Opinión

¿Reformar qué?

Por:
mayo 19, 2014
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Algunas teorías del derecho dicen que para que las normas sean efectivas —es decir, se cumplan con relativa frecuencia—, tienen que estar metidas dentro de nuestro tejido cultural. Es decir que, en una sociedad en la que culturalmente sea fuertemente rechazado robar y muy común participar, por ejemplo, en actividades comunitarias, una norma que prohíba el robo y otra que cree un servicio social obligatorio van a ser más efectivas.

Suena a círculo vicioso. Quiere decir, que solo si tenemos una cultura que sea similar a la que prescribe el ordenamiento jurídico, este se va a cumplir.De ahí que, para estos teóricos, cambiar solo las normas no sirva de mucho, pues habría es que tomar medidas para que los comportamientos prescritos por la norma se hagan parte de nuestra cultura.

En países de América Latina tenemos, por otro lado, una tendencia a usar “normas aspiracionales”. Son normas que no reflejan nuestra realidad, no dicen prohibido robar porque robar ya sea considerado malo, sino que más bien buscan enmarcar jurídicamente comportamientos y situaciones que deseamos —no que tengamos—  como una meta a donde como sociedad queremos llegar.

Suena algo iluso e inefectivo, pero así, por ejemplo, se crearon derechos como el de la salud, el mínimo vital, o los derechos de las minorías étnicas, con la Constitución de 1991. Primero fueron norma y después nos fuimos acostumbrando a ellos.

Sin entrar en detalles demasiado técnicos y jurídicos —porque los aburro— lo interesante y retador de ambas teorías es cómo conciliarlas.¿Cómo conciliar que el derecho sí es una herramienta para hacer reales algunas cosas (como el derecho a la salud) con el hecho de que cambiar solo el derecho no sirve de mucho?

Tendría que aclarar, que alguien que sabe mucho más que yo de esto me hizo ver que de pronto ambas teorías no se enfrentan: las normas aspiracionales pueden ser aspiraciones justamente porque son aspiraciones de la cultura, es decir, están de alguna manera metidas dentro de nuestra cultura.

Pero, sin desviarme mucho, creo que mi pregunta es válida porque se mantiene el reto de llevar esas “aspiraciones” que tenemos como sociedad —sino como un todo, al menos si en el sentido democrático, como la mayoría— a la realidad.

El reto es gigante, además, porque el ruido que hacen pocos suena mucho más que el silencio de muchos. Y así, por ejemplo, quemaron a un señor vivo hace una semana. ¿A quién se le ocurre ir por la calle, rociarle gasolina a una persona y encenderla? Y a nuestro alrededor pasan montones de cosas parecidas cada rato, como en los últimos días —porque es una modalidad con efecto viral— que a más de una mujer e incluso a unos policías los han quemado con líquidos. (Por citar atrocidades desvinculadas de la guerra, que es otro asunto…)

Por supuesto que todos estos comportamientos están prohibidos, y la idea de la prohibición es que no pasen. Pero pasan.

¿Podríamos a punta de normas —como una sanción de cadena perpetua o un derecho (más) a la dignidad— evitar que estas cosas sucedan? Yo creo que no, por dos motivos.

Principalmente, porque hay algo violento en nuestra cultura o sociedad (así como “de vivo” o aprovechado) y en todos, no solo en las personas que terminan en estos extremos. Ese algo violento se manifiesta en la forma como nos tratamos o como somos indiferentes con otras personas y en cómo nos acostumbramos poco a poco, como las ranas cuando las meten en agua caliente, a distintos tipos de violencias.

Por eso no creo que se trate de imponer supersanciones o de cambiar nuestra Constitución como vamos a lograr evitar que gente queme a otra gente, o que la corrupción termine de comerse las arcas de la Nación. Probablemente se pueden hacer unas reformas, pero habría que reformar algo más profundo que nuestro sistema de incentivos, habría que tratar de reformar un poco nuestra cultura, también.

La educación es un gran comienzo, por ejemplo (yo se, es un lugar común), pero no solo habría que enseñar matemáticas sino otras (muchas) cosas. Creo que habría que tratar de acabar con el miedo y la sed por supervivencia y darle a la gente la oportunidad de tener una vida distinta, más amable.

Por otro lado, a nivel de efectividad, más importante que la intensidad de una sanción (como una cadena perpetua) o de la existencia de un derecho es qué tan probable es que nos cojan o qué tan fácil es exigir que un derecho se cumpla. Por eso no creo en las cadenas perpetuas o en las grandes reformas (salvo contados casos). Pero de eso les cuento en quince días.

 

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