Votar de manera libre, informada y consciente para que la desinformación y la maña política no sean los que decidan

Se acercan las elecciones al Congreso y las consultas presidenciales que, en pocos meses, conducirán a la primera y segunda vuelta para el relevo de gobierno. El calendario avanza con rapidez, pero el ambiente público parece dominado más por el ruido que por la claridad. Abundan las consignas, los ataques y las estrategias de marketing político; escasean, en cambio, las comparaciones serias entre propuestas y la explicación detallada de los programas. En medio del alboroto, la ciudadanía corre el riesgo de decidir sin haber escuchado con atención qué se está ofreciendo realmente.

Cada persona tiene inclinaciones, afinidades e historias que influyen en su voto. Eso es legítimo. Pero la democracia exige algo más que simpatías o rechazos emocionales. Exige discernimiento. Hoy no está del todo claro que las opciones de relevo generen garantías suficientes para las mayorías. Por eso se impone una tarea urgente: examinar con cuidado los fines y los medios de cada candidatura, comparar propuestas, revisar su coherencia interna y preguntar por su viabilidad real.

Afinar el juicio implica validar la información que nos llega. No todo lo que circula en redes sociales es cierto; no toda denuncia es prueba; no todo eslogan es un programa de gobierno. Discernir también supone mirarnos a nosotros mismos: reconocer qué emociones, miedos, intereses o expectativas nos mueven. Votar no es solo un acto externo; es también un ejercicio interior de responsabilidad. Preguntarnos por qué preferimos una opción y no otra es parte del cuidado democrático.

Para vivir este momento con dignidad debemos alejarnos de las noticias falsas, de las campañas de desinformación y del ruido insistente de las consignas vacías. También debemos rechazar las prácticas que constriñen el voto: la compra, la presión indebida, el clientelismo o cualquier forma de intimidación. El voto es libre o deja de ser voto. Cuando se negocia o se impone, se desfigura el sentido mismo de la democracia.

Podemos votar a conciencia, de manera programática y transparente. Eso significa elegir con base en propuestas claras, metas verificables y trayectorias públicas examinables. Significa también asumir que ningún proyecto es perfecto, pero que algunos pueden ofrecer mayores garantías éticas, sociales e institucionales que otros. Solo así es posible impulsar un cambio estratégico en los rumbos de un país que ha sufrido ciclos repetidos de violencia, exclusión y frustración política.

Este es el momento de pensar antes de decidir

Este es el momento de pensar antes de decidir. Pensar no es dudar indefinidamente, sino deliberar con responsabilidad. Es exigir debates de calidad, información verificable y reglas de juego limpias. Es reclamar que el sistema electoral funcione con transparencia y que el escrutinio respete la voluntad ciudadana. La democracia se fortalece cuando la ciudadanía no delega su criterio, cuando no permite que otros decidan por ella.

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También es el momento de garantizar que todas y todos puedan participar sin miedo. El ejercicio democrático pierde legitimidad cuando hay amenazas, violencia simbólica o intentos de manipulación. Cuidar el voto es cuidar la posibilidad misma de convivir en la diferencia. No se trata solo de elegir gobernantes; se trata de afirmar un principio básico: la voluntad popular debe expresarse sin coerción y con reglas claras.

Que no decidan por vos. Que no lo hagan las campañas engañosas, ni el rumor malintencionado, ni la presión del entorno, ni el cansancio frente a la política. Decidir en democracia es un acto de responsabilidad colectiva. Si logramos que cada voto sea consciente, informado y libre, el país tendrá un mejor camino. Pensar antes de decidir no es una consigna más: es una condición para que la democracia sea algo más que un trámite y se convierta en un verdadero ejercicio de ciudadanía.

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