Servidor de la inmortal Afrodita*

Por: Anastassia Espinel Souares
octubre 11, 2013
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Afrodita, Venus, Citerea, Cipris, Pontia, Urania, Anadiomene... El mundo la conoce bajo un sin fin de nombres pero su esencia sigue siendo la misma. Nació accidentalmente de los genitales mutilados de su padre Urano, es decir Cielo, que, al caer al mar, se convirtieron en una abundante espuma. Cruzó las aguas en una hermosa concha nacarada que las olas mecían dulcemente y la naturaleza misma se regocijó al verla. Las Nereidas, los Tritones y otras divinidades marinas se apresuraron a contemplarla y el Céfiro, el viento del Oeste, cuyo soplo dulce y poderoso a la vez, vuelve la vida a la naturaleza, con sumo cuidado empujó el frágil carro hacia la isla de Chipre, donde la bella hija de Urano por primera vez tocó la tierra firme. Allí fue recibida por las tres Horas, hijas de Zeus y Temis, quienes la perfumaron, la coronaron con una guirnalda de rosas blancas y le pusieron su famoso ceñidor del que tanto habla Homero y otros poetas, en cuyo anverso aparece al Amor guiado por la Esperanza y el Deseo, acompañadas por el Pudor, por los suspiros, por los juramentos de todos los enamorados del mundo, por las disputas amorosas y las placenteras reconciliaciones pero en el reverso las rencorosas Erinias habían representado la perfidia, los celos, la hipocresía, la traición y otras maldiciones del lado oscuro del amor.

Cuando subió al Olimpo, los dioses más poderosos no pudieron reprimir los clamores de admiración y voluptuosidad mientras las diosas más bellas palidecieron de celos. El mismo Zeus se enamoró perdidamente de ella pero tuvo que renunciar aquella pasión porque la misma Afrodita no quiso recibirlo en su lecho para evitar problemas con Hera, la celosa y soberbia reina del Olimpo. En venganza, el padre de los olímpicos casó a la más bella de las diosas con el cojo y rudo Hefesto, como premio por haberle forjado sus rayos. Pero la soberana del placer y la belleza no pudo amar al tosco dios artesano así que sus infidelidades conyugales fueron muchísimas. Entre sus amantes figuraban el belicoso Ares, el veloz Hermes, el alegre Dionisos y también algunos mortales, Adonis y Anquises, entre otros.

De no ser por ella, todas las rosas del mundo hubieran sido blancas y sin olor ya que fue Afrodita quien, destrozada por la muerte prematura de su amado Adonis, mojó los pétalos de esta flor con la sangre del joven asesinado y los impregnó del aroma de su pasión. Fue la ganadora del primer concurso de belleza conocido en la historia cuando Paris, cegado por su belleza, le entregó la fatídica manzana de oro, destinada "a la más hermosa". Provocó el escándalo más grandioso en el Olimpo, atrapada con manos en la masa por su feo pero ingenioso esposo. Sin embargo, todos terminan por perdonar a aquella criatura frívola y sensual, dulce y despiadada, encantadora y cruel a la vez y ni el más implacable entre los dioses puede resistir frente a sus encantos. Cuando recorre los bosques primaverales, la dulce brisa ondea su cabellera dorada, bandadas de palomas blancas vuelan en su alrededor, feroces leones y panteras corren a su lado frotándose contra sus rodillas de nácar como gatitos cariñosos, las flores abren sus pétalos y el aire se impregna del divino perfume de su piel.

CARIATIDES

Son dos hermosas mujeres
con sus espadas que sirven de columnas
originaria de la antigua región de Carias
que en el frontispicio de este palacio
de pronunciar sentencias y castigar delitos
acaso son símbolo de esa constante
y perpetua voluntad de dar a cada
quien lo que merece, justicia.
Son célebres las cariátides del pórtico
de Erecteión en la antigua Acrópolis de Atenas.

Ninguna otra divinidad ha inspirado a los poetas y artistas de todas las épocas como ella, la dorada Afrodita. Creo que no exista en el mundo un poeta quien no sea el humilde servidor de la divina hija de Urano, dispuesto a servirle con su pluma y derramar sobre su altar la mirra y el incienso de su talento e imaginación, desde la antigüedad remota hasta la época actual ya que Eros, el hijo predilecto de la diosa, el niño travieso que dispara sus invisibles flechas a diestra y siniestra, dio su propio nombre al erotismo, aquella fuente inagotable de inspiración de todos los poetas del mundo, dando el inicio a la poesía erótica, tan inmortal como su eternamente joven progenitor.

A ti, cuyo trono brilla lleno de colores,
Inmortal Afrodita, hija de Zeus,
Que tejes intrigas,
Yo te imploro:
No tortures con penas ni sinsabores,
¡Oh, soberana!, a mi alma.
En vez de ello, ven hacia mí,
Como cuando me escuchabas
Al oír desde lejos mi voz
Y dejando la dorada casa
De tu padre viniste
Safo de Lesbos

Jugueteaba ella con un ramo de mirto
Y una linda flor de rosal.
Su melena la aureolaba de sombra
Los hombros y la frente.
Arquiloco de Paros

Lloren, Venus y Cupido,
Como cuantos honren la belleza:
Murió el pajarillo
Que deleitaba a mi amiga,
Que era la niña de sus ojos.
Catulo

No sería una exageración afirmar que el poeta Antonio Acevedo Linares, nuestro contemporáneo y coterráneo, es uno de los adoradores más fieles de Afrodita y de su alegre hijo ya que su poesía, tan sencilla, apasionada y vital como la de sus lejanos antecesores arriba mencionados carece, según anota Guillermo Reyes Jurado, "de rima y métrica, toda esa cantidad de gramaticalismos y formaletas en que fueron tan prolíficos los ilustres y amanerados poetas del sonsonete"; no hay en ella nada de amaneramiento, ni del academismo frió, ni del refinamiento rebuscado. Los versos de Antonio vuelan igual de libres y espontáneas que las flechas de Eros.

TIRESIAS

Atenea se bañaba
desnuda y él la vio
y fue castigado
por la ceguera
antiguas leyendas afirman
que fue porque un día
vio a dos serpientes copulando
y al golpearlas se
transformó en una mujer
y aseguro que era
la mujer la que más
disfruta del acto sexual.
La diosa Hera
indignada
lo encegueció
pero Zeus lo hizo maestro
en el arte de la adivinación.

Los tiempos cambian pero el amor, el deseo, la pasión, el placer y el sufrimiento, todas estas imágenes alegóricas grabadas en el indestructible ceñidor de Afrodita siguen siendo las mismas. Los antiguos creían que si un mortal lograba conseguir aunque fuera un solo hilo de esta prenda mágica, esta le trasmitiría la gracia, el encanto, la felicidad en el amor y también, un gran don artístico para cantarlo e inmortalizarlo. Sin duda alguna, el poeta santandereano, tal vez sin estar plenamente consciente de esto, se había apoderado de uno de esos hilos del ceñidor de Afrodita que le ayuda en su obra literaria y la misma soberana del amor y la belleza no deja de sonreírle complacida desde el deslumbrante Olimpo.

*Prólogo al libro, Por la reivindicación del cuerpo y la palabra. Ediciones Hojas de Hierba, B/manga, 2008, pag 64.

Catedrática de la Universidad de Santander y UIS. Escritora e Historiadora.

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