El Programa de Alimentación Escolar y sus salarios miserables en Sucre

La historia de doña Rebeca refleja que el PAE está administrado por proveedores insensibles: le pagan 130 pesos por cada almuerzo que haga

Por: Eduardo Menco González
enero 18, 2016
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El Programa de Alimentación Escolar y sus salarios miserables en Sucre

Más allá de la imagen, piense usted en una señora campesina madre de 4 ó 5 hijos; luchadora e incansable, de una humildad pasmosa cuyas canas reflejan no solo años, también los duros golpes que la vida le ha propiciado y que ella, con toda la tenacidad del mundo, ha sabido sortear. Su edad es corta para la experiencia por compartir y su inmenso deseo de hacer el bien en nada se parece a lo que la historia le ha retribuido hasta ahora. Su trato es muy sencillo y en las palabras que utiliza se percibe la sapiencia propia del campo.

Le ha tocado hacer de todo. De todo lo del campo. Entonces está curtida de esos quehaceres que aprendió desde muy joven al lado de su madre en la zona rural de Ovejas en el departamento de Sucre. No le cuesta sembrar, tampoco ordeñar, mucho menos empuñar el machete para cortar una que otra leña. De echar las gallinas, cuidar que los perros no hagan de las suyas y encargarse de los oficios de la casa, conoce demasiado. Así, sus días transcurren entre ollas, escobas, machete, plantas y la permanente atención a su esposo y a alguno que otro trabajador que jornalea en su parcela ayudando a conservar lo poco que tienen; eso que el conflicto no les pudo arrebatar.

No obstante sus múltiples afanes, Doña Rebeca quiso, hace algunos años, añadir uno más a su ya agitada jornada. Por estar cerca de una de las escuelas rurales del municipio de Ovejas quiso asumir el restaurante estudiantil y ser la responsable de brindarle la alimentación al grupo de niños y niñas que se benefician del programa de alimentación escolar. Lleva años haciéndolo, y al preguntársele porqué lo hace, su respuesta es categórica: “por caridad y servicio a los niños que lo necesitan”. Otra pregunta inevitable es precisamente eso, que ha querido hacer cual madre abnegada, algo que tiene alguna remuneración; y justo aquí es donde las palabras de Doña Rebeca ya no tienen la misma dulzura, por el contrario reflejan la desazón de quien aun sirviendo se siente utilizada.

En el año inmediatamente anterior a Doña Rebeca le pagaban la suma de $130 por cada almuerzo que hiciera, y $75 por cada refrigerio. En el mes de noviembre, por ejemplo, en la escuela terminaron 16 niños, lo cual significó que Doña Rebeca se ganó $3280 diarios, es decir $16400 semanales. De esta manera su sueldo fue (20 días) de $65600. A ninguno le cabe duda que estamos frente a un acto de evidente explotación, sin embargo Doña Rebeca en su bondad y deseo incluso de justificar un poco la situación, matiza el asunto diciendo que a ella le va bien en comparación a otras compañeras que solamente tienen que hacer el refrigerio.

Mientras 'da vuelta' al arroz, Doña Rebeca lanza otro dato no menos relevante: “y me pagan eso, pero sepa usted que la comida que traen siempre llega incompleta, incluso algunas veces en mal estado”. Así las cosas entonces, de los $65600 que se gana hay que sacar para completar y “remendar” para que pueda alcanzar para todos los niños, y “coger de ahí para reemplazar o comprar utensilios de cocina, pues los que traen vienen incompletos y de muy mala calidad”.

Como la gran mayoría de las personas del campo, Doña Rebeca no tiene grandes aspiraciones económicas; no significa que no quiera vivir bien, tener su buen rancho, poseer lo necesario y hasta adquirir uno que otro bien como ahorro de su trabajo. Ella misma sabe que lo devengado en el programa de alimentación escolar es muy poco y a “puras penas” alcanza para suplir las necesidades ordinarias y adicionales que el mismo PAE no cubre. De hecho ella misma ha sacado cuentas de sus gastos y hay meses en los que sale perdiendo, pero con la satisfacción de que los niños puedan tener qué comer.

Por supuesto que Doña Rebeca espera que ella y sus demás compañeras puedan tener unas mejores condiciones para trabajar. Sépase que este caso no es el único; Doña Rebeca, aunque no lo sabe, es como el nombre corporativo del gesto de explotación salarial más significativo a mujeres en muchas zonas rurales de nuestro país, y particularmente en la subregión de los Montes de María donde se sabe que el PAE está administrado por proveedores cuyos intereses en nada se relacionan con ofrecer un servicio de calidad en el marco de los derechos alimenticios para niños y niñas.

Para este 2016 Doña Rebeca, poco conocedora de los temas económicos y políticos, espera que “al subir el mínimo, también puedan subir el dinero que recibe”, no porque se vaya a enriquecer sino porque quisiera ella brindarle a sus amados niños una comida más digna que los alimente para que puedan estudiar sin hambre, pues sabe que por esos lados donde ella ha vivido siempre “el hambre acecha sin clemencia alguna”.

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