¿Quién dio la orden para disparar?

Tras los hechos de la semana pasada surgen varias preguntas, entre ellas: ¿por qué un CAI es más importante que una vida humana?

Por: Pedro Conrado Cúdriz
septiembre 16, 2020
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¿Quién dio la orden para disparar?
Foto: Las2orillas

Esta es la pregunta que todos nos hacemos, igual que aquella otra: ¿a quién obedece la policía?, ¿a Duque o a Claudia López? Esta ambivalencia de poderes ejecutivos puede hacer agua la autoridad de la alcaldesa de Bogotá.

El caos reinante ha podido crear un escenario peligroso para la actuación de la policía. Nunca, y es una creencia más personal que otra cosa, se había presentado algo parecido, ni siquiera en el gobierno de Gustavo Petro, cuando la presión de los capitalistas que mandan en el país y en Bogotá fustigaba a la administración por las cuatro esquinas del distrito capital.

¿A quién o a quiénes les conviene el caos? Esta es la otra pregunta pertinente: ¿a quiénes?

Se perciben instantes de desinstitucionalización en el Estado colombiano. En pocas horas se perdió la poquita cordura institucional del país: exceso policial, muertos y heridos, contusos, miedo y pánico.

La inconcebible y brutal muerte del abogado Ordóñez fue la gota de agua que desbordó el vaso. Y enseguida la estampida de los caballos salvajes de la protesta. Las débiles barreras que contenían las indignidades acumuladas en el alma de las gentes (la muerte sistemática de líderes sociales, las masacres recientes, el desenmascaramiento del sistema de salud, la respuesta del presidente al pueblo de Samaniego), le explotó sin remedios al gobierno en la cara, incontenible como un tsunami.

El país vio a la policía actuando como delincuentes comunes: disparando contra los ciudadanos inermes, uniformados o sin uniformes, y, sobre todo, lo que hicieron en el CAI con el abogado Ordóñez: barbarie institucional amparada en las armas y en un uniforme que dejó de ser símbolo de respeto policial.

Es difícil pedirle a la sociedad que proteste civilizadamente cuando el Estado gobierna violentamente por acción o por omisión, planeada o no contra las gentes. Este fenómeno institucional nos recuerda que los fantasmas de Pablo Escobar y el narcoparamilitarismo recorren insensiblemente la geografía del país.

La violencia estatal dejó de ser simbólica —el hambre, los malos servicios públicos, incluyendo educación y salud—, invisible para antojársele física y matona: las masacres de los líderes sociales y la otra, la matanza de más de tres o más colombianos todas las veces que quieren. Ya martillé la omisión.

La protesta social no puede ser democrática en los gobiernos antidemocráticos o de dictaduras sustancialmente blandas. La gente no puede dejarse matar porque haya elecciones de gobiernos disfrazados de demócratas. La represión física e ideológica, cargada de falsas noticias, genera violencia porque está hecha de muerte. Los muertos no se pueden contar con los dedos de las manos y los pies. La muerte ha desbordado los planes de muerte y la paciencia de la sociedad. Nadie va a un movimiento de protesta pacífica a morir democráticamente. La gente va a la protesta porque es un derecho y además, por la indignación que le produce en las entrañas el mal gobierno, su hipocresía y el cinismo del gobernante de salir todos los días en la televisión a balbucear sus incongruencias, sus fanatismos y sus obediencias políticas a su partido político, que todos saben quién lo organiza.

—No, mamá, la policía no.

—¿Usted quiere saber qué clase de policía tenemos? Proteste contra el gobierno y verá.

—Hijo, estudia para policía, para que seas un verraco cobarde.

—¡Qué susto, llegó la policía!

—La policía es un aparato represivo del Estado.

—Produce mucho miedo estar al lado de un policía.

Estos pensamientos y preguntas dan vueltas como trompos con cuerdas alrededor de mi cabeza. Estoy indignado de tanta vileza gubernativa.

La sociedad ha renunciado a las armas para que el Estado-gobierno la cuide, nos proteja. E incluso se firmó un acuerdo de paz en la Habana para que el Estado tenga el monopolio de las armas. Cuando este anhelo de paz se intenta fracturar, se avecina el caos y nadie le puede exigir a la sociedad civil que sea indiferente. Las violencias entonces se cruzan y aparecen los primeros muertos.

La prensa libre —recuerde que hay periodistas pagados para meter gato por liebre y manipular la opinión pública— ha hecho registro serio de la evolución de la protesta desde el 2019, con el paréntesis de navidad y la pandemia del COVID-19. Sin embargo, la conciencia del mal gobierno continúa viva. La conducta vandálica no puede ser una excusa para demeritarla. Les recuerdo que en las pasadas manifestaciones hasta la policía las infiltraba para desprestigiarlas, hoy la atacan con la supuesta infiltración de las guerrillas. Le inventan a las incautas gentes los enemigos gratuitos para confundirlos y para que se odien a sí mismos.

Estigmatizar la protesta busca ocultar sus raíces, las causas políticas que obligan a salir a la calle a la gente a protestar contra la muerte, el hambre y la recurrente pobreza. El confinamiento no ha sido obstáculo para las explosiones de indignidad. Nadie con cuatro dedos de frente y que se quiera puede soportar tanto salvajismo y tanta indolencia de clase. Y, sobre todo, la indolencia social del presidente y su solidaridad con la policía, mientras ésta le disparaba a ciudadanos inermes, o el ofrecimiento de un estadio a la población de Samaniego, mientras cargaba el dolor y el luto por la masacre de sus muchachos. Ni siquiera la masacre y la tristeza de su comunidad lo conmovieron y logró despertarle la empatía cognitiva. Duque, o estaba mentalmente bloqueado o su sensibilidad humana ha sufrido tal deterioro, que es incapaz de distinguir entre una fiesta y un duelo colectivo.

Transitamos por otro túnel oscuro de la historia, estamos atascados en una crisis de dimensiones desconocidas hasta hoy. La pandemia empeoró todo y con las posibilidades serias de excluir los sueños y la esperanza de la sociedad colombiana. Sin empleo los pobres apenas respiran. El congreso es un sistema de castas mafiosas. El ejecutivo desconoce la división de poderes cuando le cree más a su jefe que a la misma Corte. La pobreza vive felizmente el incremento de la pobreza de los pobres. El gobierno prefiere salvarle la vida a la empresa privada Avianca, que salvarle la respiración humanitaria a los pobres. Así es imposible la esperanza. ¿Puede un pueblo tener esperanza si no tiene planes futuros?

Una última pregunta: ¿por qué un CAI es más importante que una vida humana?

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