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Opinión

¿Quién saca más provecho del conflicto fronterizo?

Santos se beneficia tanto como Maduro porque logra solidaridad con un gobierno desprestigiado aunque sea un problema más que manejar

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Septiembre 02, 2015
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Por supuesto, en primera línea la prensa que encuentra una vena como pocas para atraer la atención del público y buscar desarrollos tan truculentos como posibles; la noticia del problema se reduce a lo que puede suscitar escándalo (en este caso en forma de indignación) porque es ahí donde está el rating.

La misma prensa nos muestra cómo es conveniente para Maduro presentar un ‘enemigo externo’ que distraiga de los problemas locales, solidarice al pueblo con su gobierno, y eventualmente hasta justifique no llamar a elecciones.

Entre nosotros, en cuanto a Samper, lo único que hizo fue constatar que un análisis previo le dio razón —de lo cual se debería derivar que debían escucharlo mejor ahora—; en ningún momento dio respaldo a Maduro y mucho menos a la forma en que ha actuado. No se ve que provecho puede sacar de lo que lo acusan, pero el antisamperismo evidentemente sí trata de sacar provecho desfigurando el sentido de lo que dijo.

Oportunistas aparecen Petro u Ordóñez, y en alguna medida todos los que para hacer protagonismo aprovechan el escenario de lo que tiene esto de tragedia para un millar de colombianos.

Entre estos poco se señala que Uribe es el menos llamado a escandalizarse por la actitud del gobierno venezolano ya que fue quien más se dedicó a buscar el enfrentamiento. Ni siquiera se destacó la desfachatez oportunista de que apareciera repartiendo mercados.

Pero sin que sea su culpa o su deseo, a quien más sirve la situación es al presidente Santos. En el sentido del ‘enemigo externo’, Santos se beneficia tanto como Maduro porque logra solidaridad con un gobierno desprestigiado (basta ver el movimiento en las encuestas), aunque no deja de ser un problema más que manejar. Pero aún más que allá, el despliegue de declaraciones y medidas especiales y de emergencia no solo focalizan en ese tema la atención sino muestran un gobernante activo y atento a lo que atañe tanto a los sufrimientos de una población como a la soberanía nacional.

Pero como bien lo dice Alfredo Molano, hay mucha lágrima de cocodrilo respecto a lo que está sucediendo; no solo por lo distorsionado al no tener en cuenta la realidad que hay detrás, sino en comparación a lo que ha sucedido internamente sin que sea tanto escándalo. El último informe de la Oficina de Atención a los Desplazados menciona que ya nos son 4,5 millones sino del orden de más de 7 millones inscritos. Y desplazados no por buldóceres tumbando ranchos sino por motosierras y hornos crematorios. ¿Será Molano también apátrida o lo seremos quienes tratamos de contextualizar el tema?

Porque no todo se reduce a afirmar que Maduro es un loco y un dictador. Es horrible (según la información que nos entregan) la forma en la que un millar de colombianos han sido deportados del país vecino. Pero eso se inserta dentro de un contexto de una relación entre dos países que defienden modelos políticos extremos, allá de izquierda y aquí de derecha; es de suponer que Maduro simpatiza con las Farc, pero tanto como Uribe y buena parte de Colombia, —en todo caso los medios masivos— desearían un golpe de derecha contra Maduro.

Lo que pasa es que las relaciones no se limitan a eso: se ha producido una migración de aquí para allá que según las fuentes puede ser de 2 hasta 4 millones de nuestros nacionales, pero en todo caso varias decenas (si no centenares) de miles de ilegales; Colombia se encontraba en un ‘zona de confort’ pues se beneficiaba de lo que ofrecía o caracterizaba esa diferencia de modelos —importaciones de casi todo, gasolina barata, recepción de colombianos sin empleo aquí—, pero la baja del petróleo despertó o reveló una crisis en ambos países.

Es lógico pensar que un sector de la oposición venezolana (no Leopoldo López y sus seguidores) si simpatizaría con un paramilitarismo que tumbara al gobierno; y aún más lógico que despierte cierta paranoia y así lo piense Maduro. También es probable que parte del paramilitarismo que no se desmovilizó aquí busque y se encuentre bien recibido por esos grupos allá; lo que sí parece irreal y desproporcionado es atribuir a Uribe una operación de esa naturaleza, y menos con lo ocupado que está, haciendo oposición a Santos y cuestionando los diálogos de La Habana (aunque en la cabeza de Uribe cualquier extremo parece posible); pero otros que sí sacan provecho son los ‘furibistas’ partidarios de un escalamiento de la confrontación.

Protestamos porque otros países o la OEA no acompañan el escándalo que aquí hacemos. Esa visión de contexto explicaría la falta de pronunciamiento de los otros países, pero un ‘patrioterismo’ algo desbordado lo presenta  como si fuera falta de solidaridad con las víctimas y con nuestro país, pretendiendo convertir un  problema humanitario en un arma mediática dentro de un conflicto diplomático complejo.

A Santos solo se le reconoce el manejo internacional y el esfuerzo por la paz. Es lo que está continuando con el manejo que ha dado a este tema; está de por medio además la forma en que se pueden afectar las conversaciones en La Habana; si hasta ahora se aprueban sus actos en esos campos, parecería un error pedirle que cambie.

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