Opinión

Qué es peor, ¿salir o pedir domicilios?

Pedir un domicilio es como si le estuvieran entregando a uno no el mercado, sino una bomba de tiempo; y salir es sentirse rodeado por los enemigos, es como pisar en campo minado

Por:
abril 08, 2020
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Qué es peor, ¿salir o pedir domicilios?
“Entonces uno se va a cruzar con alguien y mide los dos metros; va a preguntar, y conserva los dos metros” Foto:Leonel Cordero/Las2Orillas

Debo reconocer que para mi no salir no es grave, porque desde hace un muy buen tiempo hago teletrabajo y lo poco que salía lo hacía en asuntos de rutina y mi trabajo en radio. Sin embargo, hay dos cosas que me han impactado de la situación que vivimos hoy por cuenta de la pandemia, por tontas que parezcan en su concepto, no en su realidad: es que no sé si es peor salir o pedir domicilios. Qué es más riesgoso, ¿o son igual de riesgosos?

Volvió a mi vida el miedo, pero ya no a los muertos como cuando niña, o a las bombas de Pablo Escobar como cuando presentaba noticias, sino a un virus que no puedo ver, que no puedo sentir ni como a pulga, que me puede atacar sin darme cuenta porque puede entrar a mi cuerpo sin mi permiso, y al que me han presentado con la personalidad del gato de El Zorro: una aparente tierna bolita de colores, con cachitos en forma de corona, gordita entre los coronavirus (por lo que no alcanza  los dos metros de distancia) pero que tiene al planeta entero arrodillado. No, pues el demonio que -como la canción- no tiene cuerpo ni tiene corazón.

En mi casa hemos cumplido a cabalidad con todas las recomendaciones para evitar el contagio, pero el par de veces que salimos -ya no lo hacemos- alistarse significaba pensar cada paso que se daba y cada cosa que se debía llevar. Era ponerse la ropa más viejita; recogerse el pelo; no maquillarse porque qué importaba, ponerse guantes; llevar solo la cédula, el pase, las tarjetas del servicio de salud y la tarjeta débito en un estuche que cupiera en el bolsillo; escoger los zapatos más viejos para dejar siempre en la puerta y -eso sí- el spray con alcohol para fumigar hasta al policía de tráfico. Sí, eso me pasó la penúltima vez que vi la calle. Me paró el agente, me pidió los papeles, yo le los entregué y los revisó; eso sí con toda la protección, pero por obvias razones a solo un metro de distancia. Yo intentaba correrme hacia la silla de copiloto, tratando de alcanzar la mayor distancia posible y con cara de espanto, y él se corrió unos pasos hacia atrás. Antes de devolverme los documentos, me preguntó:

-¿Usted por qué salió de su casa?

-Porque tenía que hacer mercado.

-Ah sí, sí puede por su número de cédula (vivo en Chía).

Me devolvió los papeles y yo le dije: “un momento, por favor”, y saqué mi arma de defensa, el súper spray anti covid-19 cargado de alcohol puro. Literalmente, fumigué mi pase, mi cédula y los papeles del carro. Uno por uno, por lado y lado, y le dije al agente: “permítame sus manos”, y también le fumigué los guantes. No me moví del sitio hasta que no sequé todo con unas toallas de papel, desechables, que eché en una bolsa de basura que boté más adelante en una caneca del mobiliario público. Bajarme a hacerlo, transitando calles solitarias y con una atmósfera enrarecida, empezó a impactarme. Era otro aire, otro ambiente… otra extraña nueva vida sorprendida por personas que, como yo, parecían sacadas de una película de ciencia ficción, pero absolutamente reales.

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Me devolvió los papeles y yo le dije: “Un momento, por favor”, y saqué mi arma de defensa, el súper spray anti covid-19 cargado de alcohol puro

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Llegué al supermercado y a lo distinto que era todo, se sumaba el lío con mis gafas. Dejé de usar los lentes de contacto porque como uno no se puede ni tocar la cara, pues menos meterse los lentes en los ojos, así que volví a mis anteojos que ya eran solo para entre casa; pero ese no era el problema. El asunto era que cada que respiraba y luego expiraba, el aire se subía por el tapabocas y me empañaba las gafas… entonces me destapaba la nariz cuando estaba sola, pero si se aparecía o se iba acercando alguien, así fuera a diez metros, volvía a cubrirme la nariz… entonces era la lucha por ver más a medias que bien, todo el tiempo. Me concentré en buscar unas verduras y cuando me di cuenta, un señor estaba justo a mi lado e inmediatamente le dije: “Señor, por favor hágase por lo menos a dos metros, o espere por favor a que yo termine”, ¡sin pena! Estaba defendiendo mi integridad, ni más ni menos. Entonces uno se va a cruzar con alguien y mide los dos metros; va a preguntar, y conserva los dos metros; pide ubicar un producto, y va dos metros detrás de quien lo está ayudando. No sé si ustedes lo han percibido, pero uno casi ni se mira con la gente; hasta eso le da miedo. Todo el mundo se mira con el rabo del ojo, como si inclusive verse contagiara.

