Opinión

¡Qué Nobel tan amargo!

Exclama el presidente cada vez que habla dormido

Por:
Enero 12, 2018
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¡Qué Nobel tan amargo!
Para colmo de males, se ha prolongado la continuidad del conflicto con el asesinato de líderes sociales

Tres ilustres lectores de Las2orillas me han pedido que explique mejor algo que dije, en alguna de mis columnas, sobre la responsabilidad del presidente Santos en los tropiezos de su propio proceso de paz. Los complazco gustoso, no solo por la validez de su inquietud, sino porque es probable que complaciéndolos satisfaga también la curiosidad de otros lectores con interés similar al de mi trío de corresponsales. Tonifica atender estos pedidos de gente preocupada por el país y sus dificultades.

Pese a no ser santista, valoré sus esfuerzos por la paz y voté por el . Ya estaba bueno de tanta guerra y tanta atrocidad. Pero al doctor Santos, a quien el expresidente Uribe creyó su títere, le falló su bola de cristal y subestimó las pasiones de su antiguo jefe, quien aún se sentía dueño absoluto, por trasmano, de la Casa de Nariño. Le sirvió el platito de la venganza con la carnada de un plebiscito innecesario después de creado el Centro Democrático y de elegidos veinte senadores y treinta y tantos representantes. Ni presintió que expresidente y ahora senador haría lo que fuera para que su exministro no cosechara unas palmas que pretendía coronar, con su napoleónica contundencia, en el período que le tronchó la Corte Constitucional.

Por eso, y no por un pretexto más noble, Uribe le atravesó la candidatura de Óscar Iván Zuluaga, quien ganó la primera vuelta. Pero el presidente creyó, erróneamente, que como había triunfado en la segunda vuelta con la bandera de la paz, el pueblo le ratificaría su respaldo en el plebiscito, perdiendo de vista que las Farc eligieron a Pastrana por sus intenciones de paz en 1998, pero también a Uribe en 2002 y 2006 por sus intenciones de guerra, luego de que los colombianos se enfurecieran por la burla del Caguán. Una mezcla de ingenuidad y soberbia condujo a Santos a la derrota del 2 de octubre de 2016.

Era obvio que tamaño error repercutiera en la legislación que legitimaría los acuerdos de La Habana. La artillería estaba lista: la cantaleta de la impunidad, el estribillo del narcoterrorismo, la letanía de la inelegibilidad, el aterrizaje de Vargas Lleras en la trinchera obstructora, las pérfidas sutilezas jurídicas de su fiscal general y un partido conservador en busca de reparcheo electoral. En resumidas cuentas, Santos intoxicó su proceso de paz con el ciclón bomba de un plebiscito envenenado. Fue por eso por lo que sostuve, en la columna que me pidieron explicar mejor, que la descarrilada del presidente no la cometía ni un aprendiz de manzanillo y, menos todavía, con el fardo de un 60 por ciento de desaprobación en las encuestas.

 

Santos intoxicó su proceso de paz con el ciclón bomba
de un plebiscito envenenado.
Por eso sostuve que la descarrilada del presidente
no la cometía ni un aprendiz de manzanillo

 

De todos modos, para colmo de males, se ha prolongado la continuidad del conflicto con el asesinato de líderes sociales que reclaman las tierras que les despojaron a lo largo de la guerra. Contra la impunidad de esa mano negra no se alzan las voces de los “pacifistas” que alientan la guerra con escamoteos a la paz. Esa modalidad de terror los tranquiliza, porque favorece la causa del “patriotismo” pugnaz de las élites cuando se rebelan, con sigilosa crueldad, contra las reivindicaciones campesinas. Ya llegan a 287, en 2016 y 2017, los difuntos de ese fuego invisible, con trazas de exterminio, que se mofa de la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición.

Santos hizo lo que Uribe quiso que hiciera para no sacar la guerra del menú de la campaña y ganarse varios rounds parlamentarios que atollaran la paz, como el archivo de las 16 curules para las víctimas. Uribe (que como buen paisa tira mejor los dados que las cartas) barajó sus ases con más tino que Santos los suyos. Pudo más la falta de malicia presidencial que sus fastidiosas réplicas a la oposición. Más le hubiera valido ignorar a su enemigo y dejarlo que se desgañitara mientras la agenda habanera prosperaba. Pero Uribe, finquero al fin, lo obligaba a corcovear con cargoseadas de garabato.

¡Qué Nobel tan amargo!, ¡qué Nobel tan amargo!, exclama el presidente cada vez que habla dormido.

 

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