Seis lecciones que quedaron del paro nacional

El ejercicio de teorizar sobre los fenómenos políticos y sociales no puede ser exclusivo de élites intelectuales alejados de las realidades verdaderamente populares

Por: Edwin Manuel Garcia
febrero 14, 2020
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Seis lecciones que quedaron del paro nacional

Quienes han estado inmersos en las realidades profundamente populares y en contacto con los sucesos recientes, tienen el deber de reflexionar y plasmar las consideraciones que puedan extraer de tan ricos episodios históricos.

Se trata, entonces, de beber de la realidad que las multitudes van tejiendo, para elaborar y organizar esa información y devolverle a esas multitudes un contenido convertido en aprendizajes o, por lo menos, en hipótesis. Aquí mi humilde aporte expresado en enunciados que después pueden y deben ser ampliados:

  1. La agitación actual refleja el despertar de un sector de la sociedad colombiana. Este despertar, espontaneo pero no casual, no tiene cabezas visibles ni referentes fácilmente ubicables, con los pros y los contras que esto implica. No obstante, sin duda debe destacarse este hecho en primer lugar: determinadas capaz de la sociedad se están apropiando de sus problemáticas, están reaccionando, expresándose. Lo de los últimos meses es apenas una pequeña muestra de lo que puede desencadenarse.
  2. Esa apropiación y reacción de la gente ha evidenciado la debilidad moral de un gobierno sin proyecto de país, sin respuestas, sin soluciones, sin nada que decirle a esta ciudadanía activa. No es un problema exclusivo de este gobierno, es más bien la falencia de un estado debilitado, deslegitimado y obsoleto. Solo dos columnas sostienen a un gobierno tan débil como el actual: las FFAA y los medios de comunicación: el uso indiscriminado de la fuerza y las armas, más la mentira a niveles exorbitantes.
  3. Si el estado colombiano no sufrió antes una gran transformación, dándose al traste con cualquiera de los gobiernos recientes, es porque ha existido también una oposición obtusa, sin ambiciones y enredada en disputas intestinas, producto de décadas de dogmatismo y egoísmo.

Por los defectos de la oposición tradicional en el país, la movilización actual carece de una conducción clara y liderazgos fuertes. Lo que parecería un problema, no lo es del todo, porque lo de los liderazgos se viene subsanando poco a poco, al surgir del seno mismo de las movilizaciones, casi que envueltos intempestivamente por un huracán multitudinario, figuras que se convierten en referentes del movimiento. Surgen por fuera de las formas organizativas que ya no representan la variedad y alegría movilizada. Esas formas organizativas han demostrado su obsolescencia, como quiera que atañen a expresiones de una izquierda desgastada.

La carencia de liderazgos se irá superando con el mismo desarrollo de la movilización social. Esos liderazgos hablan el mismo lenguaje de la multitud: claro, sencillo, sin carga ideológica. La vieja “dirigencia” de izquierda entrará en contradicción con las nuevas formas de conducir, pero finalmente se verán superadas por lo novedoso de expresiones verdaderamente revolucionarias, es decir, sin esquemas ni cuadriculas. La vieja dirigencia tendrá que escoger entonces entre ayudar con humildad (sin pretender conducir) o querer conducir un movimiento que no entienden y quedar relegados por la dinámica de los acontecimientos. Esto no hace referencia a lo etario o simplemente generacional, porque así sería un simplismo torpe. En el más amplio sentido de la expresión, lo viejo debe ceder ante lo nuevo[1]. Es el principio transformador por antonomasia.

  1. En el mismo sentido, la movilización irá incrementando sus niveles de confrontación. Si hoy debe ser pacífica para acrecentar su volumen y sumar cada vez más gente, la reacción y represión estatal irá motivando la justa respuesta violenta en masa. El carácter masivo de esa respuesta la recargará de legitimidad.

Estos desarrollos naturales deben leerse con tino, porque, por ejemplo, pretender anticipar el uso de la violencia de manera aislada por parte de grupos o colectivos, por más razones válidas que puedan esgrimir, equivale a retrasar, por el repudio que genera, la concienciación respecto a la necesidad de ejercer el uso legítimo de la violencia para defender los valores y derechos exigidos.

La nueva dirigencia, haciendo uso de la legitimidad con que estará dotada, tendrá que hacer entrar en razón a quienes, haciendo una lectura errada de las etapas de la movilización social, hoy día ejercen la violencia de manera aislada.

  1. Otro aspecto que debe superar el movimiento reciente es la falta de un programa claro que recoja de manera sucinta los puntos claves. Prerrequisito para esto es la unidad que debe producirse entre las fuerzas y expresiones que emergen.

La dispersión afecta aún la posibilidad de establecer con claridad los objetivos de la movilización. Pero, el desarrollo mismo de los hechos irá promoviendo la síntesis necesaria para ir traduciendo en un programa las exigencias movilizadoras.

  1. Es necesario caracterizar con acierto las capas de la sociedad que están movilizándose. A mi modo de ver, una franja de clase media-alta, relativamente bien informada y politizada, es la protagonista de los sucesos recientes. Es la gente que vota en las elecciones y que recientemente lo hizo por candidaturas presidenciales y territoriales alternativas. Aun no salen a la calle los sectores populares, las pobrerías y contingentes de miserables que circundan las ciudades, abstencionistas históricos y/o vendedores consumados del voto por ignorancia o precariedad. Es el componente que falta para darle la fuerza definitiva a este importante movimiento. Quizá en estas oportunidades no se ha hecho sentir, pero más temprano que tarde se expresará también, apropiándose de las problemáticas que lo aquejan. Sin duda, lo de estos días contribuirá a enganchar a esas franjas de la población.

Es fácil prever la fuerza que esas capas de la sociedad darán al movimiento de inconformidad, también la beligerancia que mostrarán cuando expresen en las calles y carreteras del país toda la frustración producto de la humillación padecida por siglos de ignominia. En ese momento será difícil pedirles que salgan pacíficamente, porque su rabia será imposible de contener. Ellos son los que verdaderamente no tienen nada que perder.

[1] “Vi por sobre la yerba amarillenta erguirse, en torno al tronco negro de los pinos caídos, los racimos gozosos de los pinos nuevos: ¡Eso somos nosotros: pinos nuevos!”. José Martí. Discurso pronunciado en Tampa, EEUU, el 27 de noviembre de 1891.

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