos compete y no solo a la mayoría polarizada; desventajas de la democracia. Lo positivo es que cada vez hay nuevas alternativas, posiciones seguidas del actuar coherente y la consecución del Estado social de derecho. No es ajena la realidad para nosotros los jóvenes, no deberíamos estar supeditados a lo que la Colombia de antaño hizo de nuestra historia y mucho menos aceptar ni validar la consolidación de la guerra e impunidad —como muchos llaman— sino, por el contrario, traer a la actualidad ese valor constitucional que debiera ser intrínseco en la cultura global: la paz como instrumento de cambio social, cultural y político.

Hoy entendemos la paz como la herramienta para socavar la corrupción que a leguas nos aqueja; entendemos la paz como la única reparación justificable para las víctimas; entendemos que la violencia no es la salida y que, aunque este país sea de las tradicionales familias políticas, el cambio es necesario para entender, por fin, que los jóvenes somos el hoy, y no el futuro, como nos lo venden.

En suma, lo paradójico del asunto es que quienes quieren la paz son aquellos que han sobrellevado la guerra y, en su lugar, los que aún alaban a quien nos bendijo con su "seguridad democrática" y se han mantenido equidistantes de ambas situaciones solo aceptan la destrucción de este valor estable y así seguir en la construcción de nuestra patria boba.

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