¿Qué perdemos cuándo asesinan un líder social?

Ser líder social es una labor donde la vida corre peligro minuto a minuto, pero donde no quedarse en sus territorios es otra forma de morir

Por: Gabriel Pacheco
Mayo 13, 2019
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¿Qué perdemos cuándo asesinan un líder social?

Con su camisa bien planchada metida en el pantalón, sus zapatos embolados por él mismo en la mañana, un bolígrafo barato en el bolsillo y una agenda vieja llena de apuntes y papeles. Temístocles Machado recorría los barrios de Buenaventura trabajando con la gente, era de esas personas que no sabía hacer otra cosa en la vida más que organizar a su comunidad para hacer un acueducto veredal, conseguir un profesor para la escuela o un médico para el puesto de salud rural. Así son los líderes y lideresas sociales, en un mundo donde ya nadie hace nada gratis, donde se ve como ingenuas a las personas honestas, ellos trabajan casi siempre de manera voluntaria por sus comunidades. A Temístocles lo asesinaron en enero de 2018 en Buenaventura.

Cuando asesinan a un líder social o a un defensor de derechos humanos de algún modo también asesinan a su comunidad o lo que ella representa. La gente queda atemorizada, aterrorizada. Se muere cualquier intención de volverse a reunir para trabajar, la comunidad como cuerpo colectivo desaparece, solo quedan personas aisladas y derrotadas. (1)

En los territorios rurales de ese otro país deprimido por la pobreza y el abandono, allá donde el Gobierno no llega, los líderes y lideresas sociales asumen el rol de Estado, hacen país, construyen sociedad y fortalecen la nación. Desde su liderazgo con las comunidades, ellos construyen caminos veredales, escuelas, normalizan barrios, cultivan en comunidad, realizan emprendimientos, preservan sus saberes culturales y todo casi siempre sin que les paguen un peso. Quizá uno de los mejores ejemplos que podemos citar es el de las parteras tradicionales del Pacífico, ellas asumen el papel del Estado reemplazando en buena medida al Sistema de Salud al traer los bebes al mundo, aunque hacen mucho más que eso al promover la salud preventiva, incluso los indicadores de mortalidad maternoinfantil son menores en las zonas donde hay parteras que en las ciudades; ellas evitan la epidemia de cesáreas, humanizan el parto, son sabedoras de las plantas y bebidas medicinales ancestrales, la parteras son lideresas y un referente moral de su comunidad.

Cuando asesinan a un líder o lideresa social están matando lo mejor que tiene Colombia, desahucian la solidaridad, la cultura, el trabajo colectivo y la unión comunal. Tal vez en estas grandes ciudades pragmáticas, mediáticas, histéricas y hostiles no alcancemos a entender que en el país rural hayan personas que no tienen precio, que trabajan voluntariamente por su territorio de domingo a domingo, casi siempre en largas jornadas, y que en todo ese proceso encuentran el sentido de sus vidas.

¿Pero saben algo aún más inquietante? Si la mayor parte de los líderes o lideresas sociales asesinados sabían que sus vidas corrían peligro y muchos estaban ya amenazados, entonces ¿por qué no se iban de los territorios? Ese es un hecho dramático, ¡saben que los pueden matar y no se van! o se van pero regresan al poco tiempo. Para ellos irse de sus territorios y dejar a sus comunidades es otra manera de morir o es una forma de ser desahuciados. Terminan eligiendo permanecer en sus veredas al lado de sus familias, trabajando con sus comunidades sabiendo que por ello corren el riesgo de morir y en efecto, muchos mueren.

Los líderes y lideresas sociales no solo son buena parte de la reserva moral y cultural de este país, sino que también son referentes y faros de esperanza para que jóvenes, niños y niñas campesinas al verlos adoptan sus valores y siguen sus pasos. Luego de años de trabajo en los territorios rurales, podemos decir que más que líderes sociales, hablamos de “lideresas”. Desde luego muchos hombres son líderes sociales, pero hemos evidenciado que buena parte son mujeres, sobre todo en territorios donde los hombres fueron reclutados por los bandos en conflicto o simplemente porque fueron asesinados.

Lo que encontramos en el territorio es que las mujeres están presentes en todas las organizaciones sociales, son la base de la unión familiar, guardianas de la cultura y la seguridad alimentaria del país. Son parteras, curanderas, vicheras, cocineras tradicionales, defensoras de derechos humanos, profesoras, cantadoras, agricultoras o emprendedoras, el rol de las lideresas sociales es vigoroso, sin dejar de lado a los líderes hombres (de hecho en esta nota comenzamos refiriéndonos a uno de ellos), no podemos hablar solamente de líderes, sobre todo son lideresas.

En los afanes noticiosos de cada día, en un mundo cada vez más mediático, amarillista y sensacionalista, las noticias de los asesinatos de líderes sociales pasan a un segundo plano hasta que se vuelven paisaje. Olvidamos que no hablamos de números ni de estadísticas sino de personas, no caemos en cuenta de que estamos perdiendo a héroes anónimos que quedarán en el olvido, y que muchos de ellos eran de los mejores seres humanos que le quedan a este país.

Según registro de la Oficina de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Colombia, desde la firma del Acuerdo de Paz en noviembre de 2016 se han verificado 163 asesinatos de líderes sociales y defensores de los derechos humanos, y se ha informado de un total de 454 casos. A este paso, dentro de unos años habremos asistido al exterminio, expulsión y amedrentamiento de un sector de la población rural vital para el país entero.

(1) Tal es así que la Corte Interamericana de Derechos Humanos al condenar al Estado Colombiano por el asesinato del defensor de derechos humanos Jesús Valle Jaramillo en 1998, manifestó que el asesinato lesionaba a la comunidad a la que calificaba también de víctima del hecho y que, por tanto, la reparación debía hacerse también a favor de los habitantes. 

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