Opinión

‘Sicario, sicario’: el fomento a la violencia

El innombrable llamando ‘sicario, sicario, sicario’ a un líder de la oposición y clamando ‘prefiero 80 veces al guerrillero en armas…” , es el liderazgo que incita a la violencia directa

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abril 29, 2019
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‘Sicario, sicario’: el fomento a la violencia
La responsabilidad de los líderes en Colombia debería ser la del desmonte de la violencia simbólica. Foto: Twitter/Paola Holguín (captura de video)

No se requiere motricidad fina de para encontrar, en cualquier momento de la cotidianidad, muestras de los distintos tipos de violencia que nos corroen. Sin embargo, también resulta alentadora la reacción de amplios sectores frente a promotores de la cultura de la violencia.

Después del asesinato del bebé de siete meses, hijo de desmovilizados de las Farc, en semana santa, vinieron más homicidios en Putumayo y el Catatumbo. Un desmovilizado fue castrado y asesinado por parte de miembros de las FF. AA. Las marchas de protesta el pasado jueves fueron manchadas por los actos de vándalos y el ELN ha seguido con su locura de atentar contra la vida de miembros de la fuerza pública. Pero lo peor, por sus consecuencias, son las señales que dan los líderes que legitiman la violencia.

El sociólogo sueco y matemático noruego Johan Galtung habla del triángulo de la violencia para referirse a los distintos tipos de actos violentos que ocurren en los conflictos sociales. Lo que se percibe en la forma de actos física de violencia, dice Galtung, es apenas la punta del iceberg y, por eso, habla del triángulo: violencia directa, violencia estructural y violencia cultural.

 

En primer lugar, la violencia directa, física, se manifiesta en crímenes visibles como los asesinatos y otras modalidades de delitos que ocurren, por decirlo así, por acción directa de agentes de violencia.

Pese a las imperfecciones que pueda tener el acuerdo de paz y a las dificultades por las que atraviesan los cimientos del mismo, como la JEP, puede decirse que su impacto ha sido positivo, al reducirse la tasa de homicidios asociada al conflicto. Miles de compatriotas viven gracias al acuerdo.

En contravía, sin embargo, van en aumento los asesinatos de centenares de líderes sociales en toda la geografía, de Tumaco y Putumayo a la Guajira y el Catatumbo. El asesinato del bebé de siete meses, Samuel David, en la semana santa, así como la tortura y homicidio de Dimar Torres, desmovilizado, son atroces. Los asesinatos del ELN, los de la General Santander y los que cometen en varias regiones de Colombia, incluyendo los desastres que provocan en el medio ambiente, pertenecen a la violencia directa.

El asesinato de Dimar Torres fue ejecutado por miembros de la Fuerza Pública y, hasta el sábado pasado, el ministro de la Defensa atribuyó la barbarie a un accidente. En contraste con el vergonzoso encubrimiento de parte del ministro Botero, el general Villegas reconoció ayer, frente a la comunidad del Catatumbo, el asesinato y, a nombre de los 4.000  hombres a su mando, pidió perdón y prometió que se dará con los culpables. Un acto de valor.

 

 

En contraste con el vergonzoso encubrimiento de parte del ministro Botero,
el general Villegas reconoció en el Catatumbo el asesinato de Dimar Torres
y, a nombre de los 4.000 hombres a su mando, pidió perdón

 

 

 

La violencia de tipo estructural, en segundo lugar, se refiere a cómo se les niega, a sectores de la población, la oportunidad de satisfacer sus necesidades básicas. Así, por ejemplo, aunque la educación primaria es, en teoría, obligatoria, hay decenas de miles de niños y niñas ejerciendo trabajo infantil, también, por norma, proscrito. El acceso a los servicios de salud, a vivienda, a la protección de la niñez y a otros rubros que, finalmente, impiden una vida digna, son parte de la violencia estructural.

Finalmente, la violencia cultural está conformada por las actitudes que legitiman la violencia en contra de determinados grupos sociales. Las razones pueden ser religiosas, ideológicas o estar motivadas por algunas formas de nacionalismo. Es la violencia simbólica en contra de enemigos, generalmente fabricados en función de las necesidades del poder político, que alienta la directa.

La responsabilidad de los líderes en Colombia debería ser la del desmonte de la violencia simbólica.

Lo ocurrido en el Senado de Colombia, cuando el innombrable llamó ‘sicario, sicario, sicario’ a un líder de la oposición y clamó que ‘prefiero 80 veces al guerrillero en armas…’ , es una muestra del liderazgo que incita a la violencia directa.

Es, no obstante, esperanzadora la reacción de muchos en escenarios como las redes sociales, sancionando culturalmente la barbarie simbólica, así los defensores de oficio la justifiquen.

La fórmula para culminar un conflicto que ha durado décadas, con los saldos de violencia directa que conocemos, son las actitudes que permitan deslegitimar la violencia. De ahí que la verdad, el perdón, la justicia, la reparación, son parte imprescindible del camino a la reconciliación.

Con el respeto debido, hay que rechazar, de plano, la violencia simbólica, denunciarla.

 

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