¡Si por aquí llueve, por allá neva y no escampa!

Fedegan continúa vendiendo carne a Rusia y critica medidas de exclusión del Swift. Mientras, las cosas para los colombianos son tan difíciles acá como en EE. UU.

Por: Diana van Gompel de Romero
mayo 18, 2022
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¡Si por aquí llueve, por allá neva y no escampa!
Fotos: Wikimedia/Piqsels

¡Dime con quién Putin andas y te diré quién eres! Fedegan continúa vendiendo carne a Rusia y critica medidas de exclusión del Swift. Sin embargo, el colombiano del común no come carne y pronto huevos tampoco porque, gracias a Putin, desde Ucrania ya no nos llegan los insumos.

Viajamos a visitar familia en Estados Unidos y nos impresiona el precio de los alimentos al multiplicar por 4100 cada dólar. Si hace quince días nos quejábamos en Colombia del alza en los huevos, carne, pollo, papas, etc., la esperanza de muchos de mejorar su calidad de vida, tanto aquí como allá, se ve lejana e inalcanzable.

Dos emparedados, una botellita de agua y un jugo de manzana cuestan en el aeropuerto JFK de Nueva York la pendejadita de 38 dólares, o sea ¡unos 160.000 pesos colombianos!

Conversamos amenamente, esperando abordar el vuelo de regreso a Colombia, con un grupo de mujeres caleñas de una misma familia que regresa de visita por unos días. La madre y su hija mayor llegaron a “la tierra de las oportunidades” hace casi treinta años y las otras dos hace veinte.

Todas comentan que su ilusión primera no se ha dado como lo soñaron, imaginando casa, carro y progreso, amén de poder enviar dinero a sus familiares en Colombia y, quizás ahorrar algo para lograr algún día en Colombia lo mismo que soñaron construir en “America, the land of the free and the home of the brave”, la tierra de la libertad y el hogar de los valientes.

Todas concuerdan al decir “la vida aquí es muy dura!”.  “Si, por ejemplo, ganamos mil quinientos dólares al mes y giramos doscientos a la familia, nos creen millonarias y nos acusan de tacañas y miserables y a nosotras sólo nos alcanza para pagar un arriendo y medio comer”. Eso sin hablar de la gasolina que ya va por el equivalente a veinte mil pesos el galón.

Dos de ellas optaron por no tener hijos y son conscientes de la magnitud del peso, de la responsabilidad, del costo y del estrés que están seguras las consumiría. Su decisión no las perturba, están cómodas y han adoptado una un par de gatos y la otra un perro pequeño. La madre de las dos jóvenes escucha y sonríe.

Nos hablan de la dificultad para progresar en todos los campos y de cómo los buenos empleos solo los obtienen quienes han tenido acceso a universidades de renombre y no a los “colleges” del área y los que cuentan con palancas de políticos locales.

Cualquier parecido con el stablishment local es pura coincidencia. ¡Los grandes empresarios son generosos al ofrecer pasantías a los hijos de los amigos graduados en el exterior pero solo lo hacen con los jóvenes locales al sonido del tambor de un paro!

Comentan también de la cantidad de inmigrantes que, mientras esperan sus papeles definitivos, son contratados por mucho menos de USD 15/hora (el salario mínimo aprobado por el gobierno), cumpliendo jornadas de trabajo extenuantes y en condiciones nada agradables y pocas veces dignas.

Nos despedimos al abordar, deseándonos mutuamente un buen viaje y una feliz estadía en Colombia.

Tanta diferencia y tanta similitud en paisajes, costos, formas de vida, abundancia, carencias, sueños, decepciones y damos gracias por el paseo, el maravilloso compartir con los hijos, la pausa de lo cotidiano y nos alegramos de regresar a casa.

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