Semana Santa, Popayán y el Coronavirus

"Hay que desenmascarar una de las más grandes taras mentales, emocionales y materiales que mantienen al pueblo y a los payaneses en un estado de postración y rezago"

Por: Juan Carlos Salgado
marzo 16, 2020
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Semana Santa, Popayán y el Coronavirus

Ha llegado la hora de desenmascarar una de las más grandes taras mentales, emocionales, materiales e incluso "espirituales" que mantienen al pueblo y a la sociedad payanesa en un innegable estado de postración y rezago.

Y el detonante de esto no es otro que la ignorancia, la arrogancia y el cinismo primitivo que nuevamente han demostrado la Junta Permanente Pro Semana Santa y el mismísimo alcalde de Popayán, al negarse -sin ruborizarse ante el escarnio, la perplejidad y la burla que esta actitud despierta ante el resto del país- a cancelar sin condicionante alguno la realización de tan "magno" evento pese a la gravísima amenaza que se cierne sobre el mundo entero por la ya declarada pandemia del virus COVID-19.

De este burdo episodio debe quedarle una inefable lección a las nuevas generaciones, no solamente payanesas sino también caucanas en general, puesto que este "mito" arcaico y sombrío le ha causado un daño irreversible a toda una región plagada de miseria que parece haber perdido de forma irredemible el tren del progreso, el desarrollo y la modernidad.

De manera concreta y sin eufemismos seudointelectuales, lo cierto es que toda la parafernalia, el ritualismo y la simbología cuidadosamente montados en torno a la Semana Santa en Popayán tienen un único propósito: eternizar (sobre todo en la psique de las "masas populares") el "reino seudofeudal y seudoseñorial de dominación, exclusión y esclavitud" en el que las raídas "élites aristocráticas ranciamente popayanejas" aún creen vivir y sobre el cual aún pretender ejercer su aciago y pauperizador yugo.

Y son precisamente esas patéticas "élites popayanejas" las que se han encargado de institucionalizar ese falaz mito fundacional, incluso a nivel nacional e internacional, vendiendo la idea de que Popayán basa su "esencia espiritual" y su única y gran fuente de dinamización económica en la realización de dicho evento, cuando en realidad es precisamente su permanencia lo que mantiene a la ciudad y a su población en ese "estado de avasallamiento ante las élites corruptas y de resignación ante la exclusión, la marginalidad y la inequidad". Hay una frase a modo de graffiti que lo revela todo: "si usted quiere retroceder 450 años en tan sólo dos horas, viaje de Cali a Popayán"...

Afortunadamente, se está terminando de forjar una nueva generación de jóvenes capaces de escapar de la esclavitud mental que hizo de sus mayores dóciles siervos ante una élite mediocre y corrupta, una nueva generación de líderes payaneses y payanesas, caucanos y caucanas, que han comenzado a abolir de raíz esos espurios y falsos mitos fundacionales, sabedores de que el verdadero progreso económico, la verdadera modernidad espiritual y material, se encuentran en la inclusión, la igualdad de oportunidades, el acceso a la innovación y la tecnología, la educación de calidad para todos sin excepción alguna, en la rebeldía pacífica pero valiente ante las injusticias y sus hacedores, y no en obtusos y anacrónicos ritos orientados a hacer creer que el único orden posible, por "imposición divina", es el de una población mayoritaria empobrecida, ignorante y sumisa, sierva de una élite incapaz que aún cree, risiblemente, que sus abolengos centenarios o el nuevo poder mafioso los hace inexorablemente "ungidos".

Estos mismos "popayanejos" que hoy se rasgan las vestiduras ante la posibilidad de tener que cancelar su oprobioso rito de dominación, y que arrogantemente se niegan a hacerlo, son los mismos que se ríen o se cruzan de brazos ante el exterminio que están sufriendo los líderes sociales indígenas, afros y mestizos del Cauca (esos sí que son líderes genuinos que luchan por la igualdad y la equidad frente a un estado abiertamente mafioso), y los mismos que -ebrios de ambición y sin recato alguno- dejan de lado el asco, los escrúpulos y sus ridículos blasones, cuando de aliarse con testaferros y mafiosos se trata con tal de mantener el poder económico, social y político.

En fin, cada vez más se hace patente y claro que el mundo está al borde del final de la historia, que no es otra cosa que el fin de una era de exclusión y minorías todopoderosas, para entrar por fin a una nueva etapa de la que el espíritu y la mentalidad disruptiva de la juventud puede acaso brindarnos una vaga idea de cuáles serán sus características...Una nueva era en la que ya no tienen cabida la desigualdad, las exclusiones por raza, género u origen, y mucho menos ritos oscuros, dogmáticos y que hacen una ominosa apología del feudalismo como la Semana Santa de Popayán, cuyos mezquinos adalides prefieren llevar a cabo contra viento y marea aunque eso signifique condenar a la epidemia a toda una ciudad.

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