Opinión

Con Venezuela estamos como el cuento del triciclo y la bicicleta

Los problemas fronterizos nacieron con la muerte de Simón Bolívar. Ecuador y Venezuela fueron los primeros en partir cobijas

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septiembre 02, 2015
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Todos estamos furiosos, ofendidos, indignados y hasta despelucados con la situación en la frontera colombo-venezolana, pero no hemos mirado para donde debemos: ¿cuál ha sido el comportamiento de los gobiernos de turno con las fronteras? ¿Cuáles las políticas que dignifiquen la vida de los más de cuatro millones de compatriotas que habitan nuestros límites? Y eso no excluye a Maduro quien aunque sea presidente, muestra en su comportamiento que no se ha bajado del doble troque. Sin duda, aquí la responsabilidad es de los gobiernos.

El cuento del triciclo y la bicicleta se lo hicieron a los esposos infieles a quienes comparaban con el niño que de pequeño no se bajaba del triciclo (la esposa) y lo montaba todo el tiempo. Pasaron los años, el niño creció y el papá le regaló una bicicleta (llegó la amante) y nadie lo bajaba de ahí… Pero ay del amiguito que quisiera subirse al triciclo porque quien dijo Troya.

Así nos comportamos cuando perdimos nuestros espacios marítimos con Nicaragua, y ahora con el lío con Venezuela. Las fronteras son el triciclo y los grandes centros urbanos la bicicleta. Alegamos, peleamos, buscamos culpables… Perdimos el foco. Entonces vuelvo a preguntar: ¿Y los programas de gobierno cómo se han cumplido en nuestros linderos? No digo el de ahora; me refiero a todos.

Leyendo el libro Colombia y sus fronteras, del comunicador y exdiplomático Felipe Guillén, me encontré con que pese a que Simón Bolívar quiso mantener unida a la República de Colombia (conocida como la Gran Colombia en términos no oficiales), tras su muerte los problemas en las fronteras nacieron con su deceso en 1830, y Ecuador y Venezuela fueron los primeros en partir cobijas. Coincidencialmente, hoy son las dos fronteras más pobladas y las más problemáticas para nuestro país.

Las diferencias de cualquier tipo (limítrofes, sociales, políticas, económicas, de delincuencia, etc.), siempre han existido. Ligerezas, torpezas y descuidos han hecho que no solo perdamos aguas y territorios (Panamá, 1902; Perú, 1922; Venezuela con Los Monjes, 1952; y Nicaragua, 2013), sino que —como dijo hace un año la especialista y doctora en Ciencia Política de la Universidad Nacional Socorro Ramírez en su artículo “Políticas de fronteras: avances y pendientes” que vale la pena leer—, pese a que “las más recientes políticas han mejorado el diagnóstico de la situación fronteriza y han planteado iniciativas, son aún insuficientes ante la magnitud de los problemas existentes”. Los viejos malos manejos y la indiferencia se fueron acumulando y hoy ya no hay cómo.

Pero la historia colombiana tiene unas anécdotas presidenciales que traigo para ambientar lo que pasa en los doce corregimientos, 77 municipios y 13 departamentos que conforman esos lugares que vemos taaan lejanos “allááá en la frontera”.

El expresidente Belisario Betancur quiso construir Marandúa, ciudad que estaría en el fronterizo departamento del Vichada y que sería la nueva capital de Colombia (al estilo de Brasilia) pero allá… En la distancia para empoderar esos territorios olvidados.

El expresidente Ernesto Samper, por lo menos fue en su mandato en 1995, le regaló tres mil hectáreas en el Vichada a Federico, príncipe de Bélgica y reconocido como el Indiana Jones europeo. El Ministerio de Agricultura tiene pendientes pagos por $856 millones en su rubro de Certificados de Incentivo Forestal, según lo asegura la Reforestadora Las Guacamayas, que actualmente administra las plantaciones. Noticias Uno hizo recientemente la denuncia.

En septiembre de 2002 la revista Colombia Internacional del departamento de Ciencia Política de la Universidad de Los Andes publicó:

¿Qué hacer con las fronteras?

La posición del gobierno colombiano ha sido plantear el peligro que el conflicto interno —con sus ingredientes de narcotráfico y terrorismo reforzados por la agenda norteamericana— representa para la región. Bajo este enfoque, las fronteras colombianas empiezan a verse de modo creciente como vasos comunicantes para el alimento de los grupos irregulares. Olvidadas por décadas, se han visto súbitamente puestas bajo la lupa de los especialistas en seguridad. AI punto que, por ejemplo, la Fundación Seguridad y Democracia, que dirige Alfredo Rangel, en la línea de propuestas anteriores el presidente Uribe, ha sustentado la necesidad de traer una fuerza multinacional para vigilarlas, con la idea de fondo de cortar los corredores de suministro a la guerrilla —y de involucrar a Naciones Unidas, del lado del gobierno colombiano, en un intento por terminar el conflicto armado.

Si en Ecuador dicen que al norte limitan con las Farc, porque dicen allá que es el grupo subversivo el que controla la frontera, pues con Venezuela también porque nada va a detener el narcotráfico entre Farc, Venezuela, Nicaragua y Cuba. El cierre de la frontera en los puntos oficiales no les impide a estos actores abrir trochas donde se necesite, porque para eso gira suficiente dinero el cartel de Los Soles.

Recordando nuestro conflicto limítrofe con Nicaragua y viendo ahora el problemón que nos agobia en la frontera con Venezuela, estoy pensando que la conclusión después de las elecciones en el vecino país en diciembre próximo —hasta cuando muy seguramente el conflicto es útil para Maduro—, será que en Colombia de la bulla no pasamos. ¿Cambió la situación de San Andrés y el archipiélago? ¡No, hoy siguen en las mismas! ¿Entonces va a cambiar la situación de la frontera con Venezuela? Tampoco. Todo seguirá tal cual.

Ni el gobierno colombiano ni el de ningún país con problemas fronterizos aceptará jamás que no tiene control sobre sus linderos. El despeluque nos pasará en diciembre y volverá la frontera (el triciclo) al patio de atrás de la casa. ¿O usted qué opina?

¡Hasta el próximo miércoles!

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