Opinión

Sexo, letras y fama, sin fronteras

No hay un icono más notorio de la liberación femenina que Colette, del poder de la palabra de las escritoras, de la ruptura de las fronteras del sexo

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Junio 04, 2019
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Sexo, letras y fama, sin fronteras
Colette terminó siendo el símbolo real de la Bella Época, no envuelta en encajes, sino la mujer que se impone con talento y audacia y derrumba los convencionalismos

Ella era la más improbable protagonista de su vida. Una niña provinciana en la Francia del Siglo XIX, donde la mujer ocupaba una posición subalterna en la vida cotidiana y de objeto de lujo en la vida social. Terminó siendo el símbolo real de la Bella Época, que hoy no es tanto la Princesa de Guermantes de Proust, o las señoras ricas de Renoir, envueltas en encajes, sino la mujer batalladora que se impone con su talento y su audacia ante el mundo de los hombres y derrumba los convencionalismos.

Sidonie-Gabrielle Colette nace en Saint-Sauveur-en-Puisaye el  28 de enero de 1873 y no deja de sorprender al mundo hasta su muerte en Paris el 3 de agosto de 1954, en olor a santidad a pesar de sus muchos pecados o quizás por ellos: primera  mujer Presidenta de la Academia Goncourt, condecorada con la Legión de Honor y siendo la más leída autora francesa de toda la historia.

Su estilo es la ruptura con lo establecido, no como una actitud de rebeldía sino como resultado de una reflexión intima sobre su vida, sobre las expresiones que ella considera auténticas en el sexo, en la literatura, en las artes escénicas, en la moda. Y no hace otra cosa que escandalizar.

Se casa muy joven con Henry Gauthier-Villars, Willy,  quince años mayor que ella. Un vividor en todo el sentido de la palabra, que se vuelve famoso firmando libros escritos por encargo suyo a otras personas y descube una mina oro cuando Colette empieza a escribir sus memorias de infancia y juventud con el personaje de Claudine; libros que son un extraordinario éxito editorial, firmados por Willy quien la convence de que en el mundo editorial, que es un negocio, las mujeres no venden. Financia a sus amantes con esa plata.

Pero es bien correspondido porque Colette lo engaña con hombres y mujeres. Descubre su bisexualidad de una manera dulce y la ejerce en público. Se casa tres veces y al final se queda con el hijo de su tercer marido, menor que ella. Su amante más notoria y la que más le dura es tan desafiante como ella, pero de una manera agresiva. Mathilde de Morny, Marquesa de Belbeuf, Missy, quien se viste de hombre. El marqués también homosexual, pero reticente al escándalo.  Un matrimonio lavanda que se llamaba, para hablar del delicado perfume de esas uniones de intercambio de dinero por títulos, sin sexo, generalmente felices.

 

Descubre su bisexualidad de una manera dulce y la ejerce en público.
Se casa tres veces
y al final se queda con el hijo de su tercer marido

 

Missy es hija del Duque Charles de Morny, medio hermano natural del Emperador Napoleón III, su madre Eugenia de Behaurnais, hija de Josefina tan casquivana como ella. Hoy se sabe que Napoleón III ni siquiera tenía sangre Bonaparte. Missy dice que por parte de madre desciende, también por esas aventuras non sanctas de la realeza entre las sábanas, del Zar Nicolás I. Ella y Colette forman la pareja de moda de la Bella Época, donde incluso existía una prohibición de la policía para que las mujeres usaran pantalones. Una presentación teatral de estilo egipcio que termina con un beso entre las dos, las obliga a salir de París.

Colette se libera. Se divorcia de Willy, lo demanda por usurpación de su nombre en los libros de Claudine y gana el proceso, se dedica al vaudeville y no lo hace mal, se va a vivir con Missy, quien al final se suicida. Tan tarde como 1944 publica Gigi que le da fama universal. Pero escribe muchos libros. Es una fuerza de la naturaleza, pero de una naturaleza íntima. Ella y sus gatos, sin estridencias. Escandaliza casi sin darse cuenta y no hay hoy un icono más notorio de la liberación femenina, del poder de la palabra de las escritoras, de la ruptura de las fronteras del sexo, cuando no se usaba.

Y he aquí que, en un caso de justicia poética, acaba de estrenarse en el mundo civilizado una estupenda película sobre su vida, o al menos una parte de ella, dirigia por el británico Wash Westmoreland, quien escribe el guion con su esposo Richard Galtzer, muerto en 2015. Un matrimonio reconocido por la ley de una pareja del mismo sexo, lo cual es en sí mismo un gran homenaje al carácter precursor de mujeres como Colette. La bella Keira Knightley hace un gran papel como esa joven no tan inocente, tan sumisa, que se va descubriendo a sí misma, que se libera. Allí está toda la Bella Época que fue un momento de esplendor económico y cultural de la Francia de fin de siècle , con un impresionante desarrollo industrial y un imperio colonial. Y el savoir faire de una clase ociosa, una minoría dorada que se bebió la vida en copas de champaña con las bailarinas del Moulin Rouge, antes de que la Primera Guerra mundial y Colette acabaran con todo eso.

 

 

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