Opinión

Pueblos tristes

Por:
enero 02, 2015
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Otra vez he tenido la fortuna de recorrer municipios de Colombia, algo que hago entre la admiración y la tristeza. Frente a las ventanas en los colectivos, paisajes de ensueño entretienen mis ojos mientras recorro el centro de Nariño. Montañas verdes, retazadas de cultivos, casitas campesinas en medio de cañones profundos, rompen la tranquilidad de estos campos tan parecidos a esos otros prodigios de Boyacá. Una naturaleza de inspiración, un mundo sencillo que pareciera no esconder sino paz y armonía.

Sin embargo la realidad es muy distinta a la de esos paisajes vistos de paso por las carreteras. Cuando se llega a los cascos urbanos todo cambia. Aterrizáramos en  pueblos tristes, llenos de bulla, mugre y pobreza. Ya no queda nada de esos poblados bonitos, de callecitas estrechas como el descrito en la canción Pueblito viejo de José A. Morales. Ahora son montoneras de casas, revueltas con comercio, andenes desbaratados, cantinas bulliciosas, malos olores y vías tomadas por el caos del transporte.

A estas agrupaciones de personas, que conviven sin mucho entusiasmo en un mismo lugar, les llamamos ahora Municipios, pero en verdad son lo más parecido a barrios pobres de las grandes ciudades. Se han ido haciendo de manera improvisada, sin un solo concepto urbanístico, ni de planeación.

En medio de muchas carencias las administraciones municipales hacen lo mejor que pueden. Hasta tienen oficinas o Secretarías de Planeación y sospecho que han llevado al Concejo Municipal un Plan de Ordenamiento, aunque nada de eso parece haber dado resultados positivos.

Pueblos sombríos, que acumulan pobreza en medio de muy pocas oportunidades para la gente joven. En muchos de ellos la droga y el alcohol se toma las esquinas y por las noches la inseguridad imita la de las grandes ciudades.

Almacenes de chucherías reemplazaron las viejas tiendas donde los alimentos se conseguían en costales y recipientes de vidrio. Asaderos de pollo y cafeterías se repiten iguales cuadra a cuadra y las gentes comen mal, grasas y harinas,  preparadas de cualquier manera y servidas sin ningún control de higiene o calidad. Son establecimientos donde el aseo dejó de figurar en sus prioridades y la calidad de los alimentos hace temerle a cada bocado que tomamos.

Nuestros pueblos están perdiendo identidad y sobre todo calidad de vida. El espacio público es escaso, la recreación no existe y cuando logran algún nivel de progreso lo primero que se les ocurre hacer es un centrico comercial imitación de Unicentro. Se vive un proceso de homogenización producido por el consumo. Como si consumir comida chatarra nos hiciera mejores y nos diera acceso a la democracia participativa. Nos ha llevado a creer que un municipio progresa cuando sus calles expulsan los artesanos, las tiendas tradicionales y las viviendas se convierten en cuchitriles de estanterías repletas de banalidades.

www.margaritalondono.com

http://blogs.elespectador.com/Sisifus7

 

Fecha de publicación original: 2 de mayo de 2014

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