El pueblo que decidió honrar el agua

Un relato que ayuda a generar conciencia sobre los usos desmedidos de este recurso natural en las regiones del país

Por: Germán Arenas Usme
enero 14, 2016
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El pueblo que decidió honrar el agua

Cursaba el año 2049, el mundo se preparaba para conmemorar la mitad del presente siglo y con orgullo se exhibían los excelentes resultados de la estabilización del clima como consecuencia del acuerdo sobre el Cambio Climático que suscribieron los jefes de Estado en París por allá en el año 2015. Sin embargo, la preocupación mundial giraba en torno al déficit de agua dulce que se presentaba en diversos lugares del planeta y que había obligado al comercio internacional del agua limpia-- que a su vez había acrecentado las brechas entre países pobres y ricos, dado que éstos habían logrado, por cuenta de su avanzada tecnología, y por qué no decirlo, de su cultura consciente de la finitud de los recursos naturales-- preservar y aprovechar mejor sus fuentes hídricas.

Un antropólogo inglés, profesor de la universidad de Oxford, de nombre Charles Wilde, sostuvo durante años una teoría para explicar por qué los países en vía de desarrollo, muchos de ellos otrora ricos en agua, padecían ahora desabastecimiento del preciado liquido. Su teoría se fundó en la cultura, es decir, en que su actitud colectiva frente a sus fuentes hídricas los condujo inexorablemente a la tragedia que ahora vivían. En una ocasión, en una entrevista concedida a Pierre Holland, periodista del diario francés Le Monde, Wilde reveló de dónde se inspiró para sostener esta teoría que para los habitantes de los países en vía de desarrollo era inaceptable y cómoda, ya que provenía de un académico de un País desarrollado que explotaba a los Países pobres con el comercio del agua limpia así como antes lo hicieron con el oro y con el petróleo. Wilde le explicó a Holland, que la cultura es el reflejo de las creencias y las actitudes de una sociedad en su conjunto, en un determinado momento histórico, que dibuja tradiciones, ídolos, imaginarios y gracias a ella (la cultura) se superan las crisis, se sale adelante o también se allana el camino que conduce a las tragedias. Añadió Wilde en su entrevista, que mientras los países ricos entendieron que debían hacer adaptaciones tecnológicas para aprovechar racionalmente sus fuente hídricas así como una actitud colectiva de disciplina frente a su uso, las sociedades de los países en vía de desarrollo -a principios del siglo 21- se dedicaron a responsabilizar al mundo desarrollado de sus tragedias y no asumieron una actitud colectiva e individual de conservación y uso racional de sus fuentes de agua. Holland lo interpeló señalándole que a los países en vía de desarrollo les asistía la razón al hacer reclamos históricos por la manera en que las empresas multinacionales de los países ricos explotaron sus recursos naturales. Wilde asintió con el movimiento de su cabeza pero a su vez destacó que esa realidad tampoco los sustraía de la responsabilidad de asumir conductas frente a sus recursos naturales y que evidentemente se quedaron en la cómoda posición de culpar a los demás y no asumir sus propios compromisos. Para darle mayor fortaleza a su teoría, Wilde le pidió a Pierre Holland que le escuchara una historia real que el mismo logro averiguar en Sudamérica. Su relato fue el siguiente:

“En una región andino amazónica, inmensamente rica en agua dulce, en la que predominaba el bosque tropical húmedo con altísimos niveles de precipitación, ubicada en la zona ecuatorial de Sudamérica, colonizada por campesinos de las zonas andinas aledañas que extendieron hasta ese territorio sus tradiciones culturales católicas, durante un siglo entero derrocharon el agua con la excusa de honrar a los santos inocentes todos los 28 de diciembre y a los reyes magos todos los 5 y 6 de enero. En el primer caso, el derroche era directo, la gente durante cada 28 de diciembre se dedicaba a mojar a los demás, incluso abrían unos aparatos que se denominaban hidrantes que eran una especie de válvulas de control de las tuberías del acueducto, por lo tanto toda el agua se derramaba como si nunca se fuera a terminar. En la celebración de los reyes magos, cada 5 y 6 de enero, la gente se lanzaba harina al punto de que las calles se atiborraban de esta sustancia que al descomponerse producía un olor fétido que obligaba a los organismos de socorro a emplear todo un día sus mangueras conectadas a las redes de acueducto para limpiar la basura. La gente denominaba a estas actividades de forma pomposa como el carnaval folclórico y hasta elegían unas reinas de belleza para convertirlas en instrumento de estimulación de diversas actividades, entre las que se encontraban aquellas que terminaban en derroche de agua y de contaminación ambiental. En los días siguientes a esas celebraciones, la gente se desplazaba a las orillas de los ríos a pasar la resaca del exceso de alcohol refrescándose con el agua que caía de las cordilleras pero a la vez cocinando alimentos con fuego proveniente de la leña producto de la deforestación. Al final, las orillas de los ríos lucían llenas de restos de alimentos, envases de vidrio y plástico sin que a quienes originaban esta situación les asistiera la más mínima conciencia ambiental.

