"Que los vándalos salgan de las aulas, así se regulan los conflictos"

El progresivo ascenso de la confrontación tiene su origen en la arrogancia de quienes ostentan el monopolio de la fuerza

Por: Mateo Malahora
noviembre 13, 2018
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Foto: Vidal Romero

Cuando los conflictos surgen, los principales actores del Estado ni siquiera se preocupan por remitirse a las experiencias de negociación que sirvieron para superarlos o recoger los estilos o modelos con los cuales se concertó una solución.

Acostumbrados al inmediatismo, no nos importa el pasado, la forma o manera como se reguló un problema, las cargas sociales que se desactivaron y las prácticas utilizadas para la mediación.

Conflictos tales como el de los estudiantes, que buscan medularmente soluciones sostenidas no pretenden que los actores lleguen políticamente un acuerdo efímero y fugaz, sino que el Estado reconozca que se trata de transformar, sustancialmente, conductas políticas y estructuras obsoletas.

Regular un conflicto, construir solidaridad recíproca y confianza es una pedagogía. Resulta vano y torpe considerar que los estudiantes desconocen la naturaleza del Estado.

La frase “exterminad a esos bárbaros” no fue acuñada por ningún estudiante en la historia de la universidad.

Épocas hubo en que la inteligencia fue llevada a la cárcel de Las Guacas, de Popayán, por encima de la voluntad del alcalde, Tte. César Negret Velasco, quien renunció cuando Álvaro Pío Valencia, un ilustrado y erudito comunista y el constitucionalista Ernesto Saa Velasco, fueron apresados como terroristas infiltrados en las Casas de Estudio.

Nada de llamarse a engaño. Tratar de tergiversar sus demandas, satanizar sus postulaciones y presentarles plantillas mágicas para que firmen acuerdos leoninos demuestra falta de imaginación.

La escalada del conflicto, debemos ser sinceros, no ha venido de quienes solo tienen libros y ardor para proteger sus luchas. El ascenso progresivo de la confrontación ha tenido su origen en la arrogancia de quienes ostentan el monopolio de la fuerza, legítima, como si esta fuera el método explosivo perfecto para proporcionar soluciones, que a la postre resultan despóticas.

Los desencuentros no los han promovido los “muchachos”, como despectivamente se quiere estigmatizarlos; sus exigencias son portadoras de análisis despejados y diagnósticos serios, tampoco son los actos vandálicos una célula orgánica combatiente.

¿Que el Estado está enfermo? No es culpa de los universitarios, si hay más plata para la guerra que para la educación la enfermedad no hay que buscarla en la punta de los lápices.

Atender la educación pública, con los mismos parámetros con que se atiende la salud, es una fatalidad histórica que pesa sobre los hombros de los gobernantes, que arguyen, peregrinamente, que no hay de dónde obtener los recursos.

Fraude a la verdad social, a la verdad política, a la verdad económica y ruptura total con la ética del poder. Moral dominante que ha privilegiado la corrupción para satisfacer las apetencias de sus áulicos y cortesanos, como está demostrado en los estrados judiciales.

Si se quiere avanzar, hay que reconocer el conflicto y respetar a sus actores “descamisados”, interpretar sus necesidades, en otras palabras, contextualizarlo.

Torpeza del Estado es taparse los ojos y pensar que la solución, más expedita, es utilizar la fuerza para mantener su soberanía.

La virulencia del Estado, las amenazas, las coerciones, la polarización que salta a nuevos apoyos, que también hacen parte del conflicto social, no puede desconocerse a la hora de desarmar la irritación de un pueblo sometido a la más vergonzosa dilapidación, despilfarro y malversación de sus recursos públicos para mantener las conquistas de la historia republicana del país como la educación pública.

La violencia no es solo un enfrentamiento físico, contempla las violencias por hambre, desigualdad, marginalidad y distancia enorme entre educación pública y privada, aristas estructurales que se deben tener en cuenta para que cesen los disparos de la iniquidad que reciben certeramente los desamparados.

La paz no puede alcanzarse plenamente sino a través de los derechos humanos económicos, sociales y culturales, el desarrollo sostenible y la seguridad humana, que son del orden constitucional. Por esos postulados resisten los estudiantes a un Estado que les responde con nepotismo y defensa sostenida de los privilegios.

Entonar en el himno nacional “…Voluntad de encontrar un camino compartido hacia un mundo mejor” debe ser un sentimiento real y no una postura histórica patriotera que suene a burla contra la justicia, la equidad y la paz. No fue ese el propósito de sus creadores.

Salam aleikum.

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