Opinión

Red social, una empresa de medios donde las noticias falsas vuelan

El enorme poder económico que han adquirido las empresas de redes sociales no puede ocultar su responsabilidad sobre la información falsa que se expande sin control

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Marzo 13, 2018
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Red social, una empresa de medios donde las noticias falsas vuelan
Mark Zuckerberg, creador de Facebook, la empresa que si lo desea puede golpear a cualquier medio, manipulando su tráfico, sus redes y sus lectores

La verdad es que los lectores y los periodistas nos enfrentamos ante una industria de medios que no entendemos completamente. Las redes sociales han cambiado completamente cómo la gente recibe la información, cómo la interpreta y cómo la difunde.  Y a una escala y velocidad nunca antes vista.

Cada vez más se accede a las noticias a través de plataformas como Facebook, Google o Twitter, en lugar de las fuentes tradicionales de periódicos, revistas, noticieros y no tan tradicionales como portales en internet. Lo anterior genera una fricción importante entre estos actores, que se magnifica al tener en cuenta la competencia por la fuente fundamental de ingresos de estas industrias, la publicidad, la cual crece cada vez más en los medios digitales. En la actualidad más de la mitad de la publicidad se destina a Facebook y Google.

La existencia de redes sociales sin duda incrementa el poder del consumidor final, y nos permite a todos estar más conectados. Sin embargo, las redes mismas también adquieren un poder importante en la medida en que su alcance aumenta. Aunque el consumidor se sienta con un gran poder de determinación al decidir a quién sigue, a quién acepta como amigo, o a quién le da un “👍”, la realidad es que también pierde autonomía al volverse receptor de información predefinida por unos algoritmos diseñados por las redes sociales. Lo anterior hace que surja la pregunta sobre la responsabilidad de estas plataformas que definen la información que recibimos en ellas, sin mencionar de la publicidad que introducen entre la última foto del hijo de mi mejor amiga y el último artículo del periódico local.

Ahora, el uso inapropiado de las redes no es un tema novedoso. Ellas han impulsado estándares que definen que tipo de información distribuyen. Así, es claro que no se puede utilizar las redes como Facebook, Twitter o YouTube para distribuir pornografía infantil o para el tráfico de personas. Pero qué pasa con temas menos evidentes como la incitación indirecta a la violencia, la influencia en elecciones, o las noticias falsas. El gran crecimiento y alcance de estas redes presentan retos que no son fáciles de abordar ni solucionar, y que probablemente no podrán serlo por medio de una simple auto-regulación.

Miremos el caso del presunto uso de las redes por actores rusos en las elecciones de Estados Unidos del 2016. Las aseveraciones indican que se utilizaron las redes como Facebook, Google o Twitter para diseminar mensajes controversiales (y en algunos casos, falsos) dirigidos de manera estratégica de forma tal que incitara a ciertas poblaciones a votar de una u otra forma, y a otra población a no salir a votar. Así mismo, se identificó publicidad pagada en rublos rusos, usando las mismas herramientas de segmentación y optimización de cantidad de impresiones y de interacción que usan los demás anunciantes de estas redes. Sin duda, el proceso democrático debería ser libre de influencias externas. Sin embargo, que papel, cómo y cuándo deben actuar las redes para interrumpir estas actividades. ¿Lo deben hacer sólo cuando provienen de actores externos o también de ciudadanos? ¿Con base en qué criterios o lineamientos deben actuar?

Miremos también el caso de las noticias falsas. Los últimos estudios demuestran que las noticias falsas viajan más rápido, más lejos, con mayor intensidad y más ampliamente que las verdaderas. La tendencia ha venido aumentando, hoy una noticia falsa tiene un 70 % más de probabilidad de ser compartida, y a una noticia verdadera le toma seis veces más tiempo llegar al mismo número de personas en Twitter (investigación de Sinan Aral-MIT, publicada en Science).

Las plataformas aseguran que son solo intermediarios de información de terceros, y que no son reporteros o editores. Sin embargo, las redes no solo distribuyen noticias de fuentes con gran credibilidad como los diarios tradicionales, sino que lo hacen de fuentes diversas como blogs, diarios digitales u otras fuentes. Como no hay un control de lo que llega a las redes, ellas distribuyen tanto noticias legítimas como noticias falsas. Y más si generan tráfico. Surge entonces la pregunta sobre la responsabilidad de las plataformas en el control de estas noticias.

Los sistemas conocidos para garantizar la veracidad de la información se encuentran ausentes en las redes sociales. Su poder sobre el direccionamiento de lo que leen las personas, debería ser regulado. Hay voces que claman por una regulación estricta de estas redes, e incluso que sean tratadas como casas editoriales o de medios. Sin duda hay que tomar correctivos para limitar el uso ilegitimo de las redes. Darles a las empresas que manejan estas plataformas el poder y mandato de decidir que es válido para ser diseminado y que no lo es, pareciera ser una respuesta con más problemas que ventajas.

 

 

El New York Times ha reconocido que Facebook
ha ayudado a crear un sistema económico que premia a los editores
por su sensacionalismo y no por la exactitud o profundidad de los artículos

 

 

Uno de los grandes problemas para establecer algún tipo de control, es el poder económico que han adquirido las empresas de redes sociales. La industria editorial mira cada vez con mayor miedo y desconfianza a Facebook. La compañía vale 200 veces más que el New York Times. Es tanto su poder, que si Facebook lo desea puede golpear a cualquier medio, manipulando su tráfico, sus redes y sus lectores. Su influencia es tal, que el New York Times, ha reconocido que Facebook ha ayudado a crear un sistema económico que premia a los editores por su sensacionalismo y no por la exactitud o profundidad de los artículos.

Las compañías de redes sociales tienen el poder de ejercer una influencia significativa en nuestras sociedades, pero no tienen el derecho de establecer las reglas. Esa autoridad pertenece a nuestras instituciones democráticas, que están obligadas a garantizar que estas empresas se comporten de forma mucho más responsable de lo que son ahora. La discusión sobre alternativas que permitan un nivel de regulación que no invada nuestra libertad de expresión y de compartir y recibir información de una manera responsable, no debe ser un debate de unos pocos.

@aarcilaa

 

 

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