Si Uribe arma la guerra, yo lucharé del lado de los indígenas

Dicen que de cada minga nacen mil nuevos nasas y lo creo. En un ambiente tan colectivo y emocionante, el deseo es de asociarse y abrazarse sin importar nada

Por: Santiago Puccini Otoya
abril 08, 2019
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Si Uribe arma la guerra, yo lucharé del lado de los indígenas

No me imaginen indígena. Ni campesino. Ni afro. Tampoco estudiante de universidad pública o extremadamente izquierdista. Nací y crecí en la alta alcurnia caleña, de colegio y universidad privada. Con padres trabajadores, económicamente cómodos y en un escenario indudablemente afortunado. Mono, ojiazul, con doble nacionalidad europea y con una pinta de gringo que no se puede esconder. Viajero, bilingüe y para muchos pretencioso.

Colombiano de nacimiento, patriota por convicción y viajero de corazón. Desde que ganó el no el plebiscito en el 2016, soy esclavo de la coyuntura del país. La decepción tan grande que me quedó de ese día me enseñó que si los jóvenes no desarrollamos un sentido natural de pertenencia y apropiación por lo que pasa, en Colombia siempre van a ganar las palabras del más vivo y del mas diablo. Porque a los colombianos, por naturaleza, nos da pereza pensar. Todos los días me convenzo de que las cosas son así y punto.

Y es que todo lo que ha pasado desde ese surreal 2 de octubre me ha dado la razón: las elecciones legislativas, la primer y segunda vuelta presidencial, la consulta anticorrupción y, hoy, la minga indígena en el Cauca. En todos estos momentos, el expresidente Álvaro Uribe Vélez, no ha escatimado palabra ni ánimo para corromper las lecturas que le permitan continuar con su sed de venganza contra ya ni siquiera sé quién. Y en todas las ocasiones, Colombia ha respaldado democráticamente sus delirios de dictador caído. En los días posteriores a sus victorias, yo he sentido una tusa que dura entre 3 o 4 días y después he seguido con mi vida relativamente tranquilo. Pero su última intervención, en la que se refiere a los indígenas como terroristas y quiere justificar una masacre que no me quiero ni imaginar, fue la gota que rebozó el vaso.

Por cosas de la vida, durante los últimos días de la minga terminé en el municipio de Mondomo, Cauca. Dormimos en el Pital durante los 3 días anteriores a que se levantaran los bloqueos de la Panamericana. Nos manteníamos en el campamento principal que alcanzó a acoger a unos 4.000 indígenas nasa, yanacona, misak y otros muchos del Cauca y todo Colombia que, juntos, elevaron sus voces por 27 días en medio de un sol intransigente en los días, unas veladas heladas sin luz en las noches y en medio de un increíble barrizal donde solo había 4 baños para todo el mundo.

Nos recibieron muy bien. Algunos nos miraban con curiosidad y entre risitas desconcertadas, pero a todos se les veía contentos de tenernos ahí. No llevamos carpa y nos prestaron un cambuche. No llevamos comida y comimos más que en nuestras propias casas. Solo pagamos por los cigarrillos y las gaseosas que durante el día compartíamos con algunos mayores y la guardia indígena que siempre fue muy amable.

En las tardes se charlaba, se cocinaba, se capacitaba, se pintaba, se competía, se jugaba mientras se reía a la vez que se resistía. Mientras en las noches la música aglomeraba a la multitud en una sola carpa para bailar, cantar y agradecer la unidad de un pueblo que grita junto y fuerte, ante la sordera del gobierno que cada día los dejaba más desconcertados pero que no los logró desmoralizar. Niños, jóvenes y ancianos, todos metidos en un colectivismo que no existe en el resto de Colombia.

Tres días duramos nosotros en medio de este encuentro que tiene más de cultura que de protesta. Presenciamos el levantamiento de los bloqueos y volvimos a casa vueltos una nada. Cansados pero orgullosos. Sensibles y de acuerdo con las causas históricas que pone a todo un pueblo a gritar. Conscientes y convencidos de que los colombianos somos afortunados de tener un pie de fuerza social tan parado como los indígenas colombianos… y ante esto, la mayoría de nosotros, sobre todo los que vemos el país arder desde la comodidad de nuestras camas, deberíamos estar agradecidos.

No hay nadie en este mundo con la autoridad de menospreciar y estigmatizar de esta manera a esta gente. Mucho menos un expresidente, directa e indirectamente culpable de la desgracia por la que hoy tanta gente reclama y bloquea una vía para hacerse escuchar. Vivir tan solo tres días con ellos deja varias certezas claras: uno, la gente es de todo menos bruta y dos, esta gente está lista para hacerse respetar hasta las últimas consecuencias.

Y si fuera el caso en que, Dios no lo quiera, Uribe volviera al poder y materializara sus trinos en la política, yo sabría de qué lado lucharía. Yo sé que, en tal caso, los indígenas tampoco van a escatimar los medios para defender su buen nombre, cultura y dignidad. Y si, Dios no lo quiera, termina siendo por medio de las armas, repitiendo la misma historia de este país tan enfermo y condenado, una vez más, yo sabría en qué lado me pararía.

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