Que no cale la pantomima uribista

"Fernando Londoño y Álvaro Uribe no hacen más que infundirnos miedo como estrategia para propagar el terror en la población"

Por: Juan David Torres
marzo 30, 2016
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Que no cale la pantomima uribista

Hace algunas semanas se estrenó Fernando Londoño como youtuber. Con una tupida biblioteca detrás y posando como todo un lord en su trono, incursionó el director de La Hora de la verdad en una nueva estrategia para difundir el credo uribista. Esto, quizá, a raíz de la poca acogida que tienen sus repetitivas columnas de opinión, fácilmente refutables y, a menudo, hasta graciosas. Y es que luego de dedicarle cientos de textos a su mayor enemigo, alias “Juanpa”, y de predicar hasta el cansancio la inminente llegada del comunismo castrochavista al país, no queda nada más que mofarse del delirio conspirador del uribismo. Sin embargo, y aquí tendré que darle crédito a Londoño y a su camarilla, aparentemente, su agorero discurso está saliendo victorioso en la reprochable estrategia política de infundir terror en la población.

La pantomima del uribismo es muy sencilla. Se basa en la tesis de que la retórica con la que procede el gobierno consta de meros eufemismos. Y digo el gobierno, porque según el uribismo, este ha cooptado todas las instancias del aparato estatal, ejecutando así los prolegómenos de la revolución. De esta manera, si la fiscalía abre una investigación contra un uribista, esta es una manera velada de perseguirlo políticamente. Siguiendo esta lógica, la firma de la paz con la guerrilla es en realidad una treta impuesta por Santos y Timochenko para abocarnos a la colectivización de los medios de producción.

Nada más alejado de la realidad. Ni lo uno, ni lo otro. Aducir persecución política por una captura o la apertura de una investigación o salir despavorido del país por rumores de esta, es una manera astuta de burlar e insultar a la justicia. Peor aún, afirmar que esta última es subalterna de los dictámenes del ejecutivo, ya es un desvarío, teniendo en cuenta que el procurador, aquel paladín uribista, es un fuerte contrapeso del presidente y de la fiscalía. Ya Antonio Caballero destruyó esta paranoia: la cuestión aquí no es por qué investigan al uribismo, sino, por qué, curiosamente, muchos delincuentes son uribistas. A fin de cuentas, sean o no adeptos del ex presidente, la labor de la fiscalía siempre será investigar delincuentes.

Por su parte, lo del comunismo también resulta descabellado. Ni por el lado de las Farc, ni por el de Santos. Para llegar a ganar unas elecciones, la guerrilla tendrá que fortalecer sobremanera su base social, la cual, en sí, es muy pequeña. Si llegasen a ganar en, por poner un ejemplo, Conejo, La Guajira (lo cual es factible, aunque los medios no le hayan mostrado cómo la población abrazaba y se fotografiaba con Iván Márquez), es imposible que puedan llegar a cambiar los basamentos del Estado. Inclusive, así les regalen unas cuantas curules en el congreso, serán minoría y difícilmente conservarán sus puestos, a menos que atemperen sus posiciones. Por ejemplo, sus propuestas en materia de drogas y de reservas campesinas, lejos de abocarnos a la dictadura del proletariado, pueden servir para aliviar el conflicto armado y la desigualdad rural.

Sin embargo, este delirio con el comunismo en realidad proviene de la creencia de que Santos es un trásfuga que le alcahueteará la empresa revolucionaria a las Farc. Pero cómo, si Santos tiene el mismo programa económico y social que implantó Uribe en su mandato. Uribe también nos llevó por un modelo de desarrollo dependiente de las materias primas. Es más, Santos solo lo continuó. Uribe también desmovilizó terroristas, les pagó sueldo y les ofreció curules. Uribe también fue mezquino con el salario mínimo, quería más TLC, quería vender ISAGEN y hasta prometió someterse a lo que dictaminara La Haya. Entonces, ¿por qué temerle a Santos, si representa lo mismo que su antecesor?

A fin de cuentas, el miedo que nos quieren infundir Londoño, Uribe y sus colegas no es más que una vil estrategia para propagar el terror en la población. Es el delirio de que seguimos en una guerra fría criolla, disputada entre ellos, los buenos, y la coalición Santos-Farc, los malos. De esta manera, nos quieren arrastrar a nosotros, esa “franja amarilla” que mencionaba William Ospina, a la polarización y a la guerra sempiternas en función de la miserable máxima de obtener réditos políticos de estas. En nuestras manos está el dejarnos o no arrastrar hacia el abismo.

Adenda: deberían revisar el rearme paramilitar que está viviendo el país y que le ha costado la vida a 16 activistas sociales en los últimos meses. ¿Será la inminente llegada, no del comunismo, sino del neoparamilitarismo?

@TorresJD96

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