Después de varias décadas, un joven nacido en esa región cuyo nombre era Isaías Barrera tuvo una genial reflexión: se auto reprochó como originario de ese territorio andino amazónico por no tener sus propias tradiciones y celebrar unas provenientes de una región vecina. Concluyo que la esencia de su región eran sus ríos y que a partir de ellos había que promover una especie de homenaje a los mismos. Isaías Barrera invitó en el año 2002 a un grupo de amigos a lo que él llamo una regata que consistía en navegar en neumáticos (unos inflables de caucho que antes eran usados al interior de las llantas de los carros) desde un lugar determinado del río  hasta los sitios donde se solían apostar las embarcaciones en los poblados ribereños. Poco a poco la regata fue ganando reconocimiento hasta que a partir del año 2005 miles de personas se lanzaban a nadar en los ríos, solo que el sentido de homenaje a los mismos se perdió y se convirtió más en otra fiesta de exceso de alcohol con las consecuencias de basura vertida en el agua.

A principios del año 2016, las zonas ecuatoriales de Sudamérica padecieron una intensa y extensa sequía conocida como el fenómeno del niño. Los ríos empezaron a disminuir su cauce y como consecuencia las fuentes de captación de los acueductos no lograron abastecer con el líquido las residencias de los habitantes de un número significativo de ciudades. Las empresas que administraban los servicios públicos se vieron obligadas a hacer racionamientos de agua y a establecer duras sanciones pecuniarias para aquellos usuarios que derrocharan agua. Las protestas no se hicieron esperar como resultado de la angustia colectiva.

Llegó el fin de año y la sequía continuaba causando estragos. Los santos inocentes no pudieron ser homenajeados como de costumbre porque no había agua, tampoco los reyes magos que ante la ausencia de agua no había manera de limpiar la harina que quedaba en las calles. Tampoco se pudieron efectuar las regatas porque era físicamente imposible navegar en un hilillo de agua que se desplazaba por los antiguos cauces.

La población entró en pánico y los líderes sociales convocaron asambleas populares para analizar la situación. En ellas emergieron todos los matices de ideas; desde aquellas expuestas en las voces de los radicales de siempre que no se midieron en improperios contra las multinacionales y el gobierno, sin considerar que ellos en su casa ni siquiera seleccionaban la basura susceptible de reciclar, hasta las voces de los más sensatos que asumían que la responsabilidad era de todos.  No faltaron los políticos locales oportunistas que históricamente se ubicaban en la postura que pareciera más popular, y como en las asambleas se vivieron momentos en que distintas apreciaciones parecieron ser las más aceptadas, terminaron posando de defensores de cientos de ideas pero todas ellas tan contradictorias que la gente por fin descubrió que se encontraba ante personas carentes de convicciones propias, o al menos carente de las cualidades mínimas para fungir como auténticos dirigentes políticos. Con la cabeza entre los hombros, el representante de la autoridad ambiental intentó explicar el origen del fenómeno del niño pero no logró hacerlo por más de dos minutos porque fue interrumpido por un ciudadano indignado que le recordó que se habían burocratizado tanto que durante una década al frente de esa institución nunca se les ocurrió decir nada sobre el derroche de agua de cada 28 de diciembre.

En una de esas asambleas surgió la voz inconfundible de Isaías Barrera, el creador de las regatas,quien les recordó a los asistentes que la idea original de su regata era la de honrar el agua a través de los ríos y que él los invitaba a construir unas nuevas tradiciones, una nueva cultura de respeto y protección de las fuentes hídricas. Cuando terminó su intervención aparecieron otras voces que respaldaron su idea, incluso una de ellas hizo un crudo repaso por la historia reciente de la región y llamo la atención sobre cierta tendencia colectiva al derroche y a la facilista actitud de responsabilizar a los demás por los errores propios. Recordó, por ejemplo, como todos cayeron en la absurda idea de un personaje que simulaba multiplicar el dinero y que cuando toda la farsa quedo al descubierto, la población en lugar de reconocer su propia equivocación salió a las calles a buscar culpables externos. Una Señora, de aproximadamente unos 50 años que se presentó como una madre de familia, les recordó a muchos de los asistentes que durante décadas habían cultivado hoja de coca en una actitud que se justificaba en la ausencia de alternativas de desarrollo rural y sin que los hubiera acompañado ningún cargo de conciencia bajo el entendido que la droga se consumiría en los Estados Unidos o Europa pero que ni siquiera el evidente aumento del consumo de droga de los jóvenes de la propia región generó una valoración distinta del fenómeno cocalero regional. La misma señora terminó haciendo público su drama familiar por cuenta de la adicción a las drogas de sus hijos y argumentó que su dolor era mayor al saber que la materia prima de las drogas era producida en la misma región con la falaz idea de que la adicción a los alucinógenos era solo un asunto de extranjeros. Varios se atrevieron a confesar que a través de diversas maniobras o no pagaban impuestos o los pagaban en una proporción menor a la que les correspondía.

