Ser colombiano y sentirse extranjero al volver al país

“Amar a Colombia y sentirse ajeno en ella no es una contradicción, tal vez es el indicador de una mirada crítica sobre aquello que no nos hace bien y que es necesario examinar”

Por: Juan Correa
Mayo 16, 2019
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Ser colombiano y sentirse extranjero al volver al país
Foto: Pixabay

Vivo fuera de Colombia hace varios años, razón por la cual regresar a mi país, donde se encuentran mi familia y mis amigos, siempre es una ilusión que se alimenta con dulces expectativas y proyectos para favorecer el encuentro. En efecto, mi último viaje a Colombia, a mis raíces y a mi identidad, fue el testimonio de que, más que nunca, esas raíces se han fortalecido y que los vínculos que a ellas me unen son aún mas fuertes.

En alguna ocasión, una amiga, expatriada como yo, me dijo que salir del país propio era como morir, pues los amigos y la familia podían seguir sus vidas a pesar de la ausencia de quien parte. En algo tiene razón mi amiga, la gente sigue su vida, no pueden no seguirla simplemente porque algún ser querido se va. Sin embargo, cuando ese que se fue retorna, esos amigos del alma, esos seres entrañables del corazón, pueden sentir también una cierta resurrección, un cierto retorno a la vida de quien había “muerto” al partir. Esa fue mi experiencia personal. Regresar a Colombia por un par de semanas fue resucitar, en cuerpo y alma, relaciones que, aunque no estaban propiamente muertas, sí estaban debilitadas por el efecto de la distancia. Y la resurrección, en mi caso, fue bastante gloriosa, estuvo muy impregnada de afecto por mi tierra y por mi gente. Por ello no dejo de dar gracias.

Ahora bien, aunque haya experimentado una cierta “resurrección” en lo concerniente a amigos y familiares, no fue lo mismo en el tema de desarrollo y mejoras del estilo de vida. Me explico. Quisiera yo, de manera muy personal, que al regresar a mi país las condiciones de vida de mis compatriotas hubieran mejorado un poco. Eso significa el desarrollo, que al fin y al cabo no es otra cosa sino la mejora de las condiciones de vida mínimas para favorecer la dignidad de todo hombre. Eso quisieran dar a entender muchos medios y líderes cuando sus discursos llegan hasta el extranjero. Eso se ve en muchas partes del mundo, y es lo que dictaría el sentido común: con el avance del tiempo, las cosas deberían mejorar.

Sin embargo, he visto de primera mano transportes tan inhumanos como el TransMilenio (que en sus primeros años admiré), “ligas” organizadamente cobradas por la institución policial en algunas carreteras del país, abandono de obras viales a medias, como la famosísima Ruta del Sol 3, o las omnipresentes obras en la ciudad “Puerta de Oro de Colombia”, que han vuelto a gran parte de la ciudad en una cantera gigante y cuyo alcalde suena ya incluso como presidenciable. Eso es muestra de que algo no va bien. Y no porque todo vaya mal, porque tampoco quiero ser parte de aquellos que destilan pesimismo y fatalidad de manera permanente. Ciertamente hay funcionarios y proyectos que funcionan, como muchas obras de Bucaramanga, la ciudad bonita, o tantos otros proyectos viales que sí se han concluido de buena manera.

El caso es que sí hay situaciones que, por ser estructurales (o estructurantes de otras tantas), sí muestran con desesperanza una realidad que ha invadido nuestro país. Su magnitud es tal, que hacen sentir extranjero a cualquiera que se les acerque. Casos de corrupción o de testarudez política, como los arriba mencionados, llenan de desesperanza a muchos. Amar a Colombia y sentirse extranjero en ella no es una contradicción, tal vez es un impulso utópico que, más que irrealizable, es tal vez el indicador de una mirada crítica sobre aquello que no nos hace bien y que es necesario examinar. Todo ello con el fin de no hacerse partícipe, voluntaria o involuntariamente, del bloqueo al desarrollo que es, a su vez, un bloqueo a la dignificación de las gentes.

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