Todos queremos cambiar el mundo para bien. Si el cambio implica acabar con la propiedad, la libertad individual y la empresa privada, conmigo no cuenten.

 - ¿Revolución?
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Desde 1968, en su preciosa canción “Revolution”, los Beatles recordaban que, para llegar a una solución verdadera, a todos nos encantaría ver el plan y que cada uno de nosotros hacemos lo que podemos. Pero, con la misma ilusión, sentenciaron que, si bien todos queremos cambiar el mundo, si es con destrucción, nos pueden contar por fuera; que, si esperan nuestro apoyo para gente con mentes que odian, van a tener que esperar; y que, en lugar de insistir en cambiar la institucionalidad, deberán liberar sus mentes.

Y eso pasó veinte años después de que, en el Manifiesto Comunista, Marx y Engels hubieran dejado claro que quienes creen en esa doctrina buscan derrocar nuestro orden social y económico para acabar con la propiedad privada, en particular la de los medios de producción, transformándola en propiedad colectiva o estatal.

Para llegar a su modelo de cero clases y diferencias, los comunistas creen que deben conquistar el poder político y, a partir de ello, proceder a la expropiación y nacionalización de las tierras, las fábricas y los medios de producción y comercialización. Son partidarios de imponer severos impuestos tanto a la renta como a la poca propiedad que quede. Aunque no lo pregonan abiertamente, hace parte de su pensamiento eliminar el derecho de herencia. Como lo hemos visto en estos días, creen que se debe centralizar todo el crédito en entidades estatales. Y, si no fuera poco, abogan por concentrar en el Estado todas las formas de transporte. Y, obviamente, unir a todos los que comparten esa visión en todo el mundo.

En lugar de un sistema en el que exista educación gratuita que compita en calidad con la de los centros privados, toda la formación de nuestros niños se la tendríamos que entregar a docentes empleados por el gobierno. Y lo que nos faltaría por ver qué pasaría en salud (…).

Es claro que el comunismo no es un matiz extremo del socialismo

Así entonces, es claro que el comunismo no es un matiz extremo del socialismo. No. Mientras que el socialismo es una variación, muy intervencionista, de un modelo de economía de mercado, el comunismo es la antítesis, lo opuesto, la contradicción de aquello en lo que creemos.

Con el comunismo se busca la propiedad colectiva y acabar con la privada. De darse ese modelo, todos los medios de producción pasarían a ser del Estado. Nadie heredaría a sus hijos lo que haya trabajado y logrado durante su vida, pues, al final, todo debe volver a cero.

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Mientras que, en nuestro modelo de libre mercado, confiamos en la propiedad privada, la libre competencia y la libre empresa como garantes de la eficiencia del aparato económico, la mejor utilización de los recursos productivos y la prosperidad para todos. Esto, en tanto que las necesidades individuales se suman para formar la demanda agregada y mostrar qué se necesita y cuánto se necesita. En un modelo comunista se pasaría a una planificación estatal completamente centralizada, donde los burócratas, y no los empresarios, resuelven qué se produce, cómo se produce, a quién, cómo y cuándo se distribuye y, más grave aún, qué se hace luego con los excedentes.

En paralelo con el trípode de propiedad privada, libre competencia y libre empresa, en nuestra Carta de 1991 se hizo explícita la libertad de oficio. Más allá de la ya muy angustiosa discusión sobre el modelo económico, ello implica que los colombianos somos, en nuestro modelo de Economía Social de Mercado, completamente libres de escoger a qué nos dedicaremos para ganarnos la vida. Sin ser yo un vocero de derechos humanos, con esa prerrogativa se asegura también, para todos nosotros, una parte muy relevante de lo que entendemos por libertad: la libre determinación individual.

Con las claridades en la cabeza y la mano en el corazón, entonces, es buen momento para agradecer y cantar nuestro credo con John, Paul, Ringo y George.

Del mismo autor:Por nuestro Banco de la República

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