Opinión

Presidente Santos, salve a los venezolanos de la furia cucuteña

Los cucuteños se cansaron de pedirle al gobierno que declare el estado de emergencia, que se construyan albergues, que se adopten medidas para que los venezolanos puedan vivir dignamente en el país

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enero 25, 2018
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Nadie sabe cuánta gente cruza el puente Simón Bolívar diariamente. Las cifras varían, 20 000, 40 000, 60 000, no hay nada exacto. Nadie sabe cuántos se quedan en Cúcuta pero lo único cierto es que son muchos. Uno los ve bajándose de las busetas en la Diagonal Santander, cargando maletas los más afortunados, arrastrando cajas los que no pueden más. Uno sabe que son venezolanos antes de que hablen. Tienen la piel tostada por el sol y las ojeras del cansancio. Frente al Centro Comercial Ventura se extiende una fila larga, interminable, de gente esperando recibir un giro en una de las pocas oficinas de Wester Union de la ciudad. En la calle 10 con avenida tercera hay otra fila. Están silenciosos, tristes, apenados.

Nadie sabe cuántos de los que cruzan la frontera a diario son colombianos. Según la Acnur, en febrero del 2015 estaban asentados en Venezuela poco más de 173 000 desplazados por el conflicto interno. Desde agosto del 2015, seguido de la decisión del gobierno de Maduro de cerrar la frontera, la revolución bolivariana decidió sacar del país a todo aquel que no tuviera sus papeles al día. Barrios enteros de colombianos, como Mi Pequeña Barinas, fueron desarmados y sus habitantes deportados. La Invasión, una localidad creada en el 2005 por Vicente Cañas, entonces alcalde de San Antonio y miembro del PSUV, con más de 10 000 desplazados, fue acabada en septiembre del 2015. A sus habitantes no les quedó más remedio que cruzar la frontera. Casi todos opinaban que estaban mejor en Venezuela que en Colombia.

La tensión explotó el pasado lunes 22 de enero. Unos 500 inmigrantes, asentados al sol y al agua en la cancha del popular barrio de Sevilla de Cúcuta, fueron sorprendidos por desconocidos que les arrojaron  bombas Molotov. No hubo heridos, pero se creó una fractura social que no se reparara fácilmente: buena parte de los cucuteños aplaudieron la acción. En Facebook y Twitter se le gritaba a los venezolanos que se fueran de la ciudad. El mismo alcalde de la ciudad, César Rojas, quien recibe directamente órdenes de Ramiro Suárez, —preso en la Picota por haber mandado a matar al asesor jurídico de la alcaldía Alfredo Enrique Flórez, crimen por el que paga 25 años— tomó la peñalosista medida de sacar en buses de la ciudad a los venezolanos que duermen en las calles. Los está mandando a Ipiales, a que se mueran de frío al lado de la Basílica de las Lajas. El martes 23 de enero un periodista le preguntó qué van a hacer los venezolanos que no se quieren ir de Cúcuta. César Rojas respondió como el chafalote que es: “Pues que se paren ahí y mamen sol”.

 

El alcalde César Rojas tomó la peñalosista medida
de sacar en buses de la ciudad
a los venezolanos que vea por ahí en las calles

 

Juan Manuel Santos, premio Nobel de paz, está en la obligación de salvar a los miles de venezolanos y de colombianos que lo perdieron todo y no les quedó otra que cruzar la frontera y pasar las noches en las calles de Cúcuta. Es el momento de demostrar por qué es mejor la excluyente democracia colombiana que la Revolución Bolivariana. A comienzos de la década pasada Hugo Chávez supo acoger a más de 100 000 desplazados, muchos de ellos venidos del Catatumbo doblegados por la ofensiva paramilitar, y les dio techo, comida y hasta cédula. Les sacó provecho, cómo no, y los puso a votar por él. Esta es la hora de demostrar que es mejor ser un oligarca bogotano que un zambo de Barinas vestido de camuflado. Aún está tiempo, aún no hay muertos, pero los cucuteños, que en su mayoría siempre han visto con buenos ojos a los Escuadrones de Limpieza, están dispuestos a resolver el problema usando métodos extremos.

Presidente Santos, salve a los inmigrantes venezolanos de la furia del cucuteño. Hay niños, mujeres y colombianos, sobre todo colombianos entre los que duermen en la calle. Mire que los van a volver a atacar, miren que los van a matar y si eso sucede sus manos blancas y delicadas, y hasta el diploma que le entregaron en Oslo, se mancharán de sangre.

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