Fueron semanas enteras de profundas discusiones al interior de las asambleas. Al parecer, la angustia por la escasez de agua precipitó momentos de lucidez colectiva y porque no decirlo de expiación de culpas frente a los deberes ciudadanos. Poco a poco se fueron alcanzando  consensos mínimos.

Isaías Barrera emergió como el líder y el vocero de los acuerdos logrados. El mismo los expuso de manera simple señalando que en adelante se honraría el agua y que para tal propósito se cambiarían radicalmente las tradiciones. Señaló que se trataba de una especie de reencuentro consigo mismos y con la tierra que habitaban, que así como los nativos de América adoraron el sol, sus descendientes mezclados con quienes habían llegado de Europa habían decidido no adorar pero si honrar el agua. Los sacerdotes católicos y los pastores cristianos, con biblia en mano, intentaron protestar porque sospecharon que el agua desplazaría a Dios pero Isaías Barrera con tono pedagógico les explicó que se respetaban las creencias religiosas de cada persona y que el consenso fundamental alcanzado era por la vida dado que sin agua no habría rezo católico u oración cristiana que valiera.

A partir de ese momento, el 28 de diciembre se convirtió en el día de la reforestación de las cuencas hidrográficas. A cada familia se le asignó un número determinado de hectáreas a reforestar, por lo tanto el 28 de diciembre de cada año se presenta una especie de peregrinación ciudadana hacia los ríos para adelantar una siembra masiva de arboles a su alrededor.

También a partir de ese momento, los días 5 y 6 de enero de cada año, se celebran las regatas en las que se honra el agua con una navegación en familia, sin consumo de alcohol y con cero basura arrojada sobre las aguas.

La arquitectura urbana y rural cambió gracias al consenso social logrado. En adelante, todas las casas fueron diseñadas y construidas/reformadas de tal manera que se el agua lluvia se almacene y se use en épocas de sequía.

El sistema educativo cambió y así como desde edades muy tempranas se enseñaba a leer y escribir, se enseñó y estimuló el respeto y la preservación de las fuentes de agua. A partir de los años 20s de este siglo, en esa región se puede decir que nació la generación de respeto por el agua.

Gracias a la reforestación adelantada, las precipitaciones aumentaron y las épocas de sequía fueron de muy corta duración. También gracias a la reforestación, la flora, la fauna y el paisaje volvieron a ser muy similares a las de los siglos 18 y 19 lo que atrajo el ecoturismo que a su vez generó empleo y mejorías sustanciales en las condiciones de vida de los pobladores. Incluso, la peregrinación para la reforestación de las orillas de los ríos de cada 28 de diciembre se convirtió en un imán para el turismo internacional que jamás existió en las épocas del denominado carnaval en que se derrochaba el agua.

Isaías Barrera, el creador de la Regata e inspirador de las actividades para honrar el agua se convirtió en un líder regional que fue invitado a distintos lugares del mundo a contar su experiencia.

Está región particular es hoy una especie de oasis en medio del desierto en que están convertidas muchas zonas de Sudamérica por cuenta de las intensas sequías que se han vivido a lo largo de este siglo 21. Es más, desde allí se vende agua limpia a otros países y las divisas que se producen de esas transacciones se invierten en las actividades de reforestación y de cuidado de los ríos”, aseveró Wilde al terminar su narración.

“Se da cuenta Señor Holland porque insisto en que buena parte del origen de desabastecimiento de agua está en la cultura de muchas regiones del mundo y no solamente en las brechas existentes entre países pobres y ricos…..”, le recalcó Wilde a su entrevistador. “Todo lo que le acabo de contar no quedó consignado en ninguna ley o decreto, fue el fruto de un consenso colectivo para transformar una cultura y unas tradiciones dirigidas a honrar y preservar el agua desde un sentido práctico para asegurarles la vida a las generaciones de hoy”, insistió con satisfacción el profesor Wilde.

El periodista Pierre Holland quedo fascinado más con la historia que con la entrevista. Durante semanas se debatió internamente entre publicar la entrevista o hacer una crónica sobre la historia que le expuso Charles Wilde. Se decidió por la última y la publicó el 11 de enero del 2049 bajo el titulo: El pueblo que decidió honrar el agua.

  1. Todo lo que ustedes acaban de leer es ficción por lo tanto todos los personajes mencionados hacen parte de mi imaginación.

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