Santos: un presidente inconstitucional

"¿Cómo podemos respetar a un presidente que no nos respeta?"

Por: Jesús A. Martinez Diaz
enero 14, 2016
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Santos: un presidente inconstitucional

He tenido la oportunidad de ver al señor presidente Juan Manuel Santos en unas pocas ocasiones. Obviamente casi siempre se me ha hecho defectuoso ver su rostro debido al bloque de seguridad que lo rodea y la gran magnitud de personas que se agrupan como ovejas para verlo en un acto de fanatismo ya muy común en la ignorancia del pueblo.

El caso del que hablaré fue a mi parecer un hecho muy penoso que me daría vergüenza contarle a un extranjero u otra persona con una elevada cultura intelectual:

Soy estudiante de ciencia política y como lo expresa el mismo nombre de la carrera que estudio, todo evento político, especialmente uno que tenga que ver con el señor presidente, llama en demasía mi atención. Por esto, cuando en el segundo semestre del año 2014 supe que el señor presidente iba a mi universidad -- con motivo de propaganda o como más tarde me daría cuenta, 'festejo' de las becas que el Gobierno otorgó a bachilleres-- no dudé en que debería ir a ese encuentro. Cabe resaltar, por precisión a la realidad, que mi universidad fue una en la que más estudiantes becados por el Gobierno ingresaron en todo el país.

Como es costumbre esperaba la requisa incómoda pero necesaria y justa de la policía, debido a la importancia del personaje ante el que nos íbamos a presenciar. El hecho que la fuerza pública tenga que verificar que cada individuo que vaya a asistir a un lugar donde se encuentra una persona importante para la sociedad, demuestra que vivimos en un país en el cual no existe el nivel necesario de educación y respeto hacia la vida de los demás como para convivir según el principio kantiano de la libertad: “la libertad de uno se limita donde comienza la libertad del otro”.

Después de que el policía revisara mi cuerpo y se convenciera que yo no pretendía matar al presidente, me preguntó si yo tenía algún marcador y que de ser afirmativa mi respuesta, se los diera hasta mi salida del evento. Este procedimiento se lo hicieron a todos mis compañeros y supongo que a todos los demás asistentes. Aunque yo le di --extrañado por la petición-- mis marcadores, no me indagó la curiosidad para preguntarle el porqué de esto. Mi compañero que si tuvo agallas le preguntó, y el humilde policía respondió:

-- Es un mandato de nuestro superior. Nadie puede entrar con marcadores para que no le hagan pancartas al presidente.

Ahí lo entendí todo.

Mi compañero, que había podido entrar con un marcador escondido en su bolso, quería hacer una pancarta en protesta a lo sucedido. Pero yo le dije:

--Aquí quien manda es el más fuerte y si haces eso te metes en problemas.

Él se calmó, hecho que nos permitió ver la fiesta. ¡Sí! Leyeron bien, era una fiesta pero con las luces encendidas. Un famoso presentador costeño animaba la fiesta haciendo participar a los becados y a sus padres, sacándole risas, invitándolos a bailar e incluso hasta que se declararan amores entre sí. Ahí entendí que la política es fiesta para el pueblo y que la figura del Presidente en este país todavía mantiene ese legado carismático de las antiguas monarquías en las cuales el rey vivía para su aristocracia y el pueblo para alabarlo.

Algo sí es distinto: en esa época de reyes, tanto formal como informalmente, no había libertad de expresión. Ahora la hay, pero solo formalmente, solo en la constitución. ¿Cómo es posible que se nos viole el derecho fundamental a la libre expresión consagrado en el artículo 20 de nuestra Constitución política? ¿Nuestra? ¿Cómo podemos respetar a un presidente que no nos respeta? ¿Cómo él puede violarnos uno de los principios fundamentales de la democracia que es la libertad de expresión? ¿De qué sirve tener a un líder que no represente nuestros intereses?

Todo esto no huele a democracia, sino a oligarquía.

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