Sebastián de Belalcázar y la Popayán de los nuevos tiempos

"Es perentorio que el pueblo payanés haga valer sus derechos, con absoluto ánimo conciliatorio y pacífico, pero con la firmeza de quienes se saben amparados por la ley"

Por: Henry Mesa Balcázar
septiembre 28, 2020
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Sebastián de Belalcázar y la Popayán de los nuevos tiempos

El mundo ha entrado desde mediados del año anterior en una compleja etapa de revisionismo histórico, cultural y sociológico, todo ello en el marco de un aún más complicado y turbulento proceso de "nuevas revoluciones" ciudadanas sustentadas en la indignación de amplias capas de la población ante largas décadas de inequidad, corrupción, desengaño y frustración para con las élites gobernantes. Es necesario reconocer que estas demostraciones de ira y descontento son el resultado de un proceso sistémico de desgaste y entropía irreversibles al que ha llegado el capitalismo en su última fase: el neoliberalismo a ultranza, especulativo y depredador.

En esto no podemos llamarnos a engaños. Si bien la pandemia del COVID-19 logró frenar durante medio año este fenómeno social, las causas estructurales de la indignación popular siguen y seguirán estando allí y, por ende, es inexorable la reanudación de estas masivas demostraciones de descontento. El peligro inmanente de estos fenómenos es que, en no pocas ocasiones, terminan en manos de grupos o individuos que más que anhelar transformar o construir nuevas realidades, lo que buscan francamente es ver arder el mundo.

El fenómeno, inesperadamente, comenzó en el primer mundo, con las iracundas protestas de los "chalecos amarillos" en Francia, para posteriormente llegar —inevitablemente— a Latinoamérica: Chile, Ecuador y Colombia presenciaron a fines del año anterior dichos estallidos. Este año, en plena pandemia, han sido los Estados Unidos de América quienes han sido asolados por cientos de protestas a lo largo y ancho de su territorio, casi siempre con el detonante de algún homicidio con implicaciones de segregación racial. En el caso de la Unión Americana, dichas protestas han devenido en serios disturbios que han rayado incluso en la abierta subversión, agenciados por organizaciones de oscuros intereses tal como Black Lives Matter y Antifa, solo por nombrar algunos.

Ahora bien, la historia de las naciones y del mundo deja clara constancia de que las turbulencias sociales, las revoluciones, los estallidos ciudadanos son inherentes a los finales de los ciclos políticos, económicos y sociales, que es exactamente lo que estamos contemplando y viviendo en estos momentos.

Como era de esperarse, estos vientos de revisionismo y turbulencia social han tocado ahora las puertas de Popayán, y lo han hecho a través de un acto ciertamente simbólico, pero no por ello justo o aceptable: el derribo por parte de un grupo de indígenas misak de la estatua ecuestre del conquistador español que fundó la ciudad: Sebastián de Belalcázar.

Aluden los misak que el lugar donde estaba ubicada la estatua, el cerro tutelar de El Morro, es un sitio ancestral y sagrado para su etnia, y que además fue un acto de desagravio histórico. Y al respecto es menester entonces plantear cuidadosamente algunas consideraciones:

- Evidentemente el cerro tutelar de El Morro es un nicho arqueológico poco estudiado y que debe ser protegido, gestionado y reconocido como tal.

- Ciertamente ese fue un lugar sagrado de los pueblos indígenas que habitaban el territorio de la actual Popayán al momento del arribo de los conquistadores españoles. Estos pueblos eran los "pubenenses", pueblos que —es necesario decirlo— fueron en su mayoría diezmados por los españoles, y cuyos supervivientes terminaron mezclándose íntegramente con los españoles que continuaron llegando a la región durante los siglos XVI y XVII y XVIII.

- Los misak no son originarios de estas tierras, puesto que hay estudios muy bien fundados que aseveran que estos fueron traídos por los españoles desde el Ecuador y el Perú como yanaconas, es decir, como población de tipo servil, desvinculada de un grupo étnico. En otras palabras, y hablando sin eufemismos, que los misak fueron tan recién llegados a estas tierras como los españoles mismos. Al respecto no se ha dicho la última palabra, pero muy seguramente los confiables estudios del ADN podrían confirmar que efectivamente los misak provienen del Ecuador, pueblos con los que indudablemente comparten a ojos vista usos y costumbres tan inconfundibles como el vestuario.

- Más allá de estas y otras disquisiciones, el único hecho irrebatible es que el actual pueblo payanés tuvo su origen en la mezcla continuada e inveterada entre españoles, criollos e indígenas, dando lugar a una estirpe netamente mestiza, crisol de razas, sangres y legados.

- Consecuentemente, es una verdad incontrovertible que los actuales payaneses (a cuya sangre se han sumado los cientos de miles de inmigrantes provenientes de otras regiones del Cauca y del país dadas las tumultuosas vicisitudes históricas por las que ha atravesado Colombia) son por derecho propio los poseedores legítimos del acervo territorial, cultural y social de este pedazo específico del globo terráqueo, no solamente porque por sus venas corre la sangre jamás ida de sus "pobladores originarios", sino además porque el pueblo mestizo resultante ha sabido construir y ganarse a pulso en estas tierras un lugar en la historia no solamente de la nación, sino también del mundo.

Así las cosas, es perentorio que el pueblo payanés —incluyendo a sus autoridades civiles— haga valer sus derechos, con absoluto ánimo conciliatorio y pacífico, pero con la firmeza de quienes se saben amparados por la ley, y no únicamente la ley normativa, sino también por la ley de la historia y la de los hechos tangibles.

En ese orden de ideas, es también necesario revaluar, con el espíritu de los nuevos tiempos que corren, la posibilidad de que en nuestro cerro tutelar de El Morro se erija —preservando claro está las condiciones de patrimonio arqueológico que posee el sitio— un monumento a ese crisol de razas y almas que es el pueblo payanés, un monumento a ese pueblo orgullosamente mestizo que sabe y quiere vivir en paz y construir un presente y un futuro en donde la diversidad sea motivo de orgullo y no de lucha, y en donde la posibilidad de construir vidas prósperas, en paz y dignas esté al alcance de todos sin excepción alguna.

La definición de este nuevo monumento podría ser precisamente un motivo de unión, de reconciliación y de sanación colectiva, y podría darse mediante un concurso público liderado por la prestigiosa Facultad de Artes de la Universidad del Cauca, el Alma Mater por excelencia de nuestra tierra.

En lo que respecta al monumento en honor del fundador de la mestiza, hermosa, amada y legendaria ciudad de Popayán, la estatua ecuestre del capitán don Sebastián de Belalcázar deberá ser restaurada y ubicada en un lugar de honor para él específicamente destinado, ya sea una plazoleta o un parque. Él también es parte de nuestra historia y de nuestra herencia, y no se merece una suerte distinta a la del respeto y el honor.

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