¿Será el COVID-19 nuestro Leviatán?

¿Entrará a arbitrar nuestras relaciones como en épocas muy lejanas lo hacía el Estado y la comunidad?

Por: José Fernando Sánchez Salcedo
mayo 11, 2020
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¿Será el COVID-19 nuestro Leviatán?
Foto: Leonel Cordero

Las noticias sobre las multas que las autoridades están poniendo a los ciudadanos en las principales ciudades del país como consecuencia de la violación de las normas establecidas para garantizar la cuarentena muestran nuestra gran dificultad para acatar las reglas. El problema radica en que, como ha sido habitual, la falta de obediencia no solo se puede explicar como un asunto de los sectores menos favorecidos, los cuales por su condición de pobreza, falta de cultura y hasta por olvido estatal viven —aparentemente— con sus propias normas, sino que involucra las capas medias y se extiende hasta las capas más ricas, lo que pone en duda una interpretación centrada en las condiciones socioeconómicas y en la formación cultural.

Otras lecturas parecen hacer hincapié en el otro extremo de la relación, en los que tienen la labor de crear y hacer cumplir las normas. Desde esta perspectiva, el problema está relacionado con la falta de credibilidad en las instituciones, su corrupción y hasta en la precariedad del Estado. Más allá de su pertinencia, ambas lecturas se complejizan si se les añade la existencia de un virus que está contagiando a media humanidad y del cual todos los días en los últimos meses se publican noticias y permanentes informes sobre el estado del contagio en cada país, los recuperados y respectivo número de muertos.

Aún así, la gente se sigue exponiendo de forma masiva a un posible contagio, haciendo como si el virus no existiera, o mejor aún, si no los pudiera contagiar. Pareciese como si el virus, hecho objetivo y sustentado científicamente, dependiera de la creencia o el convencimiento individual sobre su existencia.

Al respecto, recuerdo que un día antes del confinamiento algunos colegas —docentes universitarios— se referían a las posibles medidas para evitar el contagio como “actos exagerados” y en otros casos, apelando a la vieja teoría del complot como “un engaño más de los sectores dominantes”. Lo peor del asunto es que sus conductas y comentarios estaban orientados a defender su posición y a convencer a los otros, sin pruebas, ni argumentos razonables, que estaban en lo cierto.

Tal vez esto sea producto del individualismo sin instituciones en el que vivimos, en el que nos hemos acostumbrado a seguir nuestras propias ideas y convicciones, por encima de la ley y de los efectos de nuestros propios actos sobre las personas con las que convivimos. También puede ser nuestra costumbre de buscar liderazgos, alguien que nos diga qué hacer, qué pensar y al cual nos afiliamos apasionadamente. Esta particular experiencia individual, nos hace —al parecer— inefables, pero sobre todo peligrosos para nosotros mismos. Hoy lo resentimos porque los que contagian y nos contagian son parte de nuestro círculo más próximo e íntimo.

El problema es que vivimos en una época en donde cualquier expresión de autoridad y de fuerza es vista como un ataque a los derechos individuales. Nos estamos acostumbrando a vivir en mundos donde es mejor no opinar, ni decir nada, para no afectar susceptibilidades, ni atraer la ira y el resentimiento, así sepamos que, por puro sentido común, en algunas ocasiones tenemos la razón.

Hoy en día, los padres evitan corregir a los hijos para no ser vistos como anticuados, pero también para evitar que estos los señalen y demanden. A los jóvenes no se les puede decir nada porque “están experimentando” y se les puede confundir y frustrar. Lo mejor es dejarlos que encuentren su propio camino, en otras palabras, no oponerse a sus deseos, como si sus razones no fueran también susceptibles de ser cuestionadas. Debemos reconocer que hay entre nosotros grupos “intocables”, sobre los cuales no podemos decir nada, so pena de ser atacados y hasta penalizados.

Hemos luchado tanto contra el autoritarismo y los excesos de poder y dominación, que esta postura, nos ha hecho convencidos y sordos ante cualquier argumento que no sean los nuestros. Todo se toca menos la propia individualidad. Tal vez esto explique por qué las personas cuando están siendo multadas en vez de asumir su falta, siguen esgrimiendo sus supuestas razones, en muchos casos sin asomo de culpa. Puede ser que este sea un efecto no esperado de las conductas individuales, pero lo cierto es que de forma distorsionada parece alentar el incumplimiento de las normas o al menos su manejo conveniente, pues suele haber una constante, quien castiga al infractor, no suele estar “a la altura” del que comete la falta.

El problema con esta situación son los efectos que estas conductas generan sobre la vida colectiva y social, pues a la postre terminan horadando los principios básicos de nuestra convivencia independientemente, de la naturaleza en la que estén forjados. Tememos apelar a la autoridad y al uso de las normas, como esos padres que dialogan con sus hijos de tres años, pretendiéndolos convencer con sus argumentos que su conducta no es adecuada, mientras el niño los mira, al parecer, sin entender la perorata.

Tal vez el COVID-19 sea nuestro nuevo Leviatán, que va a entrar a arbitrar nuestras relaciones como en épocas muy lejanas lo hacía el Estado y la comunidad.

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