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Opinión

A propósito del maestro Ángel Loochkartt

Noticias de la otra orilla

Por:
Abril 22, 2017
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A propósito del maestro Ángel Loochkartt
Ángel Loochkartt. Foto: Olga Lucía Jordán

El año pasado, para estos mismos días, ocupaba algunos espacios de la prensa colombiana una inconformidad de un importante sector del arte colombiano, motivada por la poca consideración y la falta de respeto que ciertas señoras que fungen como promotoras, críticas y galeristas de la creación plástica en el país, habían cometido con el maestro Ángel Loochkartt al pretender sabotearle la realización de una exposición retrospectiva suya a la que había sido invitado con antelación por el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Lo grave estaba no solo en el empeño de impedir esta exposición a uno de los artistas colombianos más indiscutidos; sino el despliegue de argumentos absolutamente delirantes a los que tuvieron que recurrir para demostrar la supuesta falta de méritos de este artista que a lo largo de toda una vida ha dejado valiosos testimonios de un lenguaje absolutamente personal; de una técnica en la que se juegan al tiempo el más absoluto rigor y la más abierta desenvoltura; y ante todo, de una obra rica en procesos, temáticas, matices con los que ha hecho aportes definitivos a la pintura colombiana, desde esa condición creativa diferente que le permite vivir y pintar desde una identidad Caribe a toda prueba, pero con amplitud de horizontes y ambición universalista en sus alcances.

Cuando tenemos la oportunidad de ver en extenso, como si fuera de la A a la Z, la obra de este maestro barranquillero, testigo de excepción, y también protagonista, del proceso de modernización de la pintura colombiana que tuvo lugar con nombres como Obregón, Grau, Porras, y el mismo Loockartt, en la Barranquilla de la segunda mitad de la década del 40, podemos entrar a deletrear el genio de un creador, como quien se acerca a un abecedario a conocer cifra a cifra, paso a paso, la historia extensa de un artista, apretada y contenida en el secreto que representa cada letra en el marco de un relato más amplio, más complejo, más profundo y misterioso; como se nos ocurre que sucede con la extensa carrera de un pintor de inspiración y aliento indeclinables, unido entrañablemente a esa legendaria generación que abrió el país a las claves de la modernidad pictórica.

Así sucede cuando miramos, por ejemplo, esa exposición del maestro en el MAMB, pese a todo finalmente realizada, cuando juntamos con la emoción y la mirada cada una de estas letras para acceder a la más brillante lección de la cartilla loochkarttiana, en la que aprendemos a leer las claves de una historia de vida que es parte fundamental de la historia estética del Caribe colombiano.

Porque a estas alturas, cuando han partido ya hacia otros lienzos altos referentes de nuestras artes plásticas, adquiere cada vez mayor importancia y vigencia la fascinante propuesta poética de un maestro verdadero como Loochkartt que sigue empujando la vida y la imaginación con todo el vitalismo creativo de que es capaz, con una gran fuerza inspiradora y una enorme juventud que cada día se hace más viva y permanente en cada uno de los cuadros de este abecedario en el que todas las letras tienen la misma edad y la misma importancia semántica.

Rescato en su pintura, y para mi secreto disfrute, series inolvidables de mujeres desnudas, vestidas, solas, acompañadas, en orgías; sus congos frenéticos, alcohólicos y malandros, danzando o en reposo; sus ángeles de las más variadas filiaciones;  sus famosos ángeles de Sopó; sus inolvidables Pepitas de los 60; sus diversas series eróticas; sus bailarines de tango; todo eso en las más diversas técnicas: pinturas, dibujos, grabados… arte que brota de una inagotable imaginación erótica que en sus más de 80 años no ha dejado de plasmar con libertad y poesía más allá de todo prejuicio hipócrita.

Si algo ha sabido hacer Loockartt en todas sus asunciones eróticas del Carnaval de Barranquilla es el de haber liberado una mirada licenciosa y pícara que no es otra cosa que la metáfora de lo que el carnaval mismo hace en el alma de quien lo vive y lo goza. De tal manera que reprochar los perfiles báquicos, desenfrenados y eróticos de la pintura de carnaval de este maestro barranquillero formado en Italia, significa ignorar los pormenores viscerales de una fiesta hecha precisamente con lo más libre y creativo de una forma de estar juntos en una sociedad como la nuestra. Esos efectos los logra Loochkartt pintando con un único gesto del pincel, sin demasiados adornamientos ni retoques ni afectaciones del estilo, dejando a la expresión un amplio espacio en donde el cuadro logra decirse con toda libertad.

Finalmente, luego de toda esa lamentable experiencia que sin duda golpeó la ya frágil humanidad de Ángel Loochkartt, la exposición en el MAMB se hizo contra viento y marea y allí estuvo la obra, incompleta pero entera, firme en su integridad y su importancia, digna en su representación de hito del arte colombiano, y una vez más muchas personas del país pudieron ratificar el valor de una presencia de la que no se puede prescindir a la hora de los balances definitivos tanto en el arte del Caribe colombiano como en la pintura de estos tiempos en el país.

 

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