Profesorado universitario, perplejo frente al paro: más crisis de los intelectuales

El neoliberalismo hizo añicos el otrora espíritu de cuerpo que los caracterizaba. Además, las divisiones alcanzan nuevos extremos y cada cual vela por sus intereses

Por: Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas
mayo 13, 2021
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Profesorado universitario, perplejo frente al paro: más crisis de los intelectuales
Foto: Las2orillas / Leonel Cordero

El fenómeno distópico de la llamada crisis de los intelectuales está diagnosticado desde hace muchos años, han corrido ríos y ríos de tinta al respecto. Y los intelectuales de la educación no podían ser la excepción, salvo por una minoría exigua de mentes aún lúcidas y que no han vendido su alma al diablo. Es decir, se ha desvanecido en Colombia la definición de universidad dada por José Ortega y Gasset en su tiempo: la inteligencia como institución. Y en estos tiempos de paro nacional esto salta mucho más a la vista. Veamos.

Desde hace ya años, el neoliberalismo hizo añicos el otrora espíritu de cuerpo que, mal que bien, caracterizaba a los profesores universitarios. Por supuesto, la envidia, esa planta típica de nuestros huertos, entre otras lacras, no faltaba. Pero, ahora es peor, mucho peor. De esta suerte, con un profesorado dividido en extremo, en el que cada cual solo vela por sus intereses de talante crematístico, salvo por algunas excepciones, la inteligencia como institución dejó de serlo. Como decía Santiago Ramón y Cajal en la España de su tiempo, se convirtieron en vulgares buscadores de oro. Así las cosas, escasean los planteamientos lúcidos frente a las crisis de nuestra época. En particular, frente a los sucesos de este paro nacional en el que estamos sumidos. Y no es menester esculcar mucho para percatarse de este desierto intelectual, puesto que tan solo basta con reparar en la precariedad de los mensajes que, a trochemoche, van y vienen por el correo electrónico universitario institucional.

Por ejemplo, en la Universidad Nacional de Colombia, con motivo de un episodio infausto muy reciente en el cual un profesor de Termodinámica tuvo un choque con varios de sus estudiantes a raíz de un examen que esperaba hacer, con carácter voluntario para quienes quisiesen presentarlo, no faltaron las posturas enmarcadas en la efebolatría, al punto que ha tratado de ponerse al profesor en cuestión como el malo del cuento. O sea, un enfoque maniqueista del episodio de marras, sin asomo de respeto por la dignidad de profesor. Empero, si por algo está caracterizada la educación es por su naturaleza compleja, no reducible a un par de contrarios, como si de blanco y negro se tratara. Incluso, la crisis actual de la educación ha procurado reflejarse con denominaciones que procuran caracterizar un aspecto u otro de la misma al elaborar categorías que procuran compendiar algún conjunto de hechos descriptivos. Entre estas, figura la frase "generación de cristal" (en México, usan también la expresión "generación mazapán"), descriptiva del handicap intelectual que salta a la vista en buena parte de la juventud de hoy, consecuencia inevitable del uso inadecuado de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, algo que, entre otros investigadores, el neurocientífico Michel Desmurget ha investigado y diagnosticado con brillantez. No obstante, por esas cosas lamentables de los excesos de la corrección política, abundan los colectivos que se exasperan cada vez que alguien osa usar esta expresión para subrayar la crisis educativa contemporánea. Y, en el episodio del profesor de Termodinámica, un colectivo de estos ha sido el de muchos miembros del profesorado universitario correspondiente, el cual, como reza cierto dicho, se ha pegado de un clavo caliente. Incluso, no han faltado las expresiones soeces con el fin de descalificar a quien ose llevar la contraria a la corrección política.

En fin, un episodio como éste, entre otros muchos ejemplos, muestra a las claras que el profesorado universitario tiende a quedar atrapado en el círculo vicioso de las discusiones bizantinas, lo cual lo torna en un sector francamente estéril para aportar a la elucidación de las crisis actuales. En particular, la gran crisis asociada con el paro nacional en curso, de la cual es parte la crisis educativa aunada con la crisis de los intelectuales. De esta suerte, en el correo electrónico institucional proliferan como verdolaga en playa las discusiones bizantinas que no van más allá de dimes y diretes, de prosaicas dentelladas, lo cual ha dado lugar, de manera inevitable, a que los profesores que detestan semejante clima enrarecido opten por desconectarse de las "redes" respectivas habida cuenta de su notoria toxicidad. En otras palabras, no hay espíritu de cuerpo, ni lo habrá según van las cosas. Al fin y al cabo, un espíritu tal connota el respeto mutuo, la práctica misma de la alteridad, el reconocimiento del otro, el desarme de los lenguajes hirientes y ofensivos. Es decir, algo para lo cual los colombianos no suelen estar formados, ni siquiera el grueso de quienes cuentan con el "privilegio" de ser parte de una institución educativa. El arte de la argumentación no es parte del bagaje mental de la mayoría de los colombianos, base misma para poseer el modo científico de entender el mundo y echar a andar una genuina cultura democrática. Por el algo, se están matando a diestra y siniestra en las ciudades y en los campos. Es una cultura necrofílica en extremo.

Y, sin duda, si algo requiere con urgencia la crisis presente manifiesta en este paro nacional es una mentalidad científica propiamente dicha, sea para recomponer y reorientar la economía; sea para pergeñar una campaña de vacunación realmente sensata para afrontar la pandemia de la COVID-19 y, de paso, reestructurar el sistema de salud; sea para forjar una sociedad con sentido realmente político; sea para recomponer el sistema educativo; y sigue un largo etcétera. Pero, para todo esto, es menester contar con una verdadera intelligentsia, que no con el lamentable tipo humano que habita los campus universitarios nuestros, tan dado a las discusiones bizantinas y las invectivas, una violencia que trasciende lo simbólico, justo uno de los sustratos que promueven la evanescencia del indispensable espíritu de cuerpo. Y esto no se forja de un día para otro. En fin, tenemos unos desafíos muy duros por delante, los que, según estimo, podrían requerir el esfuerzo mancomunado y disciplinado de un par de generaciones para arribar a buen puerto.

* Profesor Asociado con Tenencia del Cargo, Universidad Nacional de Colombia.

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