Opinión

¿Qué carajos se cuece en La Habana?

Por:
agosto 01, 2013
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Hablando en términos caribeños, arrancó el décimo segundo inning entre los equipos negociadores del Gobierno y las Farc. Quién tiene el bate y quién la pelota, es la cuestión. Los silencios de unos, la habladera de otros, los mensajes entre líneas, las versiones encontradas, la realidad cruda del conflicto y las especulaciones exuberantes —producto de la desinformación—, tienen al público patidifuso.

Es que si frente al cocido que parece haberse pasmado en La Habana, el común de la gente entiende lo que yo —que como periodista debo (y tengo que) estar al tanto del diario acontecer—, me atrevo a decir, sin temor a equivocarme, que la mayoría de los colombianos no entiende ni mú. Fuera de lo evidente: los ingredientes que entran y salen y se revuelven en el caldero, lo único que han logrado hasta ahora es subirle los calores (y los colores) a la cabeza a los integrantes de ese país chiquitico que mangonea al país grandotote que tiene mucho voto pero muy poca voz. Y tiene que aguantarse, además, las mezquindades que, como burbujas de caldo, les brotan por los poros a quienes se han arrogado el derecho de aprobar, rechazar, cuestionar, decidir por el resto; por la sociedad civil que llaman: usted, yo, su vecino, el mío…

Pero el hecho de que el colombiano promedio no tenga claridad sobre lo que en realidad pasa off the record en la isla, no significa que sea indiferente al tema. Puede que no hable de él con la solvencia de expertos analistas —en parte no se atreve para que no lo matriculen de enemigo de la paz o de amigo de la impunidad—, pero sí observa que un asunto que puede cambiarnos la vida, en lugar de unirnos, nos está polarizando. Con insultos, señalamientos, amenazas y aprovechamientos electorales incluidos. Hasta el punto de que alcanzar la paz con los alzados en armas no será suficiente, habrá que lograrla también entre los que no siéndolo se ubican en extremos irreconciliables. Los gobiernistas y los antigobiernistas, por ejemplo; el uribismo y el santismo, por ejemplo. La guerra de vallas entre dos Santos provenientes del mismo santoral es vergonzosa e irrespetuosa con la población. Y, por sobre todo, es antiestética.

Somos muchos los que hemos vivido la vida en medio de un conflicto que pasa de los cincuenta. Y estamos hartos de emboscadas, enfrentamientos, masacres, bombardeos, secuestros. De sufrir y de ver sufrir y de ilusionarnos con los intentos fallidos de varios de los gobiernos que nos han tocado. (El Colombiano, en editorial del 26 de marzo de 1984, dice: “El acuerdo entre el presidente Belisario Betancur y las Farc es uno de los acontecimientos más trascendentes de la historia política de Colombia y América Latina en el presente siglo… La paz sí es posible. No es una quimera ni un ideal lejano y ajeno. Ha llegado su hora”).Algunos, pintando palomas en las aceras, otros, fumigando campamentos, ninguno ha tenido éxito. Ni las visitas oficiales a la selva, ni las bajas de importantes cabecillas han sido suficientes. Han faltado decisión de las partes y compromiso de la sociedad. Y grandeza de todos. (Mientras, siguen las víctimas llevando del bulto, a la espera de verdad, justicia y reparación).

Por eso, los escépticos. Sabemos que es urgente el fin de esta guerra que a nada ha conducido, como no sea a envenenar miles de corazones; creemos que Colombia no aguanta más historias como las que incluye el informe de Memoria Histórica; queremos que esta vez sí sea posible que el conjuro contra la violencia (la pócima que se cuece en La Habana) funcione. Pero…, las dudas ya han hecho nido.

Necesitamos, entonces, más de un mojito para pasar los bocados amargos que la firma de un acuerdo traería consigo.

COPETE DE CREMA: ¿Estamos dispuestos a seguir como si nada pasara, aun a sabiendas de que si no se logra un acuerdo de paz por deficiente e insuficiente que sea, seguirá pasando lo que durante cincuenta años ha pasado? ¡Basta YA!, tendría que ser de obligatoria lectura para los colombianos, así como son de obligatoria presentación la tarjeta de identidad y la cédula de ciudadanía.

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