Que se venga pa' acá, pa' la loma (II)

Relatos de nuestro Caribe y su gente

Por: Luis Eduardo Martínez Arroyo
octubre 19, 2020
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Que se venga pa' acá, pa' la loma (II)
Foto: Pixabay

En el Cerro de San Antonio yo me quedaré/

A una morena que adoro no la olvidaré/

Se llama Dennys Flórez /

La dama de mis amores/(bis)

Alfredo Gutiérrez, Dennys

El profesor Moscarella de probada militancia roja era, sin embargo, un cruzado creyente que ordenaba y obligaba a sus estudiantes a ir a misa matinal los domingos; los resultados de la pía diligencia eran expuestos el lunes bien temprano cuando debían explicar en el aula el contenido del evangelio leído por el sacerdote, una vez el educador había regresado de su viaje a Barranquilla. Más de uno recibió la adecuada reprimenda por quererlo engañar. El docente exigía y daba ejemplo, a la misma hora en que sus estudiantes iban a misa él hacía lo propio en la iglesia de Chiquinquirá en Barranquilla, sector de la ciudad en el que tuvo inicialmente su hogar. Al respecto debe anotarse que ese ímpetu castrense no siempre entregaba los resultados esperados, pues más de uno de los en trance de ser evangelizados cometió sacrilegio al comulgar sin antes haber rendido la confesión.

Curiosidad de curiosidades, fue mayor la reconvención del preocupado educador por la casi segura ida del pecador al infierno, que la pena impuesta por el confesor: dos credos, dos padrenuestro, ante la imagen del fundador de la cristiandad. En ese entonces el pecado señalado era mortal, pero el aggiornamento ocurrido en la iglesia posibilitó un debilitamiento de su poder punitivo. Esta benevolencia del pastor de la iglesia quizás fue uno de los factores que lo acercó al placer de la carne, pero ese no es el motivo de este relato.

(Ver primera parte)

Su desaprobación era total para los dos eventos festivos que se realizaban uno seguido del otro. El primero, en junio en honor del patrono del pueblo, y el segundo, en julio, para honrar a la patrona de los navegantes, y decir esto era utilizar palabras mayores, pues, como ya se dijo, en la población había veinticinco lanchas que empleaban a por lo menos cinco personas cada una y las ciento veinticinco resultantes alimentaban cinco cada una. Los propietarios sufragaban los gastos en asuntos religiosos y de música. Las asistencias de personas a las procesiones de las dos jornadas religiosas ya las hubieran querido para sí los candidatos frentenacionalistas.

Tampoco fue partidario de la “guachafita”, en palabras de él, de los actos que tenían lugar en Semana Santa próximos a la resurrección de Jesús. Le parecía que eso de esconder la imagen del Salvador de los cristianos y rescatarla casi a la fuerza, para después libar licor constituía algo desagradable, no así, en cambio, la procesión de un paso adelante y dos atrás en medio del sofocante calor de las tardes y noches de La Loma.

No estuvo de espaldas a los vientos nuevos de la música caribe el pueblo. Una emprendedora mujer nativa reunió recursos, hizo contactos, dispuso el escenario de la familia donde se proyectaba cine y presentó a Alfredo Gutiérrez y sus Estrellas, una bifurcación de Los Corraleros de Majagual, agrupación musical esta quizás la más representativa del país en el exterior. En dos ocasiones fue el que sería después el único trirrey del Festival de la Leyenda Vallenata a La Loma con su conjunto a divertir a propios y extraños. De esa incursión nació Denys, una pieza musical creación del artista de marras, para homenajear a la arriesgada empresaria, una de cuyas estrofas sirve de epígrafe a estas notas.

Allí estuvo también Luis Enrique Martínez Argote, el creador de depurado estilo, padre musical del antes aludido artista y de toda una camada de ejecutores del acordeón que después brillaron con sus acordes en los escenarios nacionales e internacionales. Pero su presencia estuvo circunscrita a amenizar la velada de una reconocida familia, con asiento en la plaza, evento en el que por cierto tuvo un altercado con un molestoso asistente. Luis Enrique, bien lo dijo su compadre, amigo y colega, Alejo Durán, estuvo siempre dispuesto, no solo a deleitar al público con sus saberes musicales, sino a frenar con sus puños al no escaso impertinente en las fiestas. Eran ya los tiempos en los que asomaban las luces de las estrellas de la música salsa en el caribe colombiano, sobre todo en Barranquilla, cuyos ecos se dejaban oír en La Loma, Ricardo Ray y Boby Cruz, por ejemplo.

El teatro Denys, escenario de las presentaciones musicales de Gutiérrez y sus muchachos, en verdad era la sala habitual de proyección de cine de la población. Por su pantalla gigante corrían en veloz carrera los caballos del cantante ranchero mexicano por excelencia, tras los cuatreros que habían saqueado la hacienda familiar o de la novia, unas veces; otras, transportaban a paso rítmico al jinete cantor que pretendía convencer con sus requiebros amorosos a una casi siempre adinerada y por eso esquiva pretendida. Sol en llamas fue una de esas numerosas cintas de frustrada proyección, a raíz de los desperfectos que sufría la máquina milagrosa, o porque se reventaba el rollo de la película, o como efecto de los cortes de la energía eléctrica ocasionados por una avejentada planta local.

Que no hubiera reacciones alebrestadas ante estos contratiempos, tan típicas de las grandes urbes, podría obedecer a que el público estuviera acostumbrado a ellos, a su buena educación, o a que estuviera dormido. Antonio Aguilar fue, a partir de entonces, el intérprete favorito de música ranchera mexicana del autor de estas líneas. La película en mención, por el contrario, muchos años después cuando el redactor la vio en televisión había perdido los encantos de antaño.

Un año de promesas gubernamentales siguió al que fue testigo de la “Marcha del hambre” a la capital de la república de los educadores magdalenenses. Los estudiantes debieron repetir el grado iniciado el año anterior, mientras los problemas de la educación municipal parecían no tener solución inmediata. La cabecera carecía de un colegio oficial de bachillerato que absorbiera la saliente población de la educación primaria, no solo de ella sino también de los corregimientos. Los padres de familia que deseaban que sus hijos siguieran estudiando, cuando carecían de recursos para enviarlos a Barranquilla, se veían obligados a mandarlos a las poblaciones vecinas de enfrente, en la otra orilla del río grande, a Campo de la Cruz, por ejemplo.

No era extraño, como lo sermoneara el profesor Moscarella, mañana y tardemente, en su diaria cátedra, que la dirigencia local se trenzara en las inútiles discusiones que servían de entretenimiento a sus áulicos, que giraban en torno a quién obtuvo tal o cual migaja del gobierno departamental, mientras permanecían impasibles ante lo importante. El municipio vecino de La Loma, río abajo, El Piñón tuvo un centro educativo con vocación agropecuaria al que iban a estudiar jóvenes de La Loma. Ahí fui en compañía de dos condiscípulos a realizar el examen de admisión al Sena, para estudiar en la capital departamental. Los tres habíamos sido designados para la prueba por el educador Moscarella. Y nos fue bien.

El ambiente político casi siempre estuvo caldeado y prueba de ello fue la agresión que sufrió la destinataria de la canción hecha por Gutiérrez. La fogosa y joven mujer para la época decidió tomar el micrófono y la bocina del equipo de sonido del teatro que llevaba su nombre, y a través de ellos, durante una semana, la emprendió contra sus contendores políticos. Días después fue agredida en una oscura esquina cercana a su casa, por un individuo que con toda paciencia la había esperado. De él se tejió la especie de que dejó de salir a la calle en los días posteriores a los hechos, para que no le vieran los moretones en el cuello que habían dejado los rasguños y fuetazos de la inerme mujer, que se vio en la necesidad de acudir a la legítima defensa.

Este cronista deja constancia de que solo tuvo noticias en los seis años que vivió en La Loma de un homicidio ocurrido allí, perpetrado por un reconocidísimo ladrón de cerdos apellidado Alzamora, quien en una madrugada decidió salir de su tierra, situada a corta distancia de la cabecera, a ejecutar en esta lo que sabía hacer. Ingresó al patio de la vivienda a buscar el animal, pero fue sorprendido por el propietario del inmueble y el cerdo, quien lo increpó e intentó golpear, pero no contó con que al frente estaba un experimentado homicida que en una demostración de pericia con el arma blanca lo apuñaló en el corazón, produciéndole la muerte de manera casi instantánea.

La Policía que había sido informada de inmediato por los familiares de la víctima, fue atendida por el victimario cuando llegó a buscarlo. Le abrió la puerta, la hizo seguir adelante y se puso a su disposición para lo que fuera necesario. El arma con que cometió el asesinato estaba dentro de la tinaja llena de agua. Mientras, en La Loma una abigarrada multitud se apostó a lado y lado del caño y sobre el puente, a la espera de que el homicida pasara en un vehículo motorizado fuera de borda para lapidarlo, promesa que habían hecho los familiares más cercanos del muerto. Custodiado por los agentes policiales hizo su paso por La Loma, Alzamora con destino a la capital del departamento donde lo esperaba un juicio.

Muchos años después La Loma fue escenario de otros asesinatos, pero de índole distinta. En estos asuntos la época del profesor Moscarella fue mejor.

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