¿Qué está pasando con Petro y sus pactos?

Hay que esperar que el pragmatismo de Petro no lo lleve a transitar por oscuros parajes de ambiciones personales, y que por acceder al poder pacte con el diablo

Por: Luis Eduardo Parra Rosas
enero 06, 2022
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¿Qué está pasando con Petro y sus pactos?
Foto: Pixabay

Para los que creen en la firmeza de sus ideas, en su coherencia y en la la validez de su causa política y social, no han dejado de causar sorpresa y perplejidad los actos y movimientos que por estos días sacuden, al parecer con fuerza telúrica, al Pacto Histórico (PH).

Para empezar, la llegada a la coalición de izquierda de un taumaturgo que dirige una de las muchas iglesias cristianas que existen en el país, y cuyos dogmas se oponen abiertamente a una agenda feminista que defiende la exigencia de muchísimas mujeres de abortar y ejercer libremente sus derechos sexuales y reproductivos, o a los derechos y la inclusión social de la población LGBTI, o, a su vez, al derecho a morir dignamente, entre otras reivindicaciones de sectores y minorías víctimas de discriminación y en posición de inferioridad y vulnerabilidad.

Es bien sabido que en el PH militan mujeres que jamás aceptarían compartir el mismo espacio con un personaje que predica unas creencias contrarias por completo a sus intereses y derechos.

Por eso no se entiende bien de qué manera Gustavo Petro, un líder político coherente a toda prueba, con ideas claras y firmes acerca de la igualdad entre mujeres y hombres, como se ha encargado de demostrarlo a lo largo de años de luchas contra toda clase de discriminaciones, violencias e injusticias, va a conciliar lo que a ojos de todos es inconciliable.

Sin embargo, la estupefacción no para ahí. Para terminar de agravar las cosas, les arroja un baldado de agua helada a sus seguidores cuando decide conversar o acercarse o establecer alianzas definitivas (este jueguito de ambigüedades sofoca y enoja) con Luis Pérez, un político de raza, conocedor, como todos los de su especie, de los intríngulis, recovecos, pasadizos secretos, laberintos y jugadas sucias que dan forma al ejercicio bicentenario de la politiquería criolla.

No se necesita escarbar mucho en el pasado de este astuto sujeto para encontrar en él los mecanismos, malas artes y ardides de los que se vale nuestro vergonzoso mundillo político para acceder al poder.

Ya Yohir Ackerman (periodista admirable por su capacidad para rastrear y seguirles los pasos a esta clase de personajes) dejó al desnudo sus actuaciones (con pruebas y testimonios irrefutables, en su columna en El Espectador del pasado 4 de diciembre, ‘Pacto histérico’), entre las cuales figura su papel en la tristemente recordada operación ‘Orión’, en la comuna 13 de Medellín, en octubre del 2002, que dejó más de 100 desaparecidos y 71 homicidios ejecutados por los paramilitares. Pérez la defendió públicamente y sostuvo que, de ser necesario, la llevaría a cabo de nuevo. Todo un ‘pacificador’.

A su vez, su descarado uribismo lo llevó a publicar en el 2020, con dineros públicos, el libro ‘Uribe, un soldado de la argumentación’, buscando congraciarse con el latifundista del Ubérrimo para que este lo postulara como candidato presidencial.

Y, por si fuera poco, sus estrechas cercanías con César Gaviria, director de un partido fragmentado, desprovisto de ideas, caverna donde se urden las maquinaciones, tretas y traiciones contra el pueblo colombiano, y donde se prepararon con refinamiento criminal las recetas neoliberales que feriaron el patrimonio público en favor del voraz empresariado nacional y multinacional, han destrozado las economías populares y hecho volar por los aires los derechos de las mayorías silenciosas, no le deben generar confianza a nadie.

Después de examinar las trayectorias de Petro y Pérez, sus ideas y su posición en el espectro político nacional, no queda la menor duda de que el abismo que los separa es infranqueable.

Ni siquiera razones tácticas justificarían una alianza entre estos personajes, que se encuentran en las antípodas. Vayan y vengan pactos coyunturales entre proyectos diferentes en los que, sin poner en juego los principios, las ideas, el honor y la palabra empeñada, se pueden obtener ventajas y beneficios mutuos, algo nada extraño en el ejercicio real de la política, como lo que acaba de demostrar Alemania, donde el ganador en las elecciones para elegir canciller (un socialdemócrata) tuvo que negociar con sus opositores conservadores, los demócratas cristianos, y los verdes para tener margen de gobernabilidad.

Por otra parte, es claro que, en un momento determinado, en razón de un pragmatismo imposible de eludir en la acción política, para tener éxito en las luchas por el poder las alianzas son necesarias, pues el aislamiento y el dogmatismo lo más seguro es que conduzcan al fracaso.

Pero cosa muy distinta es salir a juntarse con adversarios que simpatizan o hacen parte de un proyecto que busca desprestigiar, desacreditar y hasta anular el proyecto que les es contrario y con el cual cualquier clase de pacto significaría una traición, algo que llevaría a muchos militantes, si no a todos, a abandonar el barco.

De esto debe tomar atenta nota el líder de la Colombia Humana y no poner en duda su credibilidad con explicaciones tan poco convincentes como que el Pacto acepta a todo el que se quiera volver “progresista” y el PH es entre diferentes.

Predicar que Luis Pérez se quiere volver “progresista” va contra toda evidencia, como ya se vio más arriba, y que el Pacto es entre diferentes merece establecer primero la clase y naturaleza de esos “diferentes” con quienes se van a hacer alianzas, pues estas serían posiblemente viables por razones tácticas, pero nunca por razones estratégicas. Y justamente por estas razones Petro “tiene prohibido” acercarse siquiera a Pérez o a Gaviria.

No obstante, así esté tomando decisiones equívocas, a las que ojalá no se agreguen más y que están despertando fuertes reclamos entre sus seguidores, subsisten buenas razones todavía para seguir confiando en él.

Primero, por su intachable trayectoria en lo público y lo privado: que se sepa, no tiene denuncias periodísticas o judiciales por actos de corrupción o por faltar a sus principios.

Segundo: es un disidente: nunca pactó con los partidos tradicionales para hacerse un nombre y emprender una carrera a su amparo, y, además, nunca ocultó su ideario socialdemócrata, de centroizquierda (decir que Petro es de extrema izquierda, un socialista o, peor, un comunista es una mentira monumental, que propagan vilmente sus enemigos para ubicarlo en uno de los polos de una polarización fabricada artificialmente por un sedicente centro político más ficticio que real, a fin de sacarle a tal maniobra réditos políticos, pero eso sí, disfrazando sus verdaderas intenciones, porque a la larga terminará alineándose con la extrema derecha, el uribismo).

Tercero: su valentía. Fue quien denunció los crímenes del paramilitarismo y sus alianzas con políticos venales, que hoy están en la cárcel gracias a los debates que, en solitario, Petro llevó a cabo en el 2007 siendo senador.

Cuarto: su proyecto político, económico, social y ambiental, de marcado carácter progresista, contiene propuestas favorables a los grupos poblacionales más vulnerables, que tienden a su inclusión y a la disminución significativa de la desigualdad y la pobreza, a la defensa del medioambiente y a la abolición de la dependencia de la economía de los combustibles fósiles, en sintonía con la lucha contra el cambio climático (una urgencia mundial), entre otros de sus planteamientos modernizantes y democráticos.

Ahora bien, de insistir en esas cuestionables negociaciones (cosa que nadie espera), Petro pondría a sus seguidores contra la pared, pues estos se verían obligados a cambiar el sentido del voto por él, ya que no votarían sin dudas, con convicción, de buen grado, con confianza y tranquilidad de conciencia, sino en medio de un dilema en el que el Pacto aparecería ante sus ojos no como una alternativa ajena a la ausencia de moral, los vicios y artimañas propios de las maquinarias políticas, sino, con desilusión, como un partido más, para el que los principios, no negociables por naturaleza, se mueven al vaivén de las circunstancias. Este es un peligroso camino que, de no cambiar de dirección, podría conducir al abismo.

Otra cuestión a la que valdría la pena buscarle alguna explicación es la referente a la razón por la cual personajes que han formado parte del establecimiento político tradicional como Roy Barreras y Armando Benedetti y, de pronto Luis Pérez, deciden abandonar un ambiente seguro y confortable, en el que el oportunismo es la regla, no se mueven ideas ni principios, se cambia de camiseta sin costo alguno y se tienen garantizados votos, puestos y contratos, y de pronto migran a un ámbito desconocido, como el PH, donde se agita un discurso totalmente contrario al de sus antiguos y cómodos nichos y se exponen a un futuro incierto y a respaldar un proyecto que desafía a los poderes establecidos, a los que antes de su vuelta canela estaban integrados y defendían con ardor.

En todo caso, hay que esperar que el pragmatismo del que está haciendo gala Petro en estos momentos no lo lleve a transitar por los oscuros parajes de las ambiciones personales, y que por acceder al poder esté dispuesto hasta a pactar con el diablo.

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