El periodista Carlos Lozano reunió en su funeral amigos y compañeros de más de 50 años lucha política y social.

 - Se apagó la Voz de los comunistas

En el edificio del DAS había una carpeta con 117 páginas. En ellas había fotos de Carlos Lozano, el director del Partido Comunista Colombiano, así como de su casa, de su familia, y hasta una tarjeta con las huellas dactilares de sus cinco dedos. Nació en el Tolima, una de las cunas del comunismo colombiano, y desde que Carlos Lozano izó la bandera roja con la hoz, se convirtió en una figuera incómoda para los poderes tradicionales. Así lo despidieron en la Iglesia del Espíritu Santo, en Teusaquillo.

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Por la carrera 17 caminaron 60 personas detrás del féretro. Banderas y consignas: "Camarada Carlos Lozano Guillén, presente, presente, presente."

 

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La portada del Semanario La Voz estuvo dedicada a Carlos Lozano. Como homenaje, los miembros del Partido Comunista llevaron retablos con ella impresa.

 

A la iglesia llegaron algunos altos dirigentes del Partido Comunista, así como algunos personajes notorios que reconocían la labor: Piedad Córdoba, Álvaro Leyva, Alfredo Molano. Pero uno de los grandes ausentes fue el Partido Farc. Ninguno de los ahora congresistas estuvo presente. Hubo una militante de ese partido, pero fue un gesto sin respaldo oficial del partido.

 

 

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Álvaro Leyva, Alfredo Molano y Gladys Jimeno estuvieron presentes. Todos le reconocen su papel como facilitador del Proceso de Paz.

 

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Rosas y banderas repartieron entre los miembros que querían dejarle un homenaje a Carlos Lozano.
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En camionetas blindadas, carros sencillos y a pie, llegaron quienes decidieron despedir a Carlos Lozano.

 

 

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Entre consignas entró la comitiva, pero el padre, después de guardar 5 minutos de silencio, pidió que en la "casa de Dios no hay espacio para cánticos ni gritos." La iglesia quedó en silencio, pero la entrada mantuvo sus arengas.

 

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Media hora antes de la llegada de la exequias, la iglesia Espíritu Santo estaba casi vacía. Pero cuando el padre pronunció las primeras palabras, no solo estaban ocupados todos los puestos, sino que gente tuvo que quedarse fuera.

 

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Las primeras filas lloraban sin cesar. Las palabras del cura eran más protocolarias que sentidas, y la emoción se desbordaba era por los carteles y banderas que recordaban la vida de lucha del periodista del semanario La Voz.

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