Recuerdos del terreno y de cómo murió el pequeño Joselo

Un gemido causó revuelo, era la madre del niño indígena de 3 años que había fallecido hace una hora. Deshidratación, desnutrición crónica y neumonía fueron las causas

Por: Miguel Diaz Suarez
mayo 09, 2018
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Recuerdos del terreno y de cómo murió el pequeño Joselo

Después de cerca de una hora de viaje por el río nos detuvimos en el corregimiento donde se encuentra el centro de salud. Eran como las nueve de la mañana y el personal de atención nos ofreció un café; entre tanto, ultimaban detalles de información acerca de algunas de las actividades adelantadas por el equipo territorial. Solo nos deteníamos brevemente de regreso a Quibdó y nos esperaban otras cinco o seis horas antes de llegar a la cabecera municipal de otro municipio y tomar carretera por cerca de dos horas.

En medio de la conversación informal se oyó un amargo gemido que venía de alguna de las habitaciones. Inmediatamente, la enfermera se apresuró para ir a ver y después de un momento de confusión y revuelo, encontró una escena sobrecogedora: la madre con las manos en la cabeza, desconsolada frente al cadáver del niño con quien había llegado una hora antes.

Durante el último año de trabajo en el que hemos tenido que conocer de cerca el funcionamiento del sistema de salud en el departamento, al tiempo que recorrimos su territorio y compartimos la vida cotidiana con sus comunidades, he aprendido a entender la histórica y dolorosa crisis humanitaria que vive parte de la población del departamento.

Joselo, que era como lo llamaban, tenía tres años y pertenecía a una comunidad indígena del corregimiento. Así lo llamaban, aunque no tenía un registro civil de nacimiento que constatara su condición de ser ciudadano colombiano y responder a ese nombre; tampoco contaba con algún tipo de afiliación al sistema de salud. Al momento de su ingreso fue manejado como urgencia y su pronóstico era malo debido a las complicaciones que presentaba el curso de su estado.

Fue remitido a un centro de segundo nivel de complejidad, a donde se llega después de recorrer alrededor de 45 minutos en panga (que normalmente no hay disponible, o si hay no se tiene el combustible) por el río e ir hasta una población en el departamento vecino, tomar allí una trocha en regular estado, dependiendo de las condiciones climáticas y completar casi tres horas de viaje; una vez allí, seguramente habría sido remitido a la ciudad capital más cercana en busca de un hospital que pudiera atender las condiciones descritas. Tal vez hubiera sido posible evitar el fatal desenlace si se hubiera trasladado en helicóptero y con la requerida parafernalia para reanimar o mantener con vida ese menudo cuerpo cansado al final de una larga agonía.

No soy médico, no es necesario serlo para evidenciar lo que golpea los sentidos y la razón de manera abrumadora, sus ojos secos y hundidos en las cuencas, la delgadez extrema de su cuerpo de siete kilogramos de peso y las costillas que se podían contar una a una a lo largo de su pequeño tórax. También supe posteriormente que Joselo no había probado bocado ni bebido un sorbo de agua (“intolerancia por vía oral”) en los últimos tres días y su diarrea (“de alto gasto con síndrome emético”) había empezado más de tres semanas atrás. En suma: deshidratación severa, enfermedad diarreica aguda, desnutrición crónica y por si fuera poco, neumonía; esos fueron los motivos de muerte del pequeño.

Probablemente el médico tradicional de la comunidad de Joselo intentó controlar la enfermedad, detener el proceso que inexorablemente aconteció durante el último mes en el cual la madre acudió a él ante la persistencia de los síntomas; normalmente, los médicos o curanderos tradicionales que poseen valiosos conocimientos acerca de plantas y usos medicinales de las mismas remiten los casos a los médicos del sistema ”formal” de salud en los municipios cuando ya realmente han agotado sus secretos y pócimas, desde su saber y su cultura, para mejorar las condiciones de salud del enfermo en la comunidad.

Probablemente fue el hecho de estar ubicados donde ahora operan nuevas organizaciones armadas vinculadas con el cultivo y procesamiento de drogas ilegales; hay comunidades que desde hace años prácticamente no mantienen sus cultivos de pancoger, ni crían animales para su sustento, porque el miedo a encontrarse con los actores armados o violar sus reglas de terror no les permite salir del poblado e ir a trabajar el campo.

Sin embargo, la madre, o la familia, o un vecino de Joselo pudieron haber sabido que ese llanto sin lágrimas, esa boca seca, el vómito y la diarrea eran síntomas de algo grave, que su bajo peso y la flacidez de su piel, desde semanas, o meses, o años atrás estaban indicando que algo muy grave estaba sucediendo en su maltrecha humanidad; el dramático proceso de enfermedad y muerte de Joselo empezó con su vida misma y con el hambre que muy temprano aprendió a paliar apenas sobreviviendo.

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