Ahora, qué me dicen de recibir un domicilio. Vivo en un conjunto cerrado y debo caminar hasta la portería a recogerlo, y vuelve otra vez la parafernalia: guantes, tapabocas, recogida de pelo y el “primer enemigo” es el celador. Hay que saludarlo, sin duda, pero a dos metros… bueno, tampoco es que antes fuera de “choque esos cinco”, pero cualquiera puede ser el portador. Luego, el vigilante abre la puerta para recibirle las compras al mensajero, quien se constituye en ese momento en el “segundo enemigo”, y si viene de la tienda el asunto es con efectivo que es peor todavía, y el dinero se vuelve el “tercer enemigo”. Ahora, adivinen cuál es el “cuarto enemigo”: ¡el mercado! Tiene que fumigar el dinero, las bolsas antes de cogerlas, regresar a la casa, sacar todo frente a la puerta, fumigar c-o-s-a  p-o-r  c-o-s-a, echar en una bolsa que deja afuera sus guantes, su tapabocas, fumigarse todo con ropa y los zapatos, quitarse lo que más pueda, dejar los zapatos afuera, tener otros a la entrada y una bata, pasar directo todo a la lavadora y pasar de una a la ducha… y queda uno exhausto de la dinámica del asunto y del estrés de pensar que si no hace todo eso, se puede entrar la bolita con temperamento del gato de El Zorro.

Entonces, ¿qué es peor? Porque pedir un domicilio es como si le estuvieran entregando a uno no el mercado, sino una bomba de tiempo; y salir es sentirse rodeado por los enemigos, es como pisar en campo minado. ¿Y cuáles son las minas? Pues cada persona que se aparece en el panorama. Para uno, cualquiera puede ser portador de esa bola con antenas. Qué horror, ¿verdad? Para mi los dos tienen el mismo riesgo.

Debo decir que el contagio es lo que más me preocupa, que hay que vivir con la filosofía de AA: un día a la vez. Que, aunque esta cuarentena no es fácil, sí puede ser llevadera. Disfruto en mi casa a mi esposo, a mis hijos, a mis perros y a Miryam, mi empleada que decidió quedarse con nosotros para nuestra fortuna. Llamo a mis tíos viejitos, a mis primos, a mis amigos; pienso semana a semana qué temas pueden hacer más fácil esto tan difícil a mis oyentes de En Blu Jeans, y dedico buenas horas a repensar mi emprendimiento “Cocina con Gracia”. Sinceramente, pese a que lo que escribí suena catastrófico, veo con gran optimismo lo que vendrá después de todo esto. Yo creo que es cuestión de tiempo y actitud.

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Hoy no me he tinturado el pelo, no me he pintado las uñas, solo me visto informal, me dedico a la cocina, me invento recetas

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Ah, hoy no me he tinturado el pelo, no me he pintado las uñas, solo me visto informal, me dedico a la cocina, me invento recetas, como lo que quiero, lleno mi agenda con los “lives” de mis chefs favoritos y de emprendedores exitosos; hasta he llegado a pensar que ya está resuelto el problema del tráfico en Bogotá con el teletrabajo.

En fin, este es un momento de oro para quienes lo quieran aprovechar. Que si la gente va a cambiar o no… no sé. Allá cada quien con su conciencia. No me voy a desgastar con que si los congresistas se van a bajar el sueldo, o si los magistrados en lugar de donar un salario, donan solo un día de su salario… La ley de la compensación existe y por algún lado entenderán su mal o buen proceder. Ya también la Dian pensará también en las personas naturales y no solo en los empresarios.

Yo creo que esta situación es más llevadera para nosotros los más grandecitos, a quienes la vida ya nos ha enseñado de paciencia y de pensar las cosas, que a los más jóvenes que se ven desesperados en las redes con el encierro. Es que si uno a los cuarenta no comienza a repensar la vida y a los cincuenta no tiene claro cómo terminarla… ya ni con el coronavirus le logró el cambio.

¡Hasta el próximo miércoles!

 

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