Presidente Duque, ¿se le está haciendo costumbre dejar sillas vacías?

El acto de reconciliación convocado por Claudia López no fue el único evento al que no asistió, ¿cómo olvidar cuando dejó plantados en Caldono a los indígenas?

Por: Alberto Ospino Perea
septiembre 23, 2020
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Presidente Duque, ¿se le está haciendo costumbre dejar sillas vacías?

En un acto de reconciliación programado por la alcaldesa de Bogotá entre familiares de las víctimas de la fatídica noche del 9 y 10 del presente mes —en medio de la protesta por la muerte de Javier Ordoñez a manos de la Policía— y el gobierno nacional, el presidente dejó una silla, además de huérfanos, viudas, hermanos y padres de los jóvenes baleados esperando, sin ofrecer ninguna explicación.

A cambio se dedicó a visitar los CAI luciendo una chaqueta de la policía. Se despojó de su investidura de presidente para convertirse en policía. Hay que recordarle al presidente que como jefe de Estado su obligación reglada en nuestra constitución es apoyar las fuerzas del orden por ser él su comandante supremo. Sin embargo, simbolizar ese apoyo en una chaqueta carece de sentido, siempre que no llevara implícita otra intención.

Cabe entonces preguntar: ¿qué mensaje quería enviar?, ¿a la policía o a la ciudadanía?, ¿solidaridad de cuerpo a los primeros?, ¿acaso los muertos eran policías?, ¿o era una velada advertencia dirigida a los segundos, para quienes se atrevan de ahora en adelante a marchar?

Los historiadores de la masacre de las bananeras interpretaron que los 9 muertos dejados a propósito en la plaza de Ciénaga por el general Cortes Vargas significaban la muerte de los 9 puntos del pliego de peticiones de los trabajadores bananeros. Precisamente fue ese pliego petitorio de mejoras laborales presentado a la United Fruit Company el que ocasionó el ametrallamiento de los trabajadores.

Pues bien, me resisto a pensar que esa vergonzosa página de nuestra historia se pueda repetir. ¿Acaso se le olvidó al presidente y a su ministro de Defensa que la protesta es un derecho consagrado en nuestra constitución? Señor presidente, a mi juicio, por más intrascendente que sea un ciudadano anónimo, del común, de a pie y sin ninguna relevancia —pero preocupado por lo que está sucediendo y pudiera continuar ocurriendo de imprevisibles consecuencias—, le sugiero que revise su agenda, asuma el papel protagónico que la historia le reclama y enderece el rumbo de este barco a punto de zozobrar.

Lo ocurrido en Bogotá es sumamente grave, aunque hoy tal vez no hemos dimensionado la magnitud de esos hechos. Presidente Duque, lo invito a una reflexión seria. ¿Cuál será el legado que piensa dejarle a su país? Su gobierno se aproxima peligrosa y aceleradamente a cruzar esa línea roja que pudiera desencadenar un baño de sangre en las propias calles de Colombia. Sus decisiones, unas ya tomadas y otras por tomar, lo ponen en una situación difícil.

Acá un pequeño recuento: el fracking, la falta de ayudas económicas a las medianas y pequeñas empresas (que según el informe de Camacol del día 21 del presente, registra 35.000 microempresas cerradas definitivamente por falta de recursos), la falta de una verdadera ayuda a los más pobres que se están muriendo de física hambre (quienes hoy miran indignados e impotentes cómo su gobierno accede prestarle a Avianca $2.4 billones de pesos, congelados por orden de un juez, por falta de claridad en esa operación, en el entendido de ser dineros públicos utilizados para una empresa de carácter privado y cuyo principal socio se encuentra detenido acusado de soborno), la posible licencia ambiental a Minesa para explotar las tierras donde está ubicado el páramo de Santurbán (considerado la fábrica de agua para más de 2 millones de personas de Santander y Norte de Santander, que de aprobarse la referida licencia arruinaría esa reserva natural, condenando a sus pobladores a una emergencia humanitaria por falta de ese líquido vital), etc.

Y como si lo anterior no fuera suficiente, se le suma: la contratación laboral por horas (pauperizando aún más los escasos ingresos de la mayoría de la clase trabajadora), la reanudación de la fumigación aérea con glifosato (exigencia del señor Trump, a quien no le importa la vida de los colombianos), las constantes masacres de líderes sociales y de reinsertados de la extinta guerrilla de las Farc (que está provocando su regreso al monte), entre otros.

Todo ello se ha convertido en caldo de cultivo de inconformidad de millones de colombianos, que están presenciando cómo se desmorona a pedazos su país. Inconformidad que puede convertirse en una bomba de tiempo, tal como ocurrió con la protesta de las bananeras, donde murieron más de 1.600 trabajadores en la plaza de Ciénaga, ordenada desde Bogotá por el presidente Miguel Abadía Méndez y ejecutada por el general Carlos Cortés Vargas; con el agravante que esa protesta obedecía a la demanda de mejoras laborales de solo una empresa. Hoy las protestas obedecen a un sinnúmero de temas que aglutinan diferentes sectores.

Con eso claro, la segunda silla vacía la dejó en Caldono, norte del Cauca, donde tampoco atendió la invitación de las comunidades indígenas, afros y campesinas quienes solo querían dialogar con usted, señor Duque. No hipoteque sus principios a los intereses de unos cuantos y en contra de la mayoría. Usted es el presidente de 50 millones de colombianos, no de un partido político, ni de los empresarios, ni de los banqueros, ni de una familia.

Aunque la mayoría queremos creer que son sus asesores los que lo están llevando a cometer errores; que su partido político lo está presionando a tomar decisiones cada día más erradas que no lo dejan gobernar; que los grandes empresarios o los banqueros lo obligan a hacer elecciones en contra de los intereses de los más necesitados, todo indica que no. Da la impresión que el poder lo volvió soberbio; la soberbia, ciego; la ceguera, sordo; y la sordera, insensible al dolor y al clamor de buena parte de nuestra sociedad que solo reclama ser escuchada.

En fin, se trata de dialogar, no de conversar. De continuar así estaría dando un salto al vacío, que bien podría graduarlo como el peor de los presidentes de la historia en Colombia. Está todavía a tiempo de rectificar. Y eso está en sus manos.

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