Río muerto, país de espanto

Una mirada que conjuga la cruda realidad colombiana con la última obra de Ricardo Silva Romero

Por: Juan Francisco Casas Díaz
noviembre 23, 2020
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Río muerto, país de espanto

“Ser un espanto es un castigo demasiado largo porque el fallo debe apelarse ante uno mismo, y puede uno tardar la eternidad en descubrirlo. Ser el espanto de un hombre asesinado en la puerta de su casa es descubrir que irse al infierno es permanecer en la tierra”.

Río Muerto. Ricardo Silva.

En este país de espanto, donde ocurren hechos inverosímiles y donde la incapacidad de asombro está tan desbordada bien por la apatía o las condiciones de aceptación resignada por gran parte de la población, el papel primordial de un escritor, sensible y libre pensador es mínimo: llamar la atención mediante sus mensajes, cuestionar el porqué tanta deshumanización y tanta corrupción, y por supuesto sentar su voz de protesta y de crítica frente a tanta barbarie. Lo anterior, como bien lo dijo Jaime Garzón, a ver si quizás algún día despertemos y con ello nos unimos como nación para salir de esta época oscura y siniestra, la cual se vive en el país desde hace más cien años.

Río muerto, país de espanto, representa esa zona donde deambula la gran mayoría de la población colombiana, la cual engrosa las desafortunadas cifras de pobreza extrema en este país; ya que, al no tener igualdad de oportunidades muchos mueren asesinados en la puerta de su casa. Lo anterior se observa en la actual situación de país, donde niñas, niños, adolescentes, jóvenes, negros, indígenas, adultos mayores; entre otros, son víctimas de graves violaciones individuales y colectivas a sus derechos humanos.

¿Tardará toda la eternidad la sociedad colombiana en darse cuenta del gran valor de la unión y de la solidaridad[1]? ¿Cómo hacer más llevadera la vida en este infierno de corrupción y de sálvese quien pueda? Ejemplos abundan por montones: ¿qué ha sucedido con las comunidades aledañas a Cerro Matoso?, ¿cómo estarán las víctimas sobrevivientes y sus familiares en Tasajera?, ¿por qué continúan las masacres a lo largo y ancho del país?, ¿se habrá hecho algo por nuestra niñez desnutrida y abandonada?, ¿cómo será y cómo quedará la reconstrucción de Providencia?, ¿cuánto se robarán?, ¿por qué no existe una política pública de Estado para mitigar los efectos tanto de la temporada de lluvias, como de la temporada seca?, y si acaso existe, ¿por qué esta no se lleva a la práctica?, ¿por qué permitimos ser gobernados por esa caterva de corruptos, quienes a su vez desprecian y no les interesa lo que le suceda a los habitantes de esta nación?, ¿cuál es el papel y el interés de los medios de comunicación frente a tan oscuro panorama?

En tal sentido, bien viene a colación lo escrito por nuestro Premio Nobel en su célebre obra:

Aureliano no había sido más lucido en ningún acto de su vida que cuando olvidó a sus muertos y el dolor de sus muertos, y volvió a clavar las puertas y las ventanas con las crucetas de Fernanda para no dejarse perturbar por ninguna tentación del mundo… Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

En río muerto, país de espanto, esas crucetas están clavadas no solo en puertas y en ventanas, sino en lo más íntimo de gran parte de la sociedad colombiana.

Esa clase corrupta, la cual nos gobierna, bien ha hecho creer a los colombianos en la no existencia de una segunda oportunidad: no es posible la paz; la solución es: guerra y corrupción. Sin embargo, debemos considerar algo fundamental e imprescindible:

El libre ejercicio del pensamiento y la máxima libertad personal son las bases para edificar una sociedad mejor. La realidad no es de izquierda ni de derecha, blanca no negra, sino de tonos grisáceos. La realidad es contradictoria y los problemas sociales y políticos no se resuelven con actos de buen corazón, sino con acciones concretas difíciles de ejecutar…; el pueblo debe aprender la democracia y esto solo se logra participando políticamente en defensa de intereses concretos y no solamente de lo verdadero y lo falso… La miseria no solo es la carencia de las necesidades básicas, sino también la impotencia de luchar para transformar esas carencias[2].

Lizardo Sarria, el cara de marrano en la novela Río Muerto de Ricardo Silva, está presente, junto con sus secuaces, a lo largo y ancho de la geografía nacional. Ellos han impedido, entorpecido, nublado y eclipsado no solo el libre ejercicio del pensamiento, sino también nos han lavado el celebro, para convencernos y volvernos impotentes en la lucha por la transformación de nuestras carencias porque; entre otras razones, la transformación, necesaria y justa para la sociedad colombiana, sin duda se llevará a cabo con acciones concretas difíciles de ejecutar, lo cual no es conveniente para el cara de marrano y sus secuaces.

[1] Aquí solidaridad es entendida como la ayuda o el apoyo incondicional para enfrentar hechos, en especial durante situaciones delicadas, duras, complejas o difíciles. Además, esa ayuda o ese apoyo incondicional, como valor supremo, debe ir más allá de las valiosas donaciones de recursos ya sean económicos o en especie.

[2] Zuleta, Estanislao. Colombia: Violencia, Dermocracia y Derechos Humanos. Bogotá Altamir Ediciones